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Björn Borg: tenis, drogas y resurrección

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Björn Borg ha escrito su biografía, “Latidos”. El tenista sueco es considerado una de las figuras más enigmáticas de la historia del tenis, siempre receloso de los medios de comunicación, pero ahora se abre para hablar en primera persona de sus triunfos tenísticos, pero también de sus derrotas en la vida y de la relación con las drogas después de retirarse, que incluso estuvo a punto de costarle la vida. “La primera vez que probé la cocaína sentí una descarga de adrenalina tan intensa como la que el tenis me había procurado en sus mejores momentos”, admite. Y añade otras frases como: “Las drogas habían tomado el control de mi vida”; o: “Al dejar el tenis me metía cualquier cosa en el cuerpo”.

Las memorias de Borg también sirven para que ver que el tenis ha cambiado en muchos aspectos, pero que en otros es como si la historia se repitiera. Es distinto en que, por ejemplo, un campeón como él y número uno del mundo sólo jugó una vez el Open de Australia, que además se disputaba en diciembre. No era una época en la que se hablara o se pensara tanto en los récords como ahora. También hoy en día sería impensable que un tenista renunciara a Roland Garros, como hizo en 1977, para jugar unas exhibiciones en Estados Unidos. Ya había sido campeón dos veces en París (1974 y 1975) y después lo sería otras cuatro más (1978-81). Hubo tres años en esa década, de 1973 a 1975, en los que las dos primeras rondas del "Grande" francés se jugaban al mejor de tres sets.

La primera superestrella del tenis

La historia es distinta en parte gracias a él, considerado la primera superestrella del tenis. “Entre el pelo, la manera de estar en la pista, el efecto que producía en la gente... A los periodistas les interesaba, lo podían vender mejor que a otro deportista”, recuerda Lluís Bruguera, padre y entrenador de Sergi Bruguera, campeón de Roland Garros en 1993 y 1994. Los paparazzi siempre estaban pendientes de lo que hacía Borg, tanto en la pista como fuera, en los tres matrimonios que ha tenido, alguno tormentoso, siempre dependiente de estar con otra persona, como él mismo admite. Esa presión mediática es algo que nunca llevó bien un jugador que también protagonizó la revolución con la raqueta. “Fue el que introdujo el revés a dos manos como una opción a tener muy en cuenta. En aquellas fechas estaba también Connors que jugaba a dos manos, pero le preguntas a alguien en el mundo del tenis por este golpe, y lo primero que viene a la cabeza es Borg”, dice Lluís Bruguera. Ese tiro a dos manos fue en parte fruto de la casualidad, porque Rune Borg, el padre, le regaló una raqueta que había ganado en un campeonato de ping pong que era demasiado pesada y el joven Björn tenía que cogerla con las dos manos. Se lo cambiaron con la derecha, pero no con el revés. También Rafa Nadal en sus inicios daba los dos golpes con las dos manos. La rebelión no se quedó ahí. “Era muy rápido de piernas y en aquellas fechas los americanos imponían que la hierba fuera muy rápida. Tuvo que adaptarse a ir a la red, pero fue el primero que jugó en Wimbledon un poco como en tierra”, continúa Lluís Bruguera.

Alcaraz, Djokovic...

Pero la historia también es cíclica. El “a mi manera” de Carlos Alcaraz que tanto llama la atención, el querer tener momentos de desconexión, lo hacía Borg, fiestas con Mick Jagger o Andy Warhol en la famosa discoteca de Nueva York “Studio 54”, aunque el tenis, mientras estuvo en activo, siempre fue una prioridad, como lo es para el murciano. Después, el deporte y su tercera y actual mujer, Patricia, fueron para Borg un salvavidas. Si ahora tenemos a jugadores excéntricos como Djokovic que visita las pirámides de Bosnia, en Visoko, para regenerar su energía, Björn Borg recurrió durante años a los servicios de una medium, o asocia no haber podido ganar el US Open (perdió cuatro finales) a ser Géminis.

Su regreso, como una final de Grand Slam

Un tema tan de actualidad como la salud mental fue lo que llevó a la leyenda sueca a dejar el tenis en la cima, con 26 años (era 1982), lo que dio paso a esa época oscura de abuso de alcohol y drogas que hicieron que su figura tomara todavía más misterio. Se agarró al tenis para superar la adicción. Regresó en 1991 y su primer partido fue en Montecarlo, contra Jordi Arrese, medallista de plata después en los Juegos Olímpicos de Barcelona, un tenista que no suele recordar mucho de los partidos que jugó, pero este duelo con Borg, claro, sí lo tiene en su cabeza con nitidez. “Había tenido partidos de entreno, pero duros, con Becker e Ivanisevic, y los había ganado. Se supo esto y nadie quería jugar con él, la verdad, yo tampoco. La suerte que tuve es que el sorteo se hizo dos o tres días antes y cambié de los nervios a verlo como una oportunidad: iba a venir todo el mundo, se vería en todos los países”, afirma Arrese. “La entrada en la pista para mí ha sido lo más espectacular que he tenido. Todo el mundo esperaba el regreso de Borg y lo que fueron los primeros cinco minutos, el calentamiento y todo eso, yo nunca he oído tanto disparo de los fotógrafos, no podía ni concentrarme. Dudo que en una final de Wimbledon o algo así se viva lo que se vivió ahí”, prosigue Jordi. El sueco todavía utilizaba raquetas de madera. "Veía al principio que la bola corría menos, también nos corría menos a nosotros de lo que se ve ahora, pero las nuestras ya eran raquetas con las que la bola iba más deprisa. Vi que su bola iba rápido, pero después, quieras o no, frenaba un poco. Y yo con el efecto de mis tiros le hacía mucho daño. Fue un partido en el que no me compliqué mucho, fui a cometer pocos errores, a mandar cuando podía mandar. Fue más o menos cómodo, 6-2, 6-3. La verdad es que me supo mal por él, pero al final, bueno, aquí sólo piensas en ganar”, concluye Arrese.

 

La figura de Borg va ligada también a la John McEnroe, gran rival, protagonistas ambos de uno de los mejores partidos de la historia, la final de Wimbledon 1980 que siguió hasta Nelson Mandela desde la cárcel en Suráfrica; y gran amigo (¿nos suena, Nadal-Federer?), siendo el hombre que convenció al sueco para que no vendiera las cinco copas que había conquistado en La Catedral (1976-80). Muchos de los otros trofeos que ganó (fueron 66 en su carrera) se los dejaba en las habitaciones de los hoteles.

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