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El Atlético se acerca a la Champions en un derbi que no fue

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No hubo pasillo, sustituido por una promoción cineatográfica con un Darth Vader, de negro riguroso, ronco y encargado de equilibrar la Fuerza, es decir, cholista.





Si el pasillo se considera un escarnio, ignoramos cómo reaccionará el club rojiblanco a la alineación de Lunin, Vallejo y Jovic. El Madrid compareció solo muy entrado el partido.


El ambiente no era de pasillo en sentido alguno, era ruidoso, encendido. No hay lugar para cortesias cuando detestas al vecino. Al vecino no se le saluda en el ascensor. Quizás esto sea bueno para el Madrid. Una especie de detox. Lleva días de mucha gloria, incienso y miel, y le viene bien la áspera vecindad del Atlético. La ducha de pitos, el exfoliante de improperios.


La salida de los feligreses cholistas fue enrabietada, como si tuvieran que remontar no se sabe qué agravio. El Atlético salió volcado, como diría Radio Futura “haciendo gala del orgullo local”, y muy pronto, minuto 3, tuvo una ocasión clarísima de Correa.


El Madrid estaba muy tímido y tardó en salir de su campo. Fue una iniciativa personal de Nacho que topó con una caricia podal a la altura de la rodilla de Savic, ejemplo contra el bullying. Esta entrada marcaba el tono y el temperamento de los dos equipos. El Madrid se apocó y el Atlético se enardeció.


Su fútbol se orientó mucho por la izquierda con un Carrasco brillante, incisivo, que combinaba bien con Koke y Cunha, también muy vivo en sus movimientos.


Al Madrid tampoco le venia de nuevas el bloque bajo. Ya está acostumbrado. Se podría tirar así varios partidos, como un crucificado filipino, pero su problema era que no respondía, su ataque era acogotado y exterior. La presión central del Atlético era muy fuerte, le tapaba la carretera principal. Al Madrid le quedaban caminitos comarcales para subir la pelota, y Asensio, bajando a recibir, fue uno de ellos. Fue una débil luz, faro lejano en la noche de la presión cholista.


Entre el acogotamiento del Madrid y la fiera presión yugular del Atlético, el partido se hacía un mazacote central, una especie de glaciar que se movía poco, apenas oscilante. Solo los minutos, o alguna forma de cambio climático, podrían deshacerlo…


El Madrid no pasaba de mediocampo, y si pasaba de ahí no superaba a Kondogbia, última frontera. A pesar de esos minutos de obturación, se percibió la creciente personalidad de Camavinga, que en el interior está, diría Fernando Redondo, como si le tapasen un ojo. Incluso siendo su equipo superado claramente, transmitía una sensación de relajo y facilidad.


El Madrid dio su primer tiro en el 36, pero a esa altura de partido llegó el gol rojiblanco. Un balón largo a Cunha que cayó entre los centrales. Soto Grado, muy cerca, no vio nada, la presión local fue considerable y al rato fue avisado por el VAR, tras escrutinio de Martínez Munuera: Vallejo había pisado al delantero. El penalti lo lanzó Carrasco. Antes de lanzarlo aun protestaba Koke a Soto Grado. No falló el belga, quizás el mejor del partido, ante un Lunin poco amenazante.


La diferencia de temperatura entre los equipos era tal que incluso en el contexto extraordinario de los últimos días resultaba sorprendente que el Madrid respondiera con ocasiones de Kroos y Jovic antes del descanso.


La segunda parte comenzó más equilibrada. La presión rojiblanca era menor, también la tensión ambiental, y el Madrid comenzó a estirarse. Había también un cierto repliegue en el Atlético, como una forma intencionada de disfrutar de espacios gratis o a bajo precio. El partido se abría, se debilitaban los mediocampos, se derretía por fin aquel glaciar de fútbol y para colmo entraban Vinicius y Valverde. En el ir y venir tenía más peligro el Atlético, que pudo marcar cuando Cunha quedó solo ante Lunin, brillante en la reacción con una talentosa mano.


Aun con mayor intensidad local en los duelos y balones divididos, el derbi se empezaba a parecer más al de siempre y el Madrid ya era peligroso con Vinicius y articulado con Modric, aunque había una sensación de timidez ligamentosa, de prudencia tobillera, como si nadie quisiera arriesgar del todo las extremidades; sin embargo, el lesionado fue Reinildo, forzando la entrada de Felipe y el cambio a defensa de tres.


El Madrid subió la altura del juego, pero encontraba solo ocasiones lejanas en tiros de Valverde, mientras que el Atlético, más peligroso que dominante, podía sentenciar la noche con varias diabluras de Griezmann y un tiro al palo de Carrasco. Esto era citar la inmortal ley no escrita del fútbol, las funestas consecuencias de la misericordia, así que Simeone, desgañitado demiurgo del Metropolitano, pidió una nota más grave en la grada.


El Madrid comenzó a darle vueltas a su mundialmente conocido organillo, ese que suena a música de terror: uno, dos, Freddy viene a por ti... Cambio a cambio se había reconstruido pero hasta Benzema. Estaba sin nueve, y siguió con los chuts lejanos de Valverde, Asensio o Vinicius, el hombre-palanca del ataque. Él le puso a Nacho el balón madridista más claro de la noche, un remate franco que falló el central. Ya hubiera sido demasiado hacer bien de lateral, de central y de Benzema en un mismo partido. El Atlético era una piña un poco maltrecha, dio muestras de debilidad en esos minutos, pero resistió sobre el poderío de sus defensas. Puso más en el partido (para empezar, titulares) y ganó tres puntos decisivos para su futuro en Europa.

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