Entre pinos y amistad por La Jarosa
El lunes siempre amanece con el eco de las pedaladas del día anterior
Queda una inercia suave que invita a mirar atrás, a recoger con cuidado lo que la montaña quiso dejarnos. Poco importa si el cielo lució azul o si la niebla jugó al escondite; lo que permanece es la huella… y la conversación que la acompaña.
Así lo recuerdo:
Nos reunimos en un lugar ya conocido. El
ritual se repite sin esfuerzo: saludos, bicicletas apoyadas unas junto a otras,
pequeños ajustes y esa pausa breve antes del primer pedal, donde conviven la
expectación y el respeto por lo que vendrá.
Hay quienes llegamos con tiempo, por el gusto
de preparar sin prisa. Otros madrugan aún más,
fieles al café compartido que abre el día.
Aunque
faltaron algunos, allí estábamos los que pudimos compartir la mañana: Ángel,
Enrique, Juan, Luis Ángel, Pedro, Raúl, Samuel y Alfonso.
Hoy, gran parte de las miradas se centraron en
Juan, que estrenaba una Trek Fuel EXe y una chaqueta a juego que parecía
formar parte de la bicicleta —o quizá fue la bici la elegida por la chaqueta—. Durante
toda la ruta se le notó eufórico, disfrutando, recordándonos que cada salida
trae también novedades que celebramos juntos.
Tras los saludos, siempre hay una frontera
invisible al comenzar. Esta vez, ni siquiera los
mapas parecían ponerse de acuerdo: ¿Estamos
en Collado Villalba o en Alpedrete? Da
igual. Hay
lugares que no necesitan nombre cuando ya forman parte de nuestras aventuras.
Los primeros kilómetros nos resultan
familiares de otras rutas recientes. Caminos
ya recorridos, donde las ruedas parecen encontrar solas el camino: Salimos
de Alpedrete, cruzamos Las Cabezuelas y ponemos rumbo a Guadarrama. Pero
pronto el trazado se abre, se bifurca, y la ruta empieza a tomar un pulso
distinto, alejándose de lo conocido.
La carretera y su asfalto, inevitable durante
un tramo, se hace larga. Nunca terminamos de
acostumbrarnos a ese ruido ajeno, a la prisa de otros. Por
eso el alivio llega casi como un pequeño premio cuando, tras una larga subida,
aparece el embalse de La Jarosa, lleno, sorprendentemente lleno, como si
hubiera decidido mostrarse en su mejor versión.
Pedaleo pendiente del compañero que marcha
delante, de los coches con los que compartimos asfalto y, como fotógrafo,
lamento no poder parar el tiempo para captar la imagen.
Lo
bordeamos hasta detenernos un instante en La Jarosa II. Alguna barrita antes de
atacar lo más duro del día; quizá sobra algo de ropa.
A medida que ganábamos altura, el murmullo del
arroyo de los Álamos y el crujir de las ramas se colaban entre nosotros. Los
nidos de orugas ya se dejan ver, pequeños recordatorios de la vida que surge en
cada rincón.
La mañana se va haciendo a base de subidas que
no conceden demasiado. Hay momentos en los que el
aliento se queda corto y otros en los que una broma lo aligera todo.
Avanzamos con la esperanza de que la siguiente
curva esconda unos metros de alivio, un respiro. Pero
hoy la montaña no da cuartelillo. Agachamos
la cabeza y seguimos pedaleando, sin hacer caso a esa vocecita que susurra al
oído: “Para, para, para…”
En el punto más alto nos detenemos. Suspiramos
profundo. No hace falta decir nada. El
aire es limpio, la temperatura justa, el cielo abierto. Miramos
alrededor y, sin buscarlo, entendemos por qué seguimos saliendo juntos semana
tras semana.
Podríamos quedarnos aquí toda la mañana.
Bueno,
todavía hay algún repecho. Nos acercamos al arroyo de
la Chorrera y a la zona de La Gamonosa, que ahora sí nos dejará
libres para descender.
La bajada de verdad llegó como siempre:
rápida, viva, con esa mezcla de control y abandono que tanto engancha. Algún
senderillo divertido, hasta el Cruce de las Conejeras, perdiendo altura
con la sensación de haber aprovechado el día.
Hubo un suspiro de alivio general al comprobar
que la cuesta de hormigón —tan conocida como odiada— hoy la hacíamos de bajada,
Cruzamos
el túnel bajo la N-VI y, tras rodear el embalse de las Encinillas, adentrarnos
en Guadarrama… ¡uff! zona urbana con mucho ambiente por las calles.
Curioso, cuando menos, el regreso por
Alpedrete siguiendo el trazado de un recorrido más propio de un paseo dominical.
Así
es.
Al
final, el objetivo se ha cumplido: regresar pronto… y con la sensación de
haberlo hecho bien.
Los números quedan ahí —42 kilómetros, 810
metros de desnivel, 3 horas y 28 minutos—, pero lo que de verdad cuenta es
haber compartido el esfuerzo, las pausas y ese hilo invisible que nos mantiene
unidos.
La semana próxima habrá nuevas ausencias, pero ya hay quien sueña con la próxima ruta.

