Xavi no es un milagro
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Menos de media entrada ayer en el Camp Nou, en los buenos tiempos la lluvia no era una excusa. Pobre capacidad de sacrificio de un público que luego tan exigente es con su club y con su equipo. La afición del Barcelona, y concretamente sus socios, merecerían, más que una biografía, una autopsia, porque son un colectivo tan vulgar, tan zafio y tan mezquino que cuesta imaginarse otro que pueda superarlo en bajeza y en cinismo. Llovió toda la tarde ayer en Barcelona, una ciudad a la que estar más de media hora seguida sin sol le parece de mala educación. Xavi, con una chaqueta Moncler –mucho dinero y poco gusto– se mojaba de pie en el banquillo, como si mojarse le diera un extra de prestigio o de consideración como machote. Un poco absurda, la verdad, su exposición al agua.
El Barça empezó jugando y sobre todo pensando muy rápido por dentro, exigiendo mucho a la defensa visitante, el balón circulaba a gran velocidad sobre el césped mojado, pero todo lo que el equipo generaba, que era bastante y de notable calidad, moría como de habitud en el último acto, con su manifiesta incapacidad para rematar ya no con acierto, sino simplemente con algún sentido. Ni siquiera las jugadas que ya se veía que eran fuera de juego, y que el árbitro no paraba por si acaso, acababan con éxito. Nada. Muchos inicios hermosos y todos los finales estériles. Hacerse todas las esperanzas posibles para acabar muriendo en la orilla. No paraba de llover en el Camp Nou, finalmente Xavi se puso el anorak corporativo, con el escudo del club, aunque sin capucha, y sobre el minuto 20 los jugadores del Barcelona empezaron a notar el cansancio y menguaron en su capacidad de presión y en sus ataques eléctricos. Tampoco es que esto último se notara demasiado, porque en los más eléctricos tampoco eran capaces de marcar, ni siquiera de estar cerca de hacerlo. Es difícil motivarse, como futbolista, como escritor o como amante, cuando sabes que invariablemente, a la hora de la verdad, vas a pinchar, como Jordi Alba en el minuto 26, tras una espléndida transición de Nico. Es cierto que Vlachodimos es un portero magnífico, pero el Barça tendría que disponer de delanteros capaces de resolver un ataque tan claro como éste.
Gavi aprovechaba cada una de las acciones en las que intervenía para dar un recital de fútbol y Lenglet no hacía nada sin recordarnos lo malo que llega a ser y lo humillante que es para un equipo como el Barcelona no tener más remedio que alinearle. Qué jugador tan nefasto. Todas sus decisiones son equivocadas y de consecuencias lamentables. El infortunio le persigue. Y cuando no le persigue él mismo se ocupa de convocarlo. En el 32 dejó libre a Yaremchuck, que casi marca de un buen cabezazo que milagrosamente sacó Ter Stegen con las piernas. El Barça perdía gas, perdía balón, perdía atención y además tenía a Lenglet en el campo, de modo que todo lo malo que le pasaba era más por su culpa que por el mérito de los portugueses. Minutos de poca cabeza azulgrana, fruto del cansancio físico y de la frustración de no saber culminar lo que generaba. Xavi, muy enfadado en el banquillo, se acordó de la madre de uno de sus jugadores, imposible especificar de cuál, pero se le leyó claramente la palabra en los labios; y con desesperación, y no se sabe si con alguna solución pensada, veía como paulatinamente sus jugadores dejaban de hacer bien lo que saben hacer bien, y de cumplir sus directrices. La fortuna tampoco es que se aliara demasiado con el equipo, y una bellísima parábola de Demir fue a dar en el palo. Buenas intenciones, poca inteligencia y menos resistencia. Éste es el resumen del Barça de hoy, en el que brillan las individualidades de Nico y de Gavi. Justo al filo del descanso dejó de llover en Barcelona.
Todo lo que generó el Benfica fueron distracciones de Lenglet. Al Barça le duró la batería incluso menos que contra el Espanyol. El dibujo de ayer no estuvo tan lejos de cuando Koeman ponía a Dembélé de carrilero.
Empezó la segunda parte y volvió a llover, el partido pintaba mal, los portugueses parecían mucho más enteros que un Barça cansado, torpe y con un cierto sentido de destino trágico. Demir desmentía, agotado, lo bueno que había hecho en la primera mitad. Imprecisiones, torpezas, incapacidad para hilvanar dos asistencias intencionadas. Tampoco el Benfica hacía gran cosa, y era igual de incapaz que los locales con el balón, pero el partido se jugaba más en el campo del Barcelona. Demir necesitaba ser cambiado pero Xavi alargaba su agonía. Memphis falló otro gol por lentorro, aunque hay que concederle un cierto mérito a la defensa de Otamendi.
Xavi no acababa de tomar la decisión de hacer cambios, y el equipo deambulaba sin ideas, sin saber qué hacer. Lo de Demir era escandaloso: estaba tan fatigado que hasta se dejaba atrás los balones, y en el 62 Xavi llamó por fin a Dembélé para preparar el cambio, que llegó finalmente en el 65 y fue recibido por la afición como la gran esperanza. Memphis estaba igualmente fundido. Las segundas partes de este chico son terribles.
Con la entrada del francés, el Barça volvió a presionar y a desequilibrar, encerrando al Benfica en su campo. Vlachodimos salvó por los pelos un buen cabezazo de De Jong. Se excitó el Barça, se excitó el Camp Nou, todo lo cambió Dembélé y el Benfica parecía deshacerse un poco. Dejó de llover. El Barcelona parecía creer en algo, pero era difícil de decir en qué. En cualquier caso, pocas ocasiones claras. El suflé de Dembélé tardó cinco minutos en bajar, lo que tardó el entrenador del Benfica, Jorge Jesús, muy acertado, en neutralizarlo con Grimaldo y con Lázaro. Lo que falló Seferovic en el descuento fue inexplicable.
El Barça empezó jugando y sobre todo pensando muy rápido por dentro, exigiendo mucho a la defensa visitante, el balón circulaba a gran velocidad sobre el césped mojado, pero todo lo que el equipo generaba, que era bastante y de notable calidad, moría como de habitud en el último acto, con su manifiesta incapacidad para rematar ya no con acierto, sino simplemente con algún sentido. Ni siquiera las jugadas que ya se veía que eran fuera de juego, y que el árbitro no paraba por si acaso, acababan con éxito. Nada. Muchos inicios hermosos y todos los finales estériles. Hacerse todas las esperanzas posibles para acabar muriendo en la orilla. No paraba de llover en el Camp Nou, finalmente Xavi se puso el anorak corporativo, con el escudo del club, aunque sin capucha, y sobre el minuto 20 los jugadores del Barcelona empezaron a notar el cansancio y menguaron en su capacidad de presión y en sus ataques eléctricos. Tampoco es que esto último se notara demasiado, porque en los más eléctricos tampoco eran capaces de marcar, ni siquiera de estar cerca de hacerlo. Es difícil motivarse, como futbolista, como escritor o como amante, cuando sabes que invariablemente, a la hora de la verdad, vas a pinchar, como Jordi Alba en el minuto 26, tras una espléndida transición de Nico. Es cierto que Vlachodimos es un portero magnífico, pero el Barça tendría que disponer de delanteros capaces de resolver un ataque tan claro como éste.
Gavi aprovechaba cada una de las acciones en las que intervenía para dar un recital de fútbol y Lenglet no hacía nada sin recordarnos lo malo que llega a ser y lo humillante que es para un equipo como el Barcelona no tener más remedio que alinearle. Qué jugador tan nefasto. Todas sus decisiones son equivocadas y de consecuencias lamentables. El infortunio le persigue. Y cuando no le persigue él mismo se ocupa de convocarlo. En el 32 dejó libre a Yaremchuck, que casi marca de un buen cabezazo que milagrosamente sacó Ter Stegen con las piernas. El Barça perdía gas, perdía balón, perdía atención y además tenía a Lenglet en el campo, de modo que todo lo malo que le pasaba era más por su culpa que por el mérito de los portugueses. Minutos de poca cabeza azulgrana, fruto del cansancio físico y de la frustración de no saber culminar lo que generaba. Xavi, muy enfadado en el banquillo, se acordó de la madre de uno de sus jugadores, imposible especificar de cuál, pero se le leyó claramente la palabra en los labios; y con desesperación, y no se sabe si con alguna solución pensada, veía como paulatinamente sus jugadores dejaban de hacer bien lo que saben hacer bien, y de cumplir sus directrices. La fortuna tampoco es que se aliara demasiado con el equipo, y una bellísima parábola de Demir fue a dar en el palo. Buenas intenciones, poca inteligencia y menos resistencia. Éste es el resumen del Barça de hoy, en el que brillan las individualidades de Nico y de Gavi. Justo al filo del descanso dejó de llover en Barcelona.
Todo lo que generó el Benfica fueron distracciones de Lenglet. Al Barça le duró la batería incluso menos que contra el Espanyol. El dibujo de ayer no estuvo tan lejos de cuando Koeman ponía a Dembélé de carrilero.
Empezó la segunda parte y volvió a llover, el partido pintaba mal, los portugueses parecían mucho más enteros que un Barça cansado, torpe y con un cierto sentido de destino trágico. Demir desmentía, agotado, lo bueno que había hecho en la primera mitad. Imprecisiones, torpezas, incapacidad para hilvanar dos asistencias intencionadas. Tampoco el Benfica hacía gran cosa, y era igual de incapaz que los locales con el balón, pero el partido se jugaba más en el campo del Barcelona. Demir necesitaba ser cambiado pero Xavi alargaba su agonía. Memphis falló otro gol por lentorro, aunque hay que concederle un cierto mérito a la defensa de Otamendi.
Xavi no acababa de tomar la decisión de hacer cambios, y el equipo deambulaba sin ideas, sin saber qué hacer. Lo de Demir era escandaloso: estaba tan fatigado que hasta se dejaba atrás los balones, y en el 62 Xavi llamó por fin a Dembélé para preparar el cambio, que llegó finalmente en el 65 y fue recibido por la afición como la gran esperanza. Memphis estaba igualmente fundido. Las segundas partes de este chico son terribles.
Con la entrada del francés, el Barça volvió a presionar y a desequilibrar, encerrando al Benfica en su campo. Vlachodimos salvó por los pelos un buen cabezazo de De Jong. Se excitó el Barça, se excitó el Camp Nou, todo lo cambió Dembélé y el Benfica parecía deshacerse un poco. Dejó de llover. El Barcelona parecía creer en algo, pero era difícil de decir en qué. En cualquier caso, pocas ocasiones claras. El suflé de Dembélé tardó cinco minutos en bajar, lo que tardó el entrenador del Benfica, Jorge Jesús, muy acertado, en neutralizarlo con Grimaldo y con Lázaro. Lo que falló Seferovic en el descuento fue inexplicable.

