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Primeros indicios de progreso colectivo

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El Madrid formaba casi toda su defensa titular, con la izquierda rejuvenecida por Gutiérrez y Vinicius y dudas serias en los interiores, sin Modric ni Kroos. Eran las incógnitas para un gran problema: la construcción del juego.


Quizás fuera Alaba el recurso más digno y seguro. Sus pases verticales, tensos, medidos a Isco, rara vez a Vinicius. Fue esa banda la que jugaba de inicio en el Madrid, y las ganas de ver a Vinicius se vieron satisfechas de modo inmediato. En el minuto cuatro hizo una jugada de costa a costa en la que le lucieron varias suertes del juego: robó, condujo la pelota y acabó con un pase inteligente a Benzema, que falló por poco.






Fue lo mejor del Madrid en la primera parte, y desde ahí se fue desdibujando. Su toque, que no era nunca dominador ni pleno, todavía era alegre y vagamente coral, y su forma de defender era inicialmente solidaria, aplicada. Pero con los minutos, y el sucesivo aparecer de Canales y Fekir, el primero enlazando y el segundo con arranques de genio y una falta peligrosa, el partido y el balón se lo fue quedando el Betis.


Canales superaba a Isco, y el Real Madrid no solo empeoraba en su comparación con el Betis, es que aún resulta posible acordarse del Madrid de Zidane y este actual, ancelottista, parece más largo, con mayor propensión a alargarse, como el precio que paga por ser más ofensivo; hay una mayor blandura, y aunque Alaba y Militao están siendo de lo mejor del equipo, a veces también falta contundencia.


Había problemas serios: los interiores estaban lejos de crear la más mínima sensación de peligro. Si se compara con la forma en que Bernardo Silva y Gundogan llegaban al ataque horas antes en el partido del City en la Premier, parecen momentos distintos de un mismo deporte.


La banda derecha no existía y fue muy entrada ya la primera parte cuando Valverde dio una de sus carreras de zancada larga e incontenible.


La pausa de hidratación de la media hora fue, para el Madrid, pausa de reubicación, pero no sirvió de mucho hasta el descanso. Courtois le detuvo un buen tiro a Juanmi y el partido, que había empezado fluido y hasta bonito de ver, con alegría y ligereza por ambas partes, se fue adensando en una sucesión de amarillas que pitaba con celo Hernández Hernández, protagonista del final de liga anterior. Su pitido, su silbato, tenía la energía de la inocencia y del olvido, como si la justicia no tuviera memoria, que probablemente no la tenga, y quisiera presumir de prístina rectitud en cada amarilla.


Gol de Carvajal
La segunda parte empezó con un doble gong: dos jugadas de Benzema en fuera de juego que anunciaban su presencia en el campo e incluso la presencia de Bale. A ellos se unía Vinicius, que pedía la pelota con perseverancia y cuajo. Los que expiden los certificados oficiales de delicatessen van a empezar muy pronto a considerar a Vinicius un objeto de pedantería y a hacer exclamaciones con su juego como si fuera un paté.


El Madrid apretaba el juego, subía la defensa, accionaba a sus figuras y de una acción desmelenada de varias de ellas llegó el gol de Carvajal, golazo cazado de primeras. Una jugada comenzada en un robo de Gutiérrez, una acción de extremo al revés de Vinicius, salvando la pelota de salir, y un pase clínico de Benzema. La asistencia será de Benzema, y con todo merecimiento, pero viene de un pase previo de Vinicius, y esto debe recordarse. Ya hablamos el año pasado de que su estadística, poco impresionante aún en goles y pases de gol, debería completarse, para captar el efecto pleno del jugador, con ese conjunto de acciones que acaban en gol: el pase previo, el pase penúltimo, el regate inductor, el rebote, el contrarrebote; el agitamiento, en suma, del cocotero rival.


Tras el gol, Ancelotti hizo una cosa que le pedía el cuerpo. Juntó a Lucas y Carvajal dando descanso a Bale, y sacó a Asensio por Isco. Esto, traducido a nuestra manía del sistema, era volver un poco o bastante al 4-4-2. Veíamos aquí la declinación, el ramalazo táctico, la ambivalencia de este Madrid y de casi todos: del 4-3-3 un poco verbenero y lotero (lotería que en el reparto de boletos tocará casi siempre si se añade a Mbappé) al 4-4-2 defensivo, mucho más enterizo y consistente.


Así conformado, más seguro, recibió el Madrid los cambios del Betis, y se pudo ver a un Asensio que mejoraba a Isco en verticalidad.


Un cuarto de hora para Hazard
Los desmarques de Vinicius contrastan y a la vez animan a todo el equipo. Es como cuando se mete en un cuarto cerrado un insecto frenético. Su zumbido enloquece el ambiente entero. Vinicius se desmarca, viene, va, recupera, regatea y pierde, todo, bueno o malo, a una gran velocidad
. Obliga a adaptarse a ello, no es posible ignorarlo. Perder esa velocidad o dudar de ella, ahora que el fútbol es casi todo velocidad, sería absurdo.



Por consideraciones de otro tipo, aunque comprensibles, Vinicius dejó su puesto a Hazard, que dispondría de un cuarto de hora. Para aprovechar bien a Hazard lo mejor quizás sería considerarlo un nuevo jugador. No esperar al viejo Hazard, sino otro futbolista, y darle una función. Dejó algún chispazo.


Con el 0-1, el Madrid tenía ante sí el reto de la seguridad, de la puerta a cero. Se juntaron con convicción, seriedad y un sentido apreciable de conjunto y el Betis solo creó peligro al final, topando para colmo con Courtois.


El Madrid mostró en Sevilla algunos indicios de progreso colectivo e individual: solidaridad a la zidanesca y determinación. Ancelotti va usando e integrando a sus jugadores bajo el arco integrador de su ceja icónica.

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