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El equipo le responde a Zidane

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Los jugadores querían salvar a Zidane y Zidane salvarse a sí mismo. Lo primero se notó en las ganas, la seriedad. Lo segundo, en que Zidane metió a los jóvenes. Rodrygo había brillado en Copa del Rey y Valverde en Liga. En Europa y no desentonaron, muy al contrario.





El Madrid se yergue en Champions y además de las dos ventanas que se le abren con Rodrygo y Valverde, recuperó algunas cosas: mejor la media, mejor Courtois y mejor Hazard. ¿Lo malo? Dudas persistentes en la defensa y una falta de gol (la pertinaz sequía) con la que no se puede ir muy lejos en la Europa de los Mbappé, Sterling, Icardi y compañía.



El Madrid salió diferente, muy entonado y se veía desde el comienzo el nuevo peso de Valverde, su ubicuidad. Esto cambia el centro del campo. Le hace nacer una línea de presión nueva muy arriba.


Llegaba el Madrid cada dos minutos, una, dos, tres veces, pero la mejor ocasión la tuvo el Galatasaray: chut de Andone que paró Courtois con poderío. El centro de la defensa del Madrid se había abierto de repente como una puerta automática.


En la jugada siguiente, balón parado, Courtois le hizo otro paradón a Andone ante la vida contemplativa de los demás. El Madrid había ido a Estambul con la «intensidad», pero también con la «debilidad».


Las paradas de Courtois salvaban al Madrid y tenían una relevancia mayor: eran paradas de porterazo mandón, de las que se le pedían. No hay caso ya en la portería.


El Galatasaray quiso venirse arriba motivado por esas ocasiones y por el campo, de natural rugiente, y el Madrid pudo responder con robos y salidas rápidas en semicontra.



Rodrygo, en la derecha, le sentaba bien al Madrid. Se notaba su juventud en algunos choques físicos (los jugadores de Galatasaray vienen de muchas guerras), pero no en el sentido de su juego. Buena caligrafía, inteligencia. Verle no desquicia, da salud mental. Sus primeros toques se insertaban sin problema en la fluidez del Madrid.


A ella contribuía también Valverde con su movilidad. De su empuje al presionar nació el 0-1. El balón le llegó a Hazard, pared preciosista con Benzema y gol de Kroos llegando.


Valverde hacía de lanzador y de hombre escoba, río arriba y río abajo, como un eje vertical nuevo en el Madrid. Perdóneme la herejía el lector, pero algo de su zancada, de su aspiración de estar en el norte y en el sur de la jugada recuerda a Gerrard. Un fútbol optimista, pulmonar, noblote y de grandes espacios.


Le faltaban al Madrid, ya tenso en la presión y rápido arriba, a tono con el partido y el ambiente, un par de cosas: algo más de veneno arriba (Benzema es el Cyrano que trabaja poéticamente para los demás, pero que no... no) y alejar por completo la duda atrás, el temblorcillo en la defensa.


Aunque sea una defensa legendaria, y el equipo estuviese mejor, las recientes experiencias han hecho que juntar a Ramos, Marcelo y Varane sea para el espectador como reunir a Boris Karloff, Bela Lugosi y Paul Naschy. Dan miedo hagan lo que hagan. De hecho, Belhanda tuvo una ocasión muy seria al final de la primera parte que Courtois detuvo con la autoridad que le recordábamos del Mundial.



El Madrid volvió del descanso aún más serio, más pertrechado porque el partido no era suyo todavía. Su primera respuesta llegó en el 52, en una jugada extraordinaria de Benzema con plof final. Rodrygo leía sus intenciones en parecida frecuencia y gestionaba bien el balón, los espacios, su contribución defensiva y su propio cansancio.



Faltaba Hazard por aparecer. En la primera parte había dejado algún detalle e incluso un sorprendente desmarque, pero su importancia decaía y en defensa se abría una pequeña grieta por esa banda. Pero acudió a la cita. En el 58 llegó y esprintó con peligro. El Madrid empezaba a necesitar, de todos modos, más fuelle para las contras.


El Madrid estaba jugando esos minutos con un saber hacer antiguo, se podía percibir su larga veteranía, tantas noches de dominio europeo. Faltaba solo el remate. Una buena combinación entre Valverde y Benzema acabó en tiro al larguero de Hazard. Falló, pero al igual que con Courtois, ya asomaban las trazas del geniecillo belga. En el 73 le dejó una pelota diáfana a Benzema, que pifió su único control cuando no tocaba.


El Madrid estaba jugando bien, firme atrás y triangulando con solvencia. Zidane apuraba su once, como de costumbre, y no cambiaba a nadie esperando ese gol que había de llegar y no llegaba ("Esperando a Golot"). En el 78, por fin, metió el refresco de James y Vinicius. Quedaba Rodrygo en el campo y se despanzurró en una carrera. Entre calambres, corriendo la banda como un carrilero. La imagen del joven estirándose el gemelo recordaba a aquel Levante-Real Madrid de hace años en el que Zidane enderezó la suerte del club con jóvenes acalambrados corriendo como posesos.



Al Madrid, dominador, le sigue faltando gol y debió sentenciar, pero recuperó parte de su credibilidad en Europa y algunas viejas sensaciones que trajo la juventud.

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