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Vinicius se eleva a la condición de estrella

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Se presentó el mejor Madrid y Vinicius se elevó con él a la condición de estrella, de jugador que decide partidos europeos. A su velocidad y a su derroche sumó el control, el acierto y el gol. La confianza o la madurez. Marca y sigue haciendo todo lo que hacía: darle un sentido al Madrid, la primera salida, la velocidad. Es el bastón de los veteranos, ¡el jovencito lleno de vida que acompaña al anciano al parque! Tú serás nuestras piernas, le dicen, y unos y otro se mejoran. Pero hubo contra el Liverpool, como contra el Atalanta, un rompimiento de gloria personal en Vinicius que corrió hasta despanzurrarse, como se corren estas noches en el Bernabéu. En sus carreras generosas corre Juanito y corre Raúl. Q ue le den el 7 ya. Vayamos al principio. Hay que ser muy especial para dejar a Thiago en el banquillo. Lo hizo Klopp, como ofreciéndole al Madrid una sesión de hardcore en el mediocampo. Pero el Madrid tiene una virtud. Sube y baja durante la temporada, es muy guadiana, pero sabe volver al punto exacto donde dejó la Champions. Se tiene cogido ese puntito. Y volvió como acabó contra el Atalanta: con una seriedad perfecta. Así que se aprestó para cinco minutos de presión frenética y embridó el problema. Durante ese rato, hacer una jugada era como cruzar una avenida en hora punta. Era como si hubieran echado una pelota en el recreo de un internado. Bullía el partido como una olla de garbanzos, pero poco a poco fue bajando el suflé sin que el Madrid hubiera sufrido. En el minuto diez ya se veían los posos del café del partido. Sobre el fragor general destacaba el temple distinto de Benzema o Kroos. Lo que ellos tenían, eso que ellos tienen, no lo tenía el Liverpool. Y aparecía Vinicius, que siempre es el descorchador de los partidos. Descorchador y un poco sumiller, pues presenta el aroma que tendrá el partido. En el minuto 11, ya controló a la carrera un pase larguísimo de Courtois; en el 12 remató un pase de Mendy… Sobre el piano del partido empezaba a sonar el metrónomo de Kroos que miraba con su catalejo el norte que abría Vinicius con su velocidad, con su ‘vinicidad’, pues no solo era velocidad, eran toques, controles, y apariciones en el área, como si hubiera ya perdido la timidez en la zona erógena. ¡Se vio al hombre obrar! ¡Se acabaron los temblores! Vinicius es el astro que expande con su velocidad al Madrid, que le da siempre vida, mar que navegar. ¡Sobre su imperio no se pone Vinicius! No es extremo, es circunvolución. Efectivamente, Kroos y Vinicius, ebony and ivory, alfa y omega, por los dos llegó el primer gol del Madrid. Minuto 27: un pase absurdo, teatral, de una elegancia antiguo régimen, que Kroos hizo volar sobre toda la ingenuidad del Liverpool, lo bajó Vinicius con su pecho, pero no lo bajó solamente, lo orientó y lo refrenó, lo domó en su torso como a un amante exhausto, ¡pero también tiene pectorales Vinicius! Y luego, para más inri en la sorpresa, batió a Alisson sin titubeos. Vini, vidi, vici. Tuvo alguna otra ocasión después. Los pases largos de Kroos y la velocidad de Vinicius, voraz, alegre y retumbante, destrozaban al Liverpool y le hacían pagar su orgullo táctico. Le dejaba espacios al Madrid como si el Madrid fuera el Newcastle y el Madrid cometió salvajadas a la espalda de sus defensas. En el 36, otro pase del manantial de Kroos lo rifó Alexander-Arnold, en horas bajísimas, para que Asensio, burla burlando, marcara con un doble toque de su zurda sobre el portero Alisson. El gol confirmaba la racha de Asensio y daba la razón a Zidane, que ha confiado en él con sabiduría y más paciencia que nadie. Ahí se vuelve a ver su iluminada cabezonería cabileña. El Liverpool estaba siendo almodovariano en Madrid, por aquello de correr como vaca sin cencerro, y Klopp retiró a Keita por Thiago en el 42, reconocía el error y mostraba una crueldad que siempre se le supuso bajo la gorra de vendedor de pressings. Tras el descanso, Klopp debió de pensar que para medio pelo, ninguno, y adelantó aún más al autolesivo Alexander-Arnold. Más espacios habría, pero la valentía le salió bien y el Madrid se partió instantes antes del gol de Salah en el 51. El primer chut inauguraba la debilidad local. La fractura en la media del Madrid se siguió viendo durante un rato. El síntoma persistía, como si se resentiese también ante la verticalidad del otro. Con una sola acción, el Liverpool pasaba de un preludio de drama a disfrutar de un resultado objetivamente bueno. Ese vaivén anímico el Madrid lo padeció y trató de reponerse con sucesiones de toques, triangulaciones que sonaban como intentos por volver a arrancar el automóvil. En el 60 ya tuvo una ocasión: tiro de Kroos tras larga jugada. Se vio ahí la quijada dura del Madrid, su capacidad de veterano para encajar. Se fue reponiendo al gol. Primero fue una contra que malgastó Asesio, y luego Vinicius, que marcó rematando de primeras en el área tras un pase de Modric. Vinicius ya había liderado contra el Atalanta y volvía a hacerlo contra el Liverpool. Además el partido estaba para él: espacios, praderas, latifundios de ilusión cada vez que se escapaba un balón de los ‘reds’. ¡Nuestra libertad ha sido Vinicius! Pero ya es otro Vinicius, un Vinicius sutil, con sensibilidad en la yema de los dedos que estaba, por fin, ocupando su sitio en la élite del futbol. Ganando partidos importantísimos. El Madrid podía protegerse con un 4-4-2. Ahí estaba Valverde, mirando el campo con ojos hambrientos y prometedores. Lo muchísimo que había corrido Vinicius parecía que no lo había corrido porque todo en él se hace alegre, ligero, sonriente, y parece que no significa nada. Sin embargo, qué difícil es encontrar esa cualidad suya de ser siempre flecha directa al flanco del rival. Kroos, que en un año de grúas es la gran grúa directora del Madrid, modificaba el acarreo. Se notaba ahora el buen juicio, la prudencia. En los minutos que quedaban estaba la eliminatoria. El Madrid ya se lo miraba de otra forma y tenía muchos pulmones congregados. El Liverpool, aunque mejorado por Thiago, no creaba peligro y el Madrid dejaba de partirse. En esos minutos lo hacía todo de una forma que quizás sea lo más reconocible del Madrid actual, lo que recordaremos: un juego experto, prudente y a la vez ácido, intencionado, como si en sus jugadas se acumulara un saber de décadas. No es un Madrid de furias ya, ni de épicas, sino un Madrid de oficio, goteante, que toca mucho, pero sin adornos, sin retórica, que se mide tanto como mide al rival, como si llevara un contador de los pasos que le quedan. En este Madrid avejentado que ha estirado Zidane (y Vinicius de otra forma en el campo, dándole nuevo aliento) respira el Madrid intemporal, se da la mano con el de las últimas Copa de Europa, y se ve claro que todo lo demás es filfa, paja, y que el Madrid real es el de estas noches en las que Modric, Kroos y compañía se exprimen, escalando otra vez (¡otra vez!) la 'Copauropa'. Así, por tanto, los de Zidane dominaron el partido con una veteranía llamativa. Otro partido, por cierto, para Lucas y Nacho, pareja que parece citar (y vengar) a los García, generaciones de madridismo ibérico. Solo les faltó jugar con bigote. No inquietó el Liverpool y el Madrid se lleva un justo 3-1 a la vuelta. Las semifinales ya se divisan. Le bastará con ser el Madrid.
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