Un gol y sofocos para el Atlético
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El Atlético vive en algo parecido al agobio. Palidece a la mínima el equipo que hasta hace nada era granito puro. Una victoria con sofoco ante el Granada, un rival que no le exigió más allá de lo necesario. Cualquier otro enemigo más consistente hubiese extraído una victoria. El gol de Correa y un comienzo prometedor no trajeron la lucidez.
El Granada se ha debilitado con el elogio, los fastos de la Copa, esa semifinal con visiones de grandeza, y concede un regalo al Atlético apenas pone el pie en el Wanda. Los dos centrales se estorban en una escena casi cómica de un saque de banda sin aparente peligro y el balón acaba, sutil por una vez, en el empeine de Correa. El Atlético, que vive el curso entre sobresaltos varios, ofuscaciones de identidad y ahogos respecto al gol, se encuentra con un caramelo que el argentino transforma en gol. Es el antiguo espíritu rojiblanco: condenar cada error del adversario.
Durante muchos minutos, la parroquia del Wanda se frota los ojos porque su equipo revive y evoca lo que fue. Ardor puro, sentido de la anticipación, velocidad individual y colectiva, presión, recuperaciones inmediatas, un ritmo muy alto y profundidad con el balón en los pies. Es el Atlético de las dos finales de la Champions, el que ganó la Liga en el Campo Nou, el de los títulos de Europa League o la Copa en el Bernabéu. Vitolo, el compadre de Correa en el ataque, casi apuntala ese ánimo coral con un derechazo intencionado.
Koke ha reaparecido en un simulacro de mediapunta, como un avanzado en defensa de balonmano. Y el experimento le funciona a Simeone porque el capitán presiona, juega y hace jugar. Pero el fluido vaporoso y excitante dura media hora.
El Granada, con el brío guerrero de Soldado a la cabeza, propone un juego más físico. Y el Atlético vuelve poco a poco al barro, a la sucesión de cabezazos, choques, tarjetas amarillas y ronchas de piel por el césped. El espíritu alunicero que descarta la precisión en el pase o la clarividencia en la combinación. Ya no hay espacio para el talento o la creatividad. De nuevo vuelve a tener el equipo rojiblanco una traba con la pelota en los pies. La lucidez le ha durado muy poco al Atlético, que se refugia perpetuo en el pase atrás. Tampoco Thomas aclara las ideas. Demasiado titubeante, contribuye al barullo. Es indiscutible para el Cholo, pero es indudable que su rendimiento ha decaído durante el invierno.
El Granada no muestra un contenido potable para generar problemas a Oblak, pero el paso de los alimentos arrastra al Atlético al panorama conocido. Encerrado cada vez más atrás, echando de menos a Felipe, sin procesar las jugadas, tembloroso con el balón, frágil en defensa, ese error de Hermoso, lentitud de Savic...
Saúl no cobra pieza en un buen contragolpe de Correa y el Wanda se prepara para otra sesión de penurias. Soldado asoma amenazante, captura un remate inverosímil y obtiene la réplica majestuosa de Oblak, una noche más el futbolista determinante del Atlético.
Los murmullos se convierten en pitos porque el Atlético no juega el balón, se lo quita de encima. El Atlético no llega al padecimiento porque el Granada no es concluyente. Lo de Soldado son artimañas de veterano. El presunto dominio no llega al grado de acoso y el Atlético salva como puede otra noche de sofocos.
El Granada se ha debilitado con el elogio, los fastos de la Copa, esa semifinal con visiones de grandeza, y concede un regalo al Atlético apenas pone el pie en el Wanda. Los dos centrales se estorban en una escena casi cómica de un saque de banda sin aparente peligro y el balón acaba, sutil por una vez, en el empeine de Correa. El Atlético, que vive el curso entre sobresaltos varios, ofuscaciones de identidad y ahogos respecto al gol, se encuentra con un caramelo que el argentino transforma en gol. Es el antiguo espíritu rojiblanco: condenar cada error del adversario.
Durante muchos minutos, la parroquia del Wanda se frota los ojos porque su equipo revive y evoca lo que fue. Ardor puro, sentido de la anticipación, velocidad individual y colectiva, presión, recuperaciones inmediatas, un ritmo muy alto y profundidad con el balón en los pies. Es el Atlético de las dos finales de la Champions, el que ganó la Liga en el Campo Nou, el de los títulos de Europa League o la Copa en el Bernabéu. Vitolo, el compadre de Correa en el ataque, casi apuntala ese ánimo coral con un derechazo intencionado.
Koke ha reaparecido en un simulacro de mediapunta, como un avanzado en defensa de balonmano. Y el experimento le funciona a Simeone porque el capitán presiona, juega y hace jugar. Pero el fluido vaporoso y excitante dura media hora.
El Granada, con el brío guerrero de Soldado a la cabeza, propone un juego más físico. Y el Atlético vuelve poco a poco al barro, a la sucesión de cabezazos, choques, tarjetas amarillas y ronchas de piel por el césped. El espíritu alunicero que descarta la precisión en el pase o la clarividencia en la combinación. Ya no hay espacio para el talento o la creatividad. De nuevo vuelve a tener el equipo rojiblanco una traba con la pelota en los pies. La lucidez le ha durado muy poco al Atlético, que se refugia perpetuo en el pase atrás. Tampoco Thomas aclara las ideas. Demasiado titubeante, contribuye al barullo. Es indiscutible para el Cholo, pero es indudable que su rendimiento ha decaído durante el invierno.
El Granada no muestra un contenido potable para generar problemas a Oblak, pero el paso de los alimentos arrastra al Atlético al panorama conocido. Encerrado cada vez más atrás, echando de menos a Felipe, sin procesar las jugadas, tembloroso con el balón, frágil en defensa, ese error de Hermoso, lentitud de Savic...
Saúl no cobra pieza en un buen contragolpe de Correa y el Wanda se prepara para otra sesión de penurias. Soldado asoma amenazante, captura un remate inverosímil y obtiene la réplica majestuosa de Oblak, una noche más el futbolista determinante del Atlético.
Los murmullos se convierten en pitos porque el Atlético no juega el balón, se lo quita de encima. El Atlético no llega al padecimiento porque el Granada no es concluyente. Lo de Soldado son artimañas de veterano. El presunto dominio no llega al grado de acoso y el Atlético salva como puede otra noche de sofocos.

