Recital de De Bruyne en el Bernabéu
Antes del partido se hablaba de la mística europea del Madrid, pero poco de que en los últimos nueve partidos europeos en casa había ganado solo tres. Esa era la letra pequeña de las cosas, sepultada bajo la catarata de tópicos y/o propaganda habitual en el entorno madridista. El resultado fue otra exhibición de juego del odiado Guardiola, y una peligrosa aproximación de Zidane a la «quincena Solari». Perderlo todo en dos semanas de realismo crudo.
Los dos entrenadores querían recordarnos que, cada uno a su manera, son genios del fútbol. ¿Que el City es flojo a balón parado? Kroos en el banquillo. Guardiola dejaba a Fernandinho y sobre todo a Sterling, Agüero y Silva. En el Madrid se veía más que nada la voluntad de disputar la posesión con Isco; en el City un planteamiento más original: salía como un 4-4-2 que se hacía 4-2-4 con Mahrez muy abierto a la derecha, Gabriel Jesús a la izquierda, y Bernardo Silva y De Bruyne arriba, como falsos delanteros en una especie de ascensor entre la planta del mediocampo y la del ataque. Además de eso, un medio repliegue y momentos de presión que hicieron que el Madrid llegara por vez primera en el minuto 12 con una internada de Vinicius. La brújula táctica del Madrid era Isco, que iba de abajo a arriba como de Bruyne pero de otra forma algo más personalista y menos concreta.
El partido era de una prudencia simétrica, parecía eso una mesa de diálogo, pero en el City se precocinaba un espacio arriba, se preparaba una sorpresa con De Bruyne allí, agazapado y tramando.
En el 21 llegó lo que se presentía. Recibió en la mediapunta y metió un pase avieso a Gabriel Jesús al espacio entre Varane y Carvajal, que es como el ángulo muerto del conductor. Courtois paró con mérito.
Ahí apareció la congoja, de la que el Madrid siempre intenta salir igual: con carreras de Vinicius.
Pep se movía mucho en la banda, lo dirigía todo maniáticamente. En la banda es como Simeone pero con estilo, con otra aceptación de la calvicie.
En el juego congestionado y presionante de los dos había una sensación distinta. En el City se buscaba un ¡pof! El surgimiento mecánico y pensado de un espacio, mientras en el Madrid había una sensación de estatismo, fiado todo a la reumática inventiva de Benzema y al entusiasmo deshilachado de Vinicius.
Guardiola había concebido el equipo para que desembocara en algo muy puntual, en la llegada desde fuera de Gabriel Jesús, que ya metía en apuros a Carvajal. Una posesión larga mancuniana terminó también en ocasión de De Bruyne.
Ahí el partido cambió un poco para el Madrid. Un instante de optimismo, como una alteración de la hegemonía. En el 29 tuvo la gran ocasión en un fallo clamoroso de Vinicius, y después se lesionó Laporte, bien sustituido por Fernandinho, que no la sacaría peor.
Pasado ese tramo, las cartas estaban boca arriba. El mecanismo del City empezaba a verse claro: un sistema relojero para que De Bruyne habilitara un espacio sorprendente a Gabriel Jesús. Pero, a la vez, en el Madrid se empezaban a notar pérdidas, desgastes, y Valverde topaba con Benzema, es decir, lo nuevo se daba con lo viejo. Había un «solarismo» un poco aciago en la desesperación de que toda la sorpresa fuera Vinicius, progresivamente encajonado.
La primera parte terminó con una gran ocasión de Gabriel Jesús tras un córner (salvó Casemiro). El City tenía la pelota queriendo más sorprender por fuera que imponerse por dentro, y el Madrid la perseguía sin pretenderla del todo, como si ambos realizasen un ejercicio táctico.
Al volver del descanso, tercera gran ocasión del City: De Bruyne, de nuevo, condujo una contra para el tiro anguloso de Mahrez.
Cuando pasaba cualquier cosa, Guardiola le daba instrucciones nerviosas al que estuviese más lejos. Zidane miraba con su aire de santón impasible. Dos estilos se hacían de repente fácilmente comparables.
De Bruyne jugaba a la vez por delante, por detrás y por arriba de sus compañeros, como supervisándolos y Mahrez tenía otras dos ocasiones, una de ellas un claro mano a mano que sacó Courtois.
El Madrid quería responder con un intento de presión arriba espoleada por el ardor experto del público y, cuando peor parecía su juego, Isco aprovechó un fallo de Otamendi, se apoyó en Vinicius, asistente, y remató a Ederson. Ahí estaba la apuesta de Zidane, aportando el gol que parecía imposible.
El City subió y metió a Jesús en su sitio de delantero. El Madrid tendría a partir de ahí ocasión para el contragolpe. Isco brilló, Valverde empujó y Ramos pudo marcar el segundo.
Y cuando mejor debía estar el Madrid, una posesión azul la sublimó De Bruyne genialmente en un pase a Gabriel Jesús que, pequeño como es y a la espalda de Ramos, no falló.
La exhibición del napoleónico De Bruyne siguió, y lo siguiente fue dar un pase director a Sterling, que forzó el penalti. Lo marcó De Bruyne. Y mientras lo celebraban, Pep aturdía a Gabriel Jesús con nuevas instrucciones y ese gesto suyo como de esquiador estático. Zidane, con las manos en los bolsillos como un portero de finca, metía a Lucas Vázquez.
Lo que llegó fue un destrozo controlado. Una voladura a medio ejecutar. Gabriel Jesús, yéndose solo de nuevo a por Courtois, forzó la roja de Ramos. Esto, a cinco minutos del final, abortaba cualquier espasmo épico. Algo que, bien mirado, casi había que agradecer.
Los dos entrenadores querían recordarnos que, cada uno a su manera, son genios del fútbol. ¿Que el City es flojo a balón parado? Kroos en el banquillo. Guardiola dejaba a Fernandinho y sobre todo a Sterling, Agüero y Silva. En el Madrid se veía más que nada la voluntad de disputar la posesión con Isco; en el City un planteamiento más original: salía como un 4-4-2 que se hacía 4-2-4 con Mahrez muy abierto a la derecha, Gabriel Jesús a la izquierda, y Bernardo Silva y De Bruyne arriba, como falsos delanteros en una especie de ascensor entre la planta del mediocampo y la del ataque. Además de eso, un medio repliegue y momentos de presión que hicieron que el Madrid llegara por vez primera en el minuto 12 con una internada de Vinicius. La brújula táctica del Madrid era Isco, que iba de abajo a arriba como de Bruyne pero de otra forma algo más personalista y menos concreta.
El partido era de una prudencia simétrica, parecía eso una mesa de diálogo, pero en el City se precocinaba un espacio arriba, se preparaba una sorpresa con De Bruyne allí, agazapado y tramando.
En el 21 llegó lo que se presentía. Recibió en la mediapunta y metió un pase avieso a Gabriel Jesús al espacio entre Varane y Carvajal, que es como el ángulo muerto del conductor. Courtois paró con mérito.
Ahí apareció la congoja, de la que el Madrid siempre intenta salir igual: con carreras de Vinicius.
Pep se movía mucho en la banda, lo dirigía todo maniáticamente. En la banda es como Simeone pero con estilo, con otra aceptación de la calvicie.
En el juego congestionado y presionante de los dos había una sensación distinta. En el City se buscaba un ¡pof! El surgimiento mecánico y pensado de un espacio, mientras en el Madrid había una sensación de estatismo, fiado todo a la reumática inventiva de Benzema y al entusiasmo deshilachado de Vinicius.
Guardiola había concebido el equipo para que desembocara en algo muy puntual, en la llegada desde fuera de Gabriel Jesús, que ya metía en apuros a Carvajal. Una posesión larga mancuniana terminó también en ocasión de De Bruyne.
Ahí el partido cambió un poco para el Madrid. Un instante de optimismo, como una alteración de la hegemonía. En el 29 tuvo la gran ocasión en un fallo clamoroso de Vinicius, y después se lesionó Laporte, bien sustituido por Fernandinho, que no la sacaría peor.
Pasado ese tramo, las cartas estaban boca arriba. El mecanismo del City empezaba a verse claro: un sistema relojero para que De Bruyne habilitara un espacio sorprendente a Gabriel Jesús. Pero, a la vez, en el Madrid se empezaban a notar pérdidas, desgastes, y Valverde topaba con Benzema, es decir, lo nuevo se daba con lo viejo. Había un «solarismo» un poco aciago en la desesperación de que toda la sorpresa fuera Vinicius, progresivamente encajonado.
La primera parte terminó con una gran ocasión de Gabriel Jesús tras un córner (salvó Casemiro). El City tenía la pelota queriendo más sorprender por fuera que imponerse por dentro, y el Madrid la perseguía sin pretenderla del todo, como si ambos realizasen un ejercicio táctico.
Al volver del descanso, tercera gran ocasión del City: De Bruyne, de nuevo, condujo una contra para el tiro anguloso de Mahrez.
Cuando pasaba cualquier cosa, Guardiola le daba instrucciones nerviosas al que estuviese más lejos. Zidane miraba con su aire de santón impasible. Dos estilos se hacían de repente fácilmente comparables.
De Bruyne jugaba a la vez por delante, por detrás y por arriba de sus compañeros, como supervisándolos y Mahrez tenía otras dos ocasiones, una de ellas un claro mano a mano que sacó Courtois.
El Madrid quería responder con un intento de presión arriba espoleada por el ardor experto del público y, cuando peor parecía su juego, Isco aprovechó un fallo de Otamendi, se apoyó en Vinicius, asistente, y remató a Ederson. Ahí estaba la apuesta de Zidane, aportando el gol que parecía imposible.
El City subió y metió a Jesús en su sitio de delantero. El Madrid tendría a partir de ahí ocasión para el contragolpe. Isco brilló, Valverde empujó y Ramos pudo marcar el segundo.
Y cuando mejor debía estar el Madrid, una posesión azul la sublimó De Bruyne genialmente en un pase a Gabriel Jesús que, pequeño como es y a la espalda de Ramos, no falló.
La exhibición del napoleónico De Bruyne siguió, y lo siguiente fue dar un pase director a Sterling, que forzó el penalti. Lo marcó De Bruyne. Y mientras lo celebraban, Pep aturdía a Gabriel Jesús con nuevas instrucciones y ese gesto suyo como de esquiador estático. Zidane, con las manos en los bolsillos como un portero de finca, metía a Lucas Vázquez.
Lo que llegó fue un destrozo controlado. Una voladura a medio ejecutar. Gabriel Jesús, yéndose solo de nuevo a por Courtois, forzó la roja de Ramos. Esto, a cinco minutos del final, abortaba cualquier espasmo épico. Algo que, bien mirado, casi había que agradecer.

