Un Atlético de cero patatero
Noticia en el Metropolitano. Un futbolista del filial, ese gran olvidado, en el once de Simeone. Javi Serrano, un joven medio centro de 19 años, que sí había frecuentado convocatorias, minutos de juego y hasta una expulsión casi instantánea. Una excepción a un vacío prolongado y significativo, ya fuera porque no hay nadie potable ahí abajo o porque al técnico no le gusta mirar. Queda por comprobar si es una apuesta real o un antojo ocasional, forzado por la epidemia evidente de centrocampistas (Herrera, Lemar, Kondogbia...). Y el centrocampista juvenil, que no ha podido viajar a Nyon con los de Fernando Torres para disputar desde el viernes la ‘final four’ de la Youth League (no sean malpensados), no desentonó. Tampoco brilló. Se limitó a cumplir. Ganó balones aéreos y no la perdió. Pero no se atrevió, o no le alcanzó, a poner a jugar al Atlético.
Porque los rojiblancos repitieron bodrio. Sin juego ni entusiamo. Sin dar la sensación de estar jugándose su futuro europeo ni de ser el equipo poderoso o mejor clasificado. Tampoco que fuera Simeone el que llevara más tiempo a los mandos, ni que Karanka hubiera llegado ayer. Otro primer tiempo para olvidar, sin contenido, que dejó un problema reincidente (el pisotón sin venir a cuento de Reinildo sobre un rival en un balón dividido) y una dependencia conocida (los arabescos de Carrasco por el costado izquierdo, el único que consigue dar profundidad a su equipo y provocar amenazas en el contrario).
Del Granada, con urgencias verdaderas en el pozo de la tabla, que se quema, tampoco hubo mucho que contar. Los precisos pases largos de Milla y el incordio característico de Luis Suárez y Machín. Faltas y protestas. Fútbol trabado. La paridad de esa fase , aunque fuera a nada, le dejaba en mejor lugar.
Simeone revolvió su alineación en el descanso. Mandó a la ducha al chico (un tiempo duró la confianza) y también al mozambiqueño. Y sacó al campo a Vrsaljko (¡como lo leen!), y a Luis Suárez. Y también modificó comportamiento. El Atlético se plantó ya en campo contrario e incorporó los remates desde fuera del área a la búsqueda de agujeros, hasta entonces reducida a los centros curvados laterales a pie cambiado (de Carrasco principalmente). Griezmann, que sigue en versión empequeñecida, anodina, fue el que más exigió a Maximiano. Una vez.
El Atlético, que últimamente es muy poco, sin Joao Félix (su aliento en los últimos puntos, su diferencia, su tesoro) es mucho menos. Nada. Y no le ayudaba mucho que tampoco estuviera Cunha, que se había ganado bastante más presencia con sus actuaciones precedentes. El Cholo se acordó del brasileño en el minuto 70, cuando le perdió la paciencia a su favorito ‘Antuán’. Pero tampoco. El Atlético siguió sin levantar cabeza. Y el Granada, que no se encogió ni hizo concesiones, hasta empezó a buscarle su hueco al partido. Se animó a subir y meter sustos.
Pero el cero no se movió del marcador. Tampoco había cómo. Los arqueros tuvieron un día de libranza. Y solo en el último minuto hubo un ‘uy’, un tiro al palo de Cunha tras una maravilla de Carrasco. Justo después Simeone metió a su hijo Giulano y el partido se acabó. La temporada se le está haciendo larga al Atlético, mucho. La Champions sigue en el alambre.
Porque los rojiblancos repitieron bodrio. Sin juego ni entusiamo. Sin dar la sensación de estar jugándose su futuro europeo ni de ser el equipo poderoso o mejor clasificado. Tampoco que fuera Simeone el que llevara más tiempo a los mandos, ni que Karanka hubiera llegado ayer. Otro primer tiempo para olvidar, sin contenido, que dejó un problema reincidente (el pisotón sin venir a cuento de Reinildo sobre un rival en un balón dividido) y una dependencia conocida (los arabescos de Carrasco por el costado izquierdo, el único que consigue dar profundidad a su equipo y provocar amenazas en el contrario).
Del Granada, con urgencias verdaderas en el pozo de la tabla, que se quema, tampoco hubo mucho que contar. Los precisos pases largos de Milla y el incordio característico de Luis Suárez y Machín. Faltas y protestas. Fútbol trabado. La paridad de esa fase , aunque fuera a nada, le dejaba en mejor lugar.
Simeone revolvió su alineación en el descanso. Mandó a la ducha al chico (un tiempo duró la confianza) y también al mozambiqueño. Y sacó al campo a Vrsaljko (¡como lo leen!), y a Luis Suárez. Y también modificó comportamiento. El Atlético se plantó ya en campo contrario e incorporó los remates desde fuera del área a la búsqueda de agujeros, hasta entonces reducida a los centros curvados laterales a pie cambiado (de Carrasco principalmente). Griezmann, que sigue en versión empequeñecida, anodina, fue el que más exigió a Maximiano. Una vez.
El Atlético, que últimamente es muy poco, sin Joao Félix (su aliento en los últimos puntos, su diferencia, su tesoro) es mucho menos. Nada. Y no le ayudaba mucho que tampoco estuviera Cunha, que se había ganado bastante más presencia con sus actuaciones precedentes. El Cholo se acordó del brasileño en el minuto 70, cuando le perdió la paciencia a su favorito ‘Antuán’. Pero tampoco. El Atlético siguió sin levantar cabeza. Y el Granada, que no se encogió ni hizo concesiones, hasta empezó a buscarle su hueco al partido. Se animó a subir y meter sustos.
Pero el cero no se movió del marcador. Tampoco había cómo. Los arqueros tuvieron un día de libranza. Y solo en el último minuto hubo un ‘uy’, un tiro al palo de Cunha tras una maravilla de Carrasco. Justo después Simeone metió a su hijo Giulano y el partido se acabó. La temporada se le está haciendo larga al Atlético, mucho. La Champions sigue en el alambre.

