El nuevo héroe se llama Lodi
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Esa no la vimos venir. El nuevo héroe colchonero se llama Lodi, un lateral inservible hasta hace media hora reconvertido en insólito goleador. Dos tantos similares en el origen, el pase cruzado a la espalda de la defensa rival desde un costado (una jugada made in Simeone de toda la vida) con el pie preciso de Kondogbia, y diferentes en la definición, control, amago y tiro el uno; remate de primera el otro. Pero ambos ejecutados por Lodi, un repentino llegador letal. Sospechoso como lateral en la defensa de cuatro, demasiado pequeño para volverse central en la de cinco, Simeone le ha redescubierto el sitio como carrilero largo en este último dibujo (de Carrasco, vaya). Por cómo llega, más que nada, un filón. Y a sus apariciones se cosió el Atlético para imponer su vieja calculadora. La de ganar sin dominar, por simple seguridad atrás y contundencia adelante. Regresa.
No sabe Simeone, o eso dijo, a qué se debió la versión renacida del miércoles ante el United. Tan intensa, tan agresiva, tan suya. Pero por si acaso, porque lo que vio le gustó, repitió la alineación de aquel día, el de la resurrección, el de los secundarios habituales más Joao. La cosa no salió igual, eso sí. Posiblemente por el rival, uno que sí lleva tiempo con un once memorizable en casi todos sus jugadores, con movimientos mecanizados hacia atrás y también hacia adelante. Por eso, aunque el Atlético tuvo voluntad de ataque e iniciativa, nunca en tromba, sin ruborizarse por tirarse en bloque atrás cuando la pelota le es ajena, el control más bien se lo quedó el Celta. Aunque sin ocasiones. Y las que tuvo el cuadro vigués se estrellaron en los defensas rojiblancos, hoy sí muy atentos y fiables, evitando probar la preocupante vulnerabilidad reciente de Oblak. El Atlético lo intentó en la otra punta con remates lejanos, no demasiado certeros, pero nunca alcanzó profundidad.
Hasta que pasada la primera media hora de juego, irrumpió ese minuto repentino muy del viejo Simeone, del mejor Atlético, un minipartido dentro de un partido, en el que el equipo encuentra un arreón que hace sudar en cadena al rival. Una incursión de Llorente, un córner forzado a la siguiente acción y, sin dejar salir al Celta del rincón, una combinación letal: Kondogbia busca con un cambio de juego el desmarque de ruptura de Lodi a la izquierda del área, el brasileño controla sutilmente ante Mallo perfilándose hacia dentro con una mentira, amaga luego para cambiarse el balón de pie y remata por sorpresa raso de zurda al primer palo.
Un gol que quizás no ajustaba el marcador en el descanso a la lógica de la posesión o la valentía, pero sí a las cuentas que antes le salían al Atlético. Esa capacidad para sacar petróleo de la seguridad defensiva, del orden y la anticipación, de la agresividad (excesiva y también consentida: Giménez debió ver la roja por un pisotón brutal a Iago Aspas) y la suma de tarjetas. Kondogbia recuperaba balones con heroísmo y Herrera le ponía una inteligente pausa y templanza al juego con el balón hirviendo. El Celta hacía más, enseñaba más atrevimiento, pero lo rentabilizaba peor. Y Joao, aunque no fallaba, esta vez tenía poco peso.
El segundo tiempo reprodujo inicialmente las coordenadas. Intensificó las ganas de ataque del Celta y las precauciones intencionadas del Atlético. Esa forma de jugarse la vida que tanto disfrutaba el cholismo no hace tanto. Y de encomendarse luego al contragolpe. O a que la nueva sociedad rojiblanca repitiera fórmula: el pase profundo de Kondogbia al desmarque Lodi y el remate esta vez de primera dentro del área del brasileño. El lateral reconvertido en goleador. Y ahí, una hora de juego, el Celta ya se rindió.
Ganó el Atlético. Su aritmética es la de antes, pero el estribillo es otro: Kondogbia la prepara y Lodi mete gol.
No sabe Simeone, o eso dijo, a qué se debió la versión renacida del miércoles ante el United. Tan intensa, tan agresiva, tan suya. Pero por si acaso, porque lo que vio le gustó, repitió la alineación de aquel día, el de la resurrección, el de los secundarios habituales más Joao. La cosa no salió igual, eso sí. Posiblemente por el rival, uno que sí lleva tiempo con un once memorizable en casi todos sus jugadores, con movimientos mecanizados hacia atrás y también hacia adelante. Por eso, aunque el Atlético tuvo voluntad de ataque e iniciativa, nunca en tromba, sin ruborizarse por tirarse en bloque atrás cuando la pelota le es ajena, el control más bien se lo quedó el Celta. Aunque sin ocasiones. Y las que tuvo el cuadro vigués se estrellaron en los defensas rojiblancos, hoy sí muy atentos y fiables, evitando probar la preocupante vulnerabilidad reciente de Oblak. El Atlético lo intentó en la otra punta con remates lejanos, no demasiado certeros, pero nunca alcanzó profundidad.
Hasta que pasada la primera media hora de juego, irrumpió ese minuto repentino muy del viejo Simeone, del mejor Atlético, un minipartido dentro de un partido, en el que el equipo encuentra un arreón que hace sudar en cadena al rival. Una incursión de Llorente, un córner forzado a la siguiente acción y, sin dejar salir al Celta del rincón, una combinación letal: Kondogbia busca con un cambio de juego el desmarque de ruptura de Lodi a la izquierda del área, el brasileño controla sutilmente ante Mallo perfilándose hacia dentro con una mentira, amaga luego para cambiarse el balón de pie y remata por sorpresa raso de zurda al primer palo.
Un gol que quizás no ajustaba el marcador en el descanso a la lógica de la posesión o la valentía, pero sí a las cuentas que antes le salían al Atlético. Esa capacidad para sacar petróleo de la seguridad defensiva, del orden y la anticipación, de la agresividad (excesiva y también consentida: Giménez debió ver la roja por un pisotón brutal a Iago Aspas) y la suma de tarjetas. Kondogbia recuperaba balones con heroísmo y Herrera le ponía una inteligente pausa y templanza al juego con el balón hirviendo. El Celta hacía más, enseñaba más atrevimiento, pero lo rentabilizaba peor. Y Joao, aunque no fallaba, esta vez tenía poco peso.
El segundo tiempo reprodujo inicialmente las coordenadas. Intensificó las ganas de ataque del Celta y las precauciones intencionadas del Atlético. Esa forma de jugarse la vida que tanto disfrutaba el cholismo no hace tanto. Y de encomendarse luego al contragolpe. O a que la nueva sociedad rojiblanca repitiera fórmula: el pase profundo de Kondogbia al desmarque Lodi y el remate esta vez de primera dentro del área del brasileño. El lateral reconvertido en goleador. Y ahí, una hora de juego, el Celta ya se rindió.
Ganó el Atlético. Su aritmética es la de antes, pero el estribillo es otro: Kondogbia la prepara y Lodi mete gol.

