Vinicius tira la puerta abajo definitivamente
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El futuro (y por tanto el presente) es Vinicius, que tiene por delante a Hazard y podria tener a Mbappé. Pero lo vivo en el Madrid es él. Ya emitió señales en la temporada anterior y este partido contra el Levante es su Cádiz. Su definitivo aquí estoy yo. Arregló al Madrid con dos joyas: en una demostró velocidad; en la otra, habilidad de extremo, y en las dos una precisión que... ¿de dónde la ha sacado?
Vayamos al inicio. No estaba Kroos y en su lugar salía Isco, aunque parte de sus funciones las asumiría Alaba: el balón parado y el pase largo. Suyo fue el origen del 0-1 en el minuto 5, un balón preclaro a Benzema que remató Bale de primeras con serena autoridad.
Dos zurdos que son dos fichajes. Alaba es bien conocido, pero en el Madrid se le ve con una nueva luz. Es un jugador que recuerda ese rasgo en el que insisten tanto los aficionados al baloncesto: el IQ, la inteligencia. Hace lo que tiene que hacer dándole a la jugada un repunte de claridad e importancia. Es un posible foco de fútbol.
El otro fichaje es Bale, que transmitió una sensación de gran serenidad. Las personas que han sobrevivido al trance de la muerte, al pasillo con la luz al fondo, vuelven a la vida con una serenidad nueva. Así Bale, y hasta Isco, que si no eran dos exjugadores sí recibieron el protocolo habitual del exmadridista, lo que hace pensar en el golf: ¿juega al golf Bale en la actualidad?
No se sabe, pero el equipo le encontró en un par de ocasiones: remató con el talón de escorzo, y buscó el gol también con una falta de efecto único. Se le vio rápido, y tan participativo en el juego como puede estarlo Bale. Sin llegar a su nivel de implicación galesa, se puede decir que estuvo, algo difícil de sostener con Hazard. Para asegurar que estuvo en el campo habría que mirar el acta arbitral.
Están son las pequeñas contribuciones de Ancelotti. El Madrid, por lo demás, jugó ‘piano’ y a veces ‘pianissimo’ al paso de Isco, más implicado porque estarlo menos sería imposible. El Levante lo intentó con alguna carrera de jabato de Morales, pero no creó peligro en la primera parte. La mayor preocupación del Madrid era no deshacerse, no perder el sitio, ni dejar espacios. La labor de Isco, una construcción lenta y rumiante, parecía tener esa segundaa intención preventiva.
Toda esa responsabilidad y prudencia se perdió en los primeros segundos de la segunda parte con el empate de Roger. Aprovechó un error de Lucas que, como el no-lateral que es, desmontó con poca disciplina la línea del fuera de juego.
El gol enardeció al Levante y comenzó a temblar como luz de neón una incógnita: cómo iría el Madrid a por el partido, con qué argumentos. Quizás haya una inclinación positiva hacia lo nuevo, una, digamos, neofilia de futbolero, pero lo mejor solía implicar a Alaba: un pase, una carrera, una rápida triangulación… Había también tiros lejanos, pero empezaba a echarse de menos el regate, el rompimiento. Por increíble que parezca, solo Isco, con su tranco renovado, superaba alguna línea.
No se percibía en el Madrid ni el cómo ni el dónde, pero el Levante, que ya estaba vivo, se puso vivísimo con un golazo de Campana rematando de primeras un pase desde la otra banda. De banda a banda, de pitón a pitón se estaban pasando al Madrid de Ancelotti, de repente descompuesto como un viejo torero lívido, exangüe.
La banda de Lucas era lo que había sido siempre la banda de Marcelo. Qué se le va a hacer. ¿Cuándo comeremos pan de hoy, mamá? ¿Cuándo dejará de estar cojo el equipo? Mañana, hijo, mañana. Todo será en el 2022.
El Levante hacía un fútbol de rachas, corajudo, pero ya era más que el Madrid, así que Ancelotti cambió la delantera (los escoltas de Benzema en el tridente) y metió a Asensio de interior, un loable intento dado que ya ha demostrado sobradamente que ni es delantero, ni es extremo, ni es mediapunta. Probemos por ahí. El Madrid quería seguir haciendo ese fútbol prudente, al ritmo procesionario de Isco, todos juntos, sin romperse, sin perderla, sin descuajaringarse, añadiéndole la velocidad de átomo loco de Vinicius. Pero fallaban cosas serias, estructurales. El Madrid no era verosímil. Dio la sensación de algo acartonado, de gran decorado con ruedas, pero sin nervios, sin vida interna, sin circuitos interiores. Como el zidanismo, pero sin esa llama espiritual suya. Nadie tenía la capacidad de dirigir el partido y crear peligro, y, lo peor, es que tampoco nadie parecía tener la responsabilidad.
Ahí fue importante Carvajal, que entró a cerrar su banda y puso la bravura suficiente para iniciar, como Alaba había iniciado el 0-1, el contragolpe acabado felizmente por Vinicius, que añadió a su velocidad una sorprendente sutileza en la colocación. Es como si sus empeines estuviesen siendo estimulados médicamente, como si las terminaciones nerviosas de sus pies estuvieran siendo sometidas a un tratamiento pionero de electroestimulación. Parece que hay algo vivo ahí.
La pausa de hidratación dejaba por delante un cuarto de hora que el Madrid malgastó en cuanto pudo con un regalo de cabeza de Alaba, que tras un balón parado y con blandura casi cómica le cedió el balón a Pier para el 3-2.
Con el Madrid abierto se vio lo que es su defensa y Cantero pudo marcar el cuarto (un palo), pero también lo que hay en su delantera: un detalle de Rodrygo y una locura de Vinicius
que marcó el tercero con un gol asombroso. Una jugada de extremo zurdo que encontró el hueco de lo inverosímil y que en la memoria madridista emparenta (y ya es un lugar común citarlo) con la erupción de Butragueño contra el Cádiz y con el descorche de Raúl en el Calderón (la de Benzema en el mismo lugar tuvo otro nivel de importancia). Pero esa jugada de Vinicius fue importante porque demuestra que algo extraordinario ha sucedido o está sucediendo con sus extremidades (¡las pone en remojo neuronal!).
Insistimos: es como si le hubieran trasplantado los pies. Cuestionar la titularidad de este joven jugador ya es un delito contra el fútbol.
Vayamos al inicio. No estaba Kroos y en su lugar salía Isco, aunque parte de sus funciones las asumiría Alaba: el balón parado y el pase largo. Suyo fue el origen del 0-1 en el minuto 5, un balón preclaro a Benzema que remató Bale de primeras con serena autoridad.
Dos zurdos que son dos fichajes. Alaba es bien conocido, pero en el Madrid se le ve con una nueva luz. Es un jugador que recuerda ese rasgo en el que insisten tanto los aficionados al baloncesto: el IQ, la inteligencia. Hace lo que tiene que hacer dándole a la jugada un repunte de claridad e importancia. Es un posible foco de fútbol.
El otro fichaje es Bale, que transmitió una sensación de gran serenidad. Las personas que han sobrevivido al trance de la muerte, al pasillo con la luz al fondo, vuelven a la vida con una serenidad nueva. Así Bale, y hasta Isco, que si no eran dos exjugadores sí recibieron el protocolo habitual del exmadridista, lo que hace pensar en el golf: ¿juega al golf Bale en la actualidad?
No se sabe, pero el equipo le encontró en un par de ocasiones: remató con el talón de escorzo, y buscó el gol también con una falta de efecto único. Se le vio rápido, y tan participativo en el juego como puede estarlo Bale. Sin llegar a su nivel de implicación galesa, se puede decir que estuvo, algo difícil de sostener con Hazard. Para asegurar que estuvo en el campo habría que mirar el acta arbitral.
Están son las pequeñas contribuciones de Ancelotti. El Madrid, por lo demás, jugó ‘piano’ y a veces ‘pianissimo’ al paso de Isco, más implicado porque estarlo menos sería imposible. El Levante lo intentó con alguna carrera de jabato de Morales, pero no creó peligro en la primera parte. La mayor preocupación del Madrid era no deshacerse, no perder el sitio, ni dejar espacios. La labor de Isco, una construcción lenta y rumiante, parecía tener esa segundaa intención preventiva.
Toda esa responsabilidad y prudencia se perdió en los primeros segundos de la segunda parte con el empate de Roger. Aprovechó un error de Lucas que, como el no-lateral que es, desmontó con poca disciplina la línea del fuera de juego.
El gol enardeció al Levante y comenzó a temblar como luz de neón una incógnita: cómo iría el Madrid a por el partido, con qué argumentos. Quizás haya una inclinación positiva hacia lo nuevo, una, digamos, neofilia de futbolero, pero lo mejor solía implicar a Alaba: un pase, una carrera, una rápida triangulación… Había también tiros lejanos, pero empezaba a echarse de menos el regate, el rompimiento. Por increíble que parezca, solo Isco, con su tranco renovado, superaba alguna línea.
No se percibía en el Madrid ni el cómo ni el dónde, pero el Levante, que ya estaba vivo, se puso vivísimo con un golazo de Campana rematando de primeras un pase desde la otra banda. De banda a banda, de pitón a pitón se estaban pasando al Madrid de Ancelotti, de repente descompuesto como un viejo torero lívido, exangüe.
La banda de Lucas era lo que había sido siempre la banda de Marcelo. Qué se le va a hacer. ¿Cuándo comeremos pan de hoy, mamá? ¿Cuándo dejará de estar cojo el equipo? Mañana, hijo, mañana. Todo será en el 2022.
El Levante hacía un fútbol de rachas, corajudo, pero ya era más que el Madrid, así que Ancelotti cambió la delantera (los escoltas de Benzema en el tridente) y metió a Asensio de interior, un loable intento dado que ya ha demostrado sobradamente que ni es delantero, ni es extremo, ni es mediapunta. Probemos por ahí. El Madrid quería seguir haciendo ese fútbol prudente, al ritmo procesionario de Isco, todos juntos, sin romperse, sin perderla, sin descuajaringarse, añadiéndole la velocidad de átomo loco de Vinicius. Pero fallaban cosas serias, estructurales. El Madrid no era verosímil. Dio la sensación de algo acartonado, de gran decorado con ruedas, pero sin nervios, sin vida interna, sin circuitos interiores. Como el zidanismo, pero sin esa llama espiritual suya. Nadie tenía la capacidad de dirigir el partido y crear peligro, y, lo peor, es que tampoco nadie parecía tener la responsabilidad.
Ahí fue importante Carvajal, que entró a cerrar su banda y puso la bravura suficiente para iniciar, como Alaba había iniciado el 0-1, el contragolpe acabado felizmente por Vinicius, que añadió a su velocidad una sorprendente sutileza en la colocación. Es como si sus empeines estuviesen siendo estimulados médicamente, como si las terminaciones nerviosas de sus pies estuvieran siendo sometidas a un tratamiento pionero de electroestimulación. Parece que hay algo vivo ahí.
La pausa de hidratación dejaba por delante un cuarto de hora que el Madrid malgastó en cuanto pudo con un regalo de cabeza de Alaba, que tras un balón parado y con blandura casi cómica le cedió el balón a Pier para el 3-2.
Con el Madrid abierto se vio lo que es su defensa y Cantero pudo marcar el cuarto (un palo), pero también lo que hay en su delantera: un detalle de Rodrygo y una locura de Vinicius
que marcó el tercero con un gol asombroso. Una jugada de extremo zurdo que encontró el hueco de lo inverosímil y que en la memoria madridista emparenta (y ya es un lugar común citarlo) con la erupción de Butragueño contra el Cádiz y con el descorche de Raúl en el Calderón (la de Benzema en el mismo lugar tuvo otro nivel de importancia). Pero esa jugada de Vinicius fue importante porque demuestra que algo extraordinario ha sucedido o está sucediendo con sus extremidades (¡las pone en remojo neuronal!).
Insistimos: es como si le hubieran trasplantado los pies. Cuestionar la titularidad de este joven jugador ya es un delito contra el fútbol.

