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Regalo navideño del Madrid

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El Madrid patina al terminar el año y remata su buena racha de victorias con un empate doloso en Elche. Doloso de delito. En la segunda parte no estuvo y no supo Zidane rescatarlo de su limbo. El resultado es un regalo que sus rivales no esperaban. O quizás sí, porque es propio de este Madrid devolverse al campeonato cuando le dan por muerto (Sevilla) para administrar luego a capricho la fuga de puntos.


Iba a ser uno de esos partidos en los que a Kroos se le dice teutón porque no se sabe qué decir. Más estabilidad en el Madrid, con la vuelta un poco navideña de Marcelo, y disciplina en el Elche (qué si no) con su 4-1-4-1 en «bloque bajo», que es como ahora se llama al autobús, desmetaforizado el fútbol y aburrido de jerga táctica.


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El Madrid salió como en sus últimos partidos, con una virtuosa línea de dinamismo y fluidez a la que acompañaba la pujante, y hasta un poco agresiva, insistencia en recuperar la pelota perdida. Los partidos así no tienen emoción posible. Si se domina la pelota y además se recupera la segunda jugada, o segunda pelota, ¿qué le queda al rival? Balones a Boyé, al estupendo Boyé, para que parara, templara, esperara y asistiera, demasiadas tareas juntas para el nueve del equipo. El Elche tenía hasta entonces problemas dramáticos para marcar.


El Madrid llegaba poco, pero con cierta agilidad: Kroos remató en el 2 pisando el área, y Marcelo al palo con una volea tras dejada de Casemiro.


Hubo algo de emoción o intriga en el partido cuando Rigoni descubrió la espalda larguísima de Marcelo allá por el minuto 16. No tuvo consecuencias, pero trajo muchos recuerdos.


El Madrid la tenía, la poseía, que dicho así suena hasta machista, y Asensio, otra vez, como ante el Granada, hizo de alquimista y transformó la materia innoble en pepita de oro con un trallazo lejano que dio al larguero tras toque de Badía. El rechace lo remató de cabeza Modric impulsándose como un pequeño hombre-bala hacia la pelota. El gol era mérito de Asensio, su larguero operó como asistencia, pero Asensio asomó para volverse a esconder.


El Madrid, que había buscado los desarrollos por la ultramar constante de la banda derecha, dio muestras de renacimiento por donde Marcelo y Asensio. Sus zurdas parecían estar de vuelta, pero fue un espejismo en el oasis datilero ilicitano.


El partido afrontó una fase más bien tediosa, sin cambios claros de tendencia, que pudo ser animada por el árbitro, Figueroa Vázquez, cuando pitó un penalti inexistente a favor del Madrid. Sufrió un efecto óptico y el VAR le sacó del error.


En los últimos minutos de la segunda parte, el Elche se estiró por la zona de Marcelo. Rigoni otra vez, y por dos ocasiones, se asomó al mirador del área pero no llegó a ser peligroso por cierto encandilamiento. La impresión era que lo tenían que hacer todo Boyé y Fidel, que se buscaban mutuamente desde distancias muy lejanas.


El partido llegó al descanso sin inmutar el silencio de las palmeras, esos fuegos artificiales de la naturaleza. Eran mucho más divertidas de mirar que el espectáculo tedioso de la posesión presionando al modesto bloque-bajo.


El partido seguía vivo y el Madrid podía ser víctima de ese tedio. En un balón parado, que es donde está el diablo, se armó el belén en el 52. Figueroa Vázquez ya había demostrado ser árbitro pitañero y un agarrón de Carvajal a Barragán, como hay cientos, lo tuvo por penalti. Marcó Fidel.


Lo cierto es que la agresividad del Madrid había decaído y tenía que volver a meterse en el partido. Como Al Pacino: cuando ya estaba fuera, le volvían a involucrar. ¡Pero había poquitas ganas!


Y el Elche ya no era el mismo. Ahora se lo creía y Boyé daba un tiro al palo (alrededor del minuto 60) tras una gran jugada de nueve neoclásico.


El Madrid no estaba cómodo. En los forcejeos defensivos se ganaba amarillas y los ataques le quedaban imprecisos. Badía le paró muy bien una gran ocasión a Carvajal, luego otra a Ramos. Gran portero y un gran nueve, el Elche tenía argumentos.



Zidane no había sacado nada de su magín, cuando era evidente que algo le faltaba al Madrid. Fue en el minuto 77 cuando entraron Valverde y Hazard.


El Madrid acogotó más al Elche, se metió en campo ajeno, y la tuvo más (por Modric), pero sin claridad. No se veían huecos, ni se veía quién podría regatear o intentarlo. Vinicius estaba pasando frío en la grada. Entró en el 86, quizás un poco tarde. Zidane estaba fallando en su obligación de darle al Madrid un electrochoque a tiempo.


Se volcó en el área del Elche y antes del 90 hubo un pase milimétrico de Modric que no remató Benzema. Quedaban las postrimerías, el fin de los tiempos reglamentarios (Ramos subía con su barba profética), pero aún tuvo que parar Courtois un tiro de Verdú. El Madrid no regresó nunca del descanso. En Elche le deja una corbata (por supuesto negra) y un frasquito de Yacaré de regalo navideño a Simeone.

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