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Rafa Nadal, sin freno a cuartos de final

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Todo lo que Rafael Nadal tarda en sacar, haciendo de ese ritual una estrategia, lo recupera después en el juego. Paseos al banco fugaces para seguir activos aun cuando se trata de descansar. Saques bien orientados para sumar puntos casi gratis. Ambos pies sobre la línea, anticipándose a las ideas del rival, atajando los puntos con golpes cortados y profundos, dañinos para cualquier tipo de plan antiNadal. Por el momento no lo hay. Ya está en cuartos, por la vía rápida, y después de desplegar todo un abanico de recursos efectivos y dolorosos para el rival, un Joao Sousa que terminó desesperado porque, sin jugar mal, acabó con un resultado peor.


El portugués, que salió al ralentí en comparación con un Nadal hiperactivo desde el principio, a los 14 minutos ya tenía un 4-0 en contra cuando quiso darse cuenta de que estaba en la pista Central de Wimbledon. Decía en la previa que el público estaría en su contra, pero, al contrario, lo apoyaron desde ese 4-0 porque presagiaban los espectadores que poco podría hacer además de maquillar la tortura.


Porque si acertaba Sousa a una bola profunda y rápida, Nadal devolvía a la línea y con más énfasis. Si prefería atacar en corto y a la red, las piernas del balear respondían como en un acto reflejo y lo que era una dejada se convertía en una contradejada al otro lado. Y si, aún así, el portugués conseguía mantener la pelota en juego, Nadal sacaba su último recurso, ese que pule y pule y pule en cada entrenamiento, y la corta de revés para que quede sin fuerza, sin bote y sin respuesta porque, o bien se quedaba lejos de la ambición de Sousa o era imposible de volver a pasarla por encima de la red.


Tantos recursos no solo le ayudaron a ganar el partido con la raqueta, sino que abrieron una profunda herida en la confianza del portugués de la que no se pudo recuperar. Preguntaba al cielo, una y otra vez, qué hacer, si todo lo que hacía estaba bien, pero no era suficiente. Animaba la Central cuanto podía, pero la trituradora que tenía Nadal en la mano no dejaba levantarse al portugués, tan desconcertado que hasta cuando parecía que había ganado el punto, aparecía un relámpago llamado Nadal para decirle que no, que la pelota estaba en su campo y a una distancia imposible para devolver. Lo dicho, una tortura.


Apretó Nadal el acelerador en el tercero, a pesar de ceder algún punto más con su servicio que no le inquietó porque tenía controlado el encuentro con saques directos, derechas que abrían pista, reveses que la multiplicaban y piernas con las que volar a cuartos de final. Una hora cuarenta y cinco de maquinaria casi perfecta. Un brazo percutor que no dejó de martillear con fiereza a la pelota y una mirada concentrada, sin atisbo de duda ni de desconcentración. Por el momento, un paseo hasta cuartos para el español que, desde esa segunda ronda contra Nick Kyrgios, no ha hallado obstáculos de entidad para su tenis.


Quien tampoco quiere frenar es Roberto Bautista, perfecto en su partido contra Benoit Paire, a quien ha ganado en los siete encuentros disputados, y eufórico para celebrar primer pase a cuartos de Wimbledon de su historia.


El de Castellón de la Plana venció 6-3, 7-5 y 6-2 en una hora y 52 minutos, y todavía no ha cedido ningún set en esta edición de Wimbledon en la que muestra su merjo versión.

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