La revelación de Lunin lleva el drama a Cádiz
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En el saludo de los dos capitanes, los Fernández, se veía el partido: Nacho estaba sonriente y familiar; Álex tenso, como si no conociese de nada al otro. El autobús del Cádiz había llegado al estadio como si le esperara el Manchester City, y el Madrid salía al campo invertebrado, sin sus mejores.
En la banda derecha estaban Vallejo y Asensio, una rotación al cuadrado, y en el otro lado, para compensar, Rodrygo, que en el minuto 5 arrancó tan lejos como Vinicius, pero de otra forma, por los adentros y sin ruido, con pequeños toques sutiles que acabaron en asistencia para Mariano, inaugural del todo porque era también su primer gol del año.
Era una jugada superlativa de Rodrygo, de esas que hace como a su pesar, como si el chico tímido no pudiera por más tiempo ocultar al portento.
El Cádiz había mostrado poca agresividad, algo que compensó con un atacar ‘atacado’, colectivo y progresivo. Esto dejaba espacios, sobre todo a Valverde, que corría como un robot de Boston Dynamics. Él y Rodrygo parecían competir por un puesto en la final y le daban al espectador madridista algo que mirar. El partido se iba haciendo amarillo. Negredo pudo marcar, lo salvó Nacho; el Cádiz quería vencer el miedo y el peligro con pasión atacante. El partido lo resumía el duelo entre Espino, ardoroso y lumbar, y Asensio, de terciopelo y con las pulsaciones en su sitio.
Tras una pausa de hidratación (el fútbol ya es catarí), el Cádiz fue encontrando premio a su empeño: Lunin le paró un balón difícil a Idrissi y al instante marcó Sobrino tras un fallo de Militao, que además desvió el tiro.
Militao no estaba fino, como si fuera un enamorado del carnaval, y no lo pudiera evitar, se tropezaba de vez en cuando. Así estuvo a punto de marcar el Cádiz antes del descanso. Al regresar, cometió otro error que acabó en penalti de Lunin a Negredo. Su única concesión al delantero, luego se lo paró.
Lunin ya era protagonista. Sus paradas han sido pocas este año, pero en Cádiz las recordarán.
La grada, pendiente del Mallorca, alternaba estallidos de júbilo con silencios de sala de espera. En ese drama, de modo asombroso, Mateu Lahoz se las ingenió para chupar cámara.
Salió Hazard, que dio la impresión de estar rápido, aunque su saldo neto fue lesionar a Akapo al llegar tarde a un balón (podría resumirse así lo suyo en Madrid, llegar tarde). El Cádiz estaba a un gol de salvarse, ¿cómo no iba a buscarlo? Pero primero le falló el acierto y luego el entusiasmo, que se fue convirtiendo en una mezcla de miedo e impotencia. Empezó el partido fuera del descenso y lo acabó dentro. El Madrid parece la Parca estos días.
En la banda derecha estaban Vallejo y Asensio, una rotación al cuadrado, y en el otro lado, para compensar, Rodrygo, que en el minuto 5 arrancó tan lejos como Vinicius, pero de otra forma, por los adentros y sin ruido, con pequeños toques sutiles que acabaron en asistencia para Mariano, inaugural del todo porque era también su primer gol del año.
Era una jugada superlativa de Rodrygo, de esas que hace como a su pesar, como si el chico tímido no pudiera por más tiempo ocultar al portento.
El Cádiz había mostrado poca agresividad, algo que compensó con un atacar ‘atacado’, colectivo y progresivo. Esto dejaba espacios, sobre todo a Valverde, que corría como un robot de Boston Dynamics. Él y Rodrygo parecían competir por un puesto en la final y le daban al espectador madridista algo que mirar. El partido se iba haciendo amarillo. Negredo pudo marcar, lo salvó Nacho; el Cádiz quería vencer el miedo y el peligro con pasión atacante. El partido lo resumía el duelo entre Espino, ardoroso y lumbar, y Asensio, de terciopelo y con las pulsaciones en su sitio.
Tras una pausa de hidratación (el fútbol ya es catarí), el Cádiz fue encontrando premio a su empeño: Lunin le paró un balón difícil a Idrissi y al instante marcó Sobrino tras un fallo de Militao, que además desvió el tiro.
Militao no estaba fino, como si fuera un enamorado del carnaval, y no lo pudiera evitar, se tropezaba de vez en cuando. Así estuvo a punto de marcar el Cádiz antes del descanso. Al regresar, cometió otro error que acabó en penalti de Lunin a Negredo. Su única concesión al delantero, luego se lo paró.
Lunin ya era protagonista. Sus paradas han sido pocas este año, pero en Cádiz las recordarán.
La grada, pendiente del Mallorca, alternaba estallidos de júbilo con silencios de sala de espera. En ese drama, de modo asombroso, Mateu Lahoz se las ingenió para chupar cámara.
Salió Hazard, que dio la impresión de estar rápido, aunque su saldo neto fue lesionar a Akapo al llegar tarde a un balón (podría resumirse así lo suyo en Madrid, llegar tarde). El Cádiz estaba a un gol de salvarse, ¿cómo no iba a buscarlo? Pero primero le falló el acierto y luego el entusiasmo, que se fue convirtiendo en una mezcla de miedo e impotencia. Empezó el partido fuera del descenso y lo acabó dentro. El Madrid parece la Parca estos días.

