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El Barça es una derrota

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Mi amigo Guillermo me había dicho almorzando en Yashima: “ahora sé seguro que no voy a volver con mi novia, porque me he gastado todo el dinero que tenía para ir en septiembre con unos amigos a Nueva York”. Un Barça abandonado y vendido por sus socios sabía que no iba a volver a la temporada porque se la había pateado con los alemanes. El Rayo empezó marcando (Álvaro García, minuto 6) para recordarnos quién somos y dónde estamos. Más que una crisis futbolística, el Barcelona está sufriendo una crisis moral, un castigo estructural por la deslealtad de su afición y su funesto modo de tomar decisiones. El desánimo, la desidia, la manifiesta incapacidad con que el equipo vagaba por el campo, como el espíritu condenado de lo que alguna vez fue, no era un accidente, ni mala suerte, ni culpa del árbitro, sino un estado del alma, una alma enferma de tanto haber desdeñado lo importante, lo que pesa, lo que nos da sentido. Ahora somos -y es una realidad, y es una metáfora- los reyes del fútbol femenino. No paramos de batir récords.





Ansu rechoncho en la grada, mofletón. Este chico ha engordado, le han salido como granos, en especial uno de pus en la zona alta de la mejilla izquierda. Oye, no pasa nada. Pero todo va un poco así en el Barça. Si nos tiene que salir algo, es un grano. Dentro del terreno de juego lo mismo, fútbol revoltoso del equipo, pero hasta un punto; el Rayo ni mucho menos sufría para tener el control del partido. El empate no parecía una gesta imposible, pero el Barça no tenía ningúna ocasión. Y cuando digo ninguna, quiero decir exactamente ninguna. El Rayo administraba sin angustias su victoria, aunque el balón no le duraba nada. Dembélé por la banda hacía lo que podía, pero superada su fase de desidia y recuperado otra vez para el equipo (muy bien ahí Xavi), da la sensación que tiene más piernas que cerebro, y que no sabe muy bien qué hacer de sus fenomenales carreras. El Barça llegó a la media hora de partido palmando contra un equipo decente y ordenado, pero que tiene los peores números de la Liga desde la jornada 18, con sólo 7 puntos. Xavi pedía penaltis con mucha más indignación que razón, y la añadida pena que dan los que se quejan y más cuando juegan contra equipos menores. Comprendo el nervio, la rabia, el rebote. Pero también él tendría que tener en cuenta que una cierta clase hay siempre que administrarla. Ni los regalos del portero Dimitrievski supieron aprovechar los locales. Un Barça desdibujado, amorfo, sin dinero para tener novia porque se lo ha pulido todo con los amigotes, llegó al descanso sin ni siquiera haber dado las buenas noches. Con este nivel, y estas expectativas, más que para jugar a fútbol estamos para montar un circo y hacer el agosto con los alemanes.


Puede ser, y no lo digo para cubrirme, que esta temporada sea un desastre y que en verano lleguen fichajes y Xavi encuentre la manera de forjar un equipo que de un modo sostenible sea el que encadenó siete u ocho victorias y fue capaz de imponerse 0 a 4 en el Bernabéu. Puede muy bien ser. Pero en este momento ni el club tiene dinero para fichar en condiciones, ni tenemos una afición decente con la que se puede contar en los momentos decisivos (sólo 57.000 asistieron ayer), ni los jugadores están comprometidos con el juego ni con el club. Esto puede cambiar, Xavi tiene talento para lograrlo -más talento que la confianza de su presidente, Joan Laporta- pero las condiciones que hoy se dan invitan a los peores augurios.


El Barça volvió del descanso con esta vergüenza para el fútbol mundial que es Lenglet y sin Dest. La misma apatía en el juego, la misma vulgaridad, el Rayo se creció durante los minutos iniciales como si el que tuviera que hacer algo para ganar fuera él. Sólo una prensa zafia y comprada como la prensa deportiva catalana puede pasar por alto este demencial espectáculo. En cualquier sociedad no tan enferma estaría todo incendiado. Hay algo significativo que ha ocurrido este fin de semana, y perdón por citarme, que es que el viernes en ABC publicamos el malestar del vestuario con Piqué, que llegó a llamarle traidor cuando negoció por su cuenta con Bartomeu la falsa rebaja de su retribución por la pandemia. Los diarios deportivos de Barcelona se hicieron eco de la exclusiva al día siguiente porque sabían que era cierto. De hecho, lo sabían desde hace mucho más tiempo que yo. Pero no se atrevieron a publicarlo. Por miedo, por compromisos inconfesables, por forofismo, por lo que sea. Sólo cuando otro lo escribió, y asumió la responsabilidad y las consecuencias, accedieron a darlo, algunos a página entera. Memphis y Nico entraron por Ferran y Frenkie. Luuk de Jong y Adama sustituyeron a Aubameyang y Eric. Era la primera vez en su historia que el Barça perdía tres partidos seguidos en el Camp Nou. La prensa catalana dirá que fue culpa del árbitro.

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