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El Madrid desaparece en Mestalla

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Zidane consiguió una defensa seria con la que sobreponerse a la falta de gol. Ese pequeño gran logro se ha esfumado: el Madrid es la verbena de la Paloma y deja avenidas a todos los rivales. El Valencia lo aprovechó y lo hizo, por cierto, marcando tres goles con aclaración del VAR, ese instrumento que hace unos meses era tan polémico y madridista. Tres «vares» como tres soles de la meseta.





Si al Madrid ya le cuesta ser el Madrid, sin Casemiro la cosa se le pone muy difícil. Es el jugador más importante del equipo junto a Ramos. Sin él, y sin suplente para él, una de esas cabezonadas remanentes del viejo florentinismo, el Madrid salió con un 4-2-3-1 atacante que era 4-4-2 defensivo. Decir esto es casi como no decir nada.


Mestalla reducido a su acústica. Hasta el Madrid tuvo que echar de menos la tradicional iracundia de la grada, esa impaciencia tan característica.


Sin el calor del público, pero con la arquitectura de un estadio clásico, el partido evolucionó por zonas de blandura. El Madrid encontraba espacios y posibilidades. Hubo un chut de Modric y un par de intentos de centro de Marcelo, que no conseguía levantar la pelota.


El Valencia tenía a Gayà por gran argumento. Pases largos que exigían la ayuda de Asensio. Eso fue lo mejor que hizo Asensio: ayudar a Lucas.


Jugaba Vinicius, pero apenas se notaba. Tras conocer las palabras de Benzema sobre él, lo que se piensa ahora no es qué inventará Vinicius, sino: ¿le gustará a Benzema? Esto es muy grave. Es un jugador al que han entristecido, al que han metido en unos esquemas de juego que, ahora lo vemos, son el dominio intelectual de Benzema. Es que Benzema no es el delantero del Madrid, es el intelectual y director de su ataque. Se veía en Mestalla. Como el Valencia no presionaba mucho, podía dar sus toques con Marcelo, con Isco, sus entre-nosotros-nos-entendemos, cayendo todos por esa banda que era la de Vinicius, un menor entre adultos que se pasan el tabaco.


De ese juego de adultos salió un tuyamía en la banda izquierda tras el que Benzema cogitó un disparo lejano que batió a Doménech, ayudado por el rebote en

un defensa.


En ese momento el Madrid pudo haberse adueñado del partido, pero no lo hizo. No quiso. Se desvaneció. El Valencia siguió con su monotema, los pases a
Gayá, que consiguió un penalti por manos de Lucas
, tras saltar como si estuviera bailando una muñeira. Lanzó Soler, lo paró Courtois, luego Soler la mandó al palo y marcó Muzah, pero habiendo entrado en el área demasiado pronto hubo que repetirlo. Esto se cuenta muy rápido, pero llevo casi diez minutos. Los jugadores del Valencia protestaron al anularse el gol, pero habían estado callados durante los minutos de dilucidación. Lo inteligente hubiera sido protestar antes, eso que fue una de las revoluciones del cruyffismo: la presión arbitral preventiva, apabullar entre todos al árbitro antes, no después.


El caso es que Soler repitió el penalti y lo marcó. Su noche empezó mal, pero acabó llevándose el balón y encargando un marco para la camiseta.


El Valencia se creció un poco, aunque el partido no cambió demasiado. Ahora apenas hay faltas. Sin público sobran las tarjetas.



El Madrid cayó en un coma autoinducido. En el triángulo entre Marcelo, Isco y Benzema se hacía exfútbol. Verlo generaba ansiedad. Tanta suavidad alcanzó el Madrid, tanto tedio de sí mismo, que el Valencia incluso atacó por la derecha: primera llegada y
balón al nueve que aturulla a Varane para el autogol
. Por menos Spasic entró en el Romancero. Hubo que recurrir al Var para validarlo, aunque estaba claro.


El gol vino precedido por una pérdida que Asensio protestó como falta, sin mucha razón. Se quedó allí lamentándose. Mal Asensio, que más que Asensio es ya Disensio.


Cualquier cosa escrita sobre el Madrid en el minuto 40 puede ser utilizada en tu contra en el minuto 93, pero su actitud era improcedente. Han conseguido hacer un fútbol que camufla el escaqueo: cositas incriticables de Modric y berrinches legendarios al final, pero es fútbol atroz y absentista.


El partido tenía dos goles vía VAR y
se le añadió un penalti en el 50 tras nueva diablura de Gayà
, elemento definitivamente incontrolado. Soler volvió a marcar, esta vez sin susto.


Por supuesto, Gayá siguió haciendo lo que quiso por su banda, y el Madrid afrontó otro partido cuesta arriba dejando espacios temerarios a los contragolpes locales. En uno de ellos, Ramos, cuya barba adquiere la reminiscencia fantástica de George R. R. Martin,
cometió penalti que se señaló tras nueva fiscalización del VAR
. Soler marcó el 4-1, su tercero.


Su hat-trick certificaba que el Madrid, que gol no tenía, tampoco tiene defensa.



A partir de ahí se dedicó a hacer benzemismos. Pases que ruegan al otro el movimiento con la mirada, triangulaciones más vistas que la Charito, ardor de última hora, cosas supuestamente ofensivas hechas con la prisa de quien llega tarde.


No tiene sentido lo que pasa en el campo. Ganen o pierdan, no pasa nada. La orbitación de Isco resume la cuestión. La Nada espacial. Un Barrilete Cósmico surcando el vacío primordial. Ya no hay broncas, ni derecho a darlas. «Los jugadores no se merecen esto», dijo Zidane tras una de las últimas derrotas. Es verdad, no se lo merecen. Qué ingratitud del forofo y el plumilla. Qué falta de generosidad con quienes tanto han dado...


Salió Mariano, luego Jovic, pero no pasó nada. ¿Qué iba a pasar? Habría que mirar el acta arbitral para saber si el Madrid pasó realmente por Mestalla.

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