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El colista hace sangre con un Atlético acabado

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El Atlético se acabó, aunque no se entere. Es pasado, aunque no lo quiera ver y algunos arreones de última hora, por épica y testiculina, hayan disfrazado su decadencia con goles salvadores y resultados mentirosos. El Levante, con muy poco, por pura actitud, también le pintó un disgusto en la cara. El último clasificado zarandeó al último campeón, que todavía cree en la Champions. Otro desastre rojiblanco, ensuciado de más con Giménez encarándose con una grada que aún anima pero que ya pita.


El colista, dice la tabla, es el Levante. Pero el Metropolitano contó otra cosa. Lo dibujó más atrevido, más profundo, más dominador que el Atlético, que insiste en su mediocridad, que pareció el más pequeño de los contendientes. Simeone dice que su equipo sale de ahí con un plan, pero este no se divisa. Precisamente si algo caracteriza a este Atlético es eso, la falta de una idea, saber a qué demonios juega o quiere jugar. A la vista no juega a nada. Otra alineación diferente, pero los rojiblancos no salen del barro.





Como síntoma, Giménez, recuperado en tiempo récord de un contagio por C0OVID recién contraído, que incorporó un nuevo contenido al catálago de despropósitos defensivos. Un pelotazo frontal del Levante que cabeceó hacia atrás para dejar solo a la carrera frente a Oblak a De Frutos. Según trató de justificarse luego la culpa fue de la luz LED del moderno estadio, cegadora, que hasta por ahí sangra este Atlético al que no le sale nada. De su aparatoso error emergió al fin el viejo Oblak, el de los milagros, que este año ha desaparecido sin explicación. Un misterio.


Fue un poco más el Levante en la primera mitad, soporífera, espantosa. Pero tiene menos en su plantilla. El Atlético vivió de las cabalgadas esporádicas de Marcos Llorente, quien pese a su condena de jugar de lateral se las apañó para irrumpir de vez en cuando hasta la línea de fondo. Poco más. Cunha y Correa no funcionaron como pareja de ataque y el centro del campo, pese a los arabescos de Lemar, estuvo más bien plano. Y frágil.


El Levante, que solo había ganado un partido en el presente curso y llegaba a Madrid con ocho derrotas consecutivas como visitante, encontró premio a sus mejores intenciones nada más arrancar la segunda mitad. Con una sencillez asombrosa, partió al Atlético por la mitad, que se deshace con nada: Bardhi inició un ataque convencional por la izquierda, De Frutos lo recoge por el centro, lo prolonga hacia la derecha, y Melero fusila a Oblak por su palo más cercano.


Fue entonces, como de costumbre, cuando el Atlético se acordó de la ofensiva y de la pelota. Otra vez el toque de corneta y la carretera de la épica para corregir una sesión plomiza y manchada de confusión y desidia. Expuesto a los contragolpes del Levante y volcado ya sí sobre el corral de Cárdenas. Fue entonces, como de costumbre, cuando el Cholo removió el banquillo, se soltó el cinturón y la melena y se acordó de Joao, la joya en la que no cree. También de Luis Suárez y de Vrsaljko, para reformar la alineación y dar más volumen a la delantera y ganarle metros a Llorente. Luego también entraron Herrera y Lodi.


Pero nada, ni a la desesperada el Atlético creó ruido ni peligro. Un penalti y un gol anulados, pero Cárdenas no tuvo ni que intervenir. El tanto casi lo marca Malsa desde el medio campo.


Al final perdió el que no hace mucho se llamaba campeón. Una derrota sonrojante más que añadir al epitafio de una era. La de Simeone. La mejor época del Atlético se acabó.

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