Djokovic alcanza la final en Australia tras someter a Federer
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Novak Djokovic accede a la final del Abierto de Australia tras superar a un aguerrido Roger Federer, que presionó a su rival todo lo que pudo, y pudo mucho, pero que acabó aceptando que el desgaste acumulado, tanto físico como mental, no era suficiente para llegar con garantías a un reto mayúsculo como es siempre Djokovic. Sin embargo, dejó todo de sí, ovacionado al salir porque la batalla presentada fue de kilates. Es el serbio quien alcanza otra final, y su mirada de hambre ya mira a su octavo título en Melbourne, que llevaría de regalo destronar a Rafael Nadal del número 1.
Conocidos hasta la saciedad, capítulo 50 de una rivalidad extraordinaria, Novak Djokovic y Roger Federer regalaron un inicio de partido demoledor, tenis directo y sin titubeos, cuatro juegos en veinte minutos, peleados hasta las opciones de break, hasta las ventajas, hasta las roturas. Tres de cuatro. Y en contra de lo que los pronósticos, los desgastes y el cansancio acumulado, fue Federer quien dio el primer paso al frente. El suizo, consciente de que el cuerpo le pide calma, reposo y acortar los tiempos, se adelantó en la pista y sacó los latigazos para que el partido fuera una batalla a cañonazos: rápido, contundente, feroz.
Pero Djokovic, en este torneo que ha conquistado siete veces, llegaba con la capa de superioridad prendida del cuello. A pesar del arreón del suizo, veinte golpes ganadores, el número 2 del mundo se defendió como siempre, con respuestas más potentes incluso que las preguntas y ese mordiente que lo hace peligroso siempre, en todas las circunstancias, en todas las superficies, incluso con el mejor Federer. O quizá precisamente por eso, porque la exigencia del suizo lo hirió con dos breaks insospechados, se levantó atacando las dudas a base de revesazos, con paciencia. A Federer se le escurrió el primer set con 5-4 y saque, y Djokovic resopló, tomó aire y llenó los pulmones para asestar su golpe.
Porque la velocidad de piernas y de latigazos que impuso el de Basilea no rentó lo suficiente para poner la ventaja necesaria en el marcador; y las fuerzas fueron decayendo, mermada su efectividad conforme se cargaba de cansancio, confirmando lo que se presagiaba antes de empezar: demasiadas horas en pista, jugando con el alambre (contra Millman a cinco sets, otros cinco y con siete bolas de partido en contra ante Sandgren), molestias en la ingle, para llegar a la batalla con Djokovic con el nivel suficiente para sobrevivir al mayor de los retos del tenis en superficie rápida, y en Australia. Todavía el suizo tuvo arrestos para levantar un 15-40 con 5-5, pero no encontró más depósito y el serbio recuperó su magnífico revés en el tie break para impulsarse hasta la final en Melbourne.
A Federer, delatado por los gestos, tuvo su momento de ralentí al inicio del segundo set, desaprovechadas tantas ocasiones en la primera manga, con siete breaks y un servicio a su favor para cerrar el set; pero notó que su rival tampoco andaba tan fino como en otras ocasiones. Se había levantado de un 2-5 para llevarse el primer parcial, pero su lenguaje no verbal, también llamativo siempre, ofreció al suizo un cierto matiz de vulnerabilidad que quiso aprovechar hasta el final.
Pero el ánimo le duró poco, atascado de nuevo con su servicio cuando la situación se puso comprometida, cedió su único break con 4-5, golpe de moral y autoridad para Djokovic que completó el segundo set con una defensa propia del serbio y una dejada cruzada que dejó cabizbajo al suizo. Otra oportunidad perdida de aguantar en el encuentro un poco más y esperar a un golpe de efecto de su muñeca que se desvanecía por errores con su casi siempre fiable saque. El rugido del dos del mundo no solo remarcó su alivio, sobre todo simbolizó su resurgir. Ya no se le iba a escapar el billete para la final, a pesar de la entrega de Federer.
Porque la montaña ya fue imposible de escalar para el de Basilea. Por su propio desgaste físico y emocional, y porque Djokovic andaba crecido después del sujetarse con pinzas en el primer parcial, y presionó a Federer a las líneas, al fondo, alargando los puntos, sin dejarle capacidad de moverse bien sobre la pelota para golpear con comodidad. El suizo compareció como pudo en la tercera manga, evidentes su signos de que correr no podía mucho pero que se iba a ir de Australia dejando hasta el último esfuerzo. «Caer con estilo», como él mismo comentó en su encuentro contra Sandgren. Regaló esos destellos de clase que quedarán perpetuos en la historia del tenis como una marca única, pero herido en la moral y el cuerpo utilizó su saque para aguantar en el encuentro un poco más.
Al sexto juego, el zarpazo de Djokovic al resto fue definitivo. Aun sin sus mejores galas, el serbio anunció su firme candidatura al título. Levantó un 0-30 para sellar el 5-2 y Federer se despidió con un juego más a su favor. Orgullo en el de Basilea, en otra semifinal de un Grand Slam, pero con las espinas de las oportunidades desaprovechadas otra vez contra Djokovic. Que mira ya de cerca su octavo título en Australia. Solo Alexander Zverev o Dominic Thiem se interponen en su camino.
Conocidos hasta la saciedad, capítulo 50 de una rivalidad extraordinaria, Novak Djokovic y Roger Federer regalaron un inicio de partido demoledor, tenis directo y sin titubeos, cuatro juegos en veinte minutos, peleados hasta las opciones de break, hasta las ventajas, hasta las roturas. Tres de cuatro. Y en contra de lo que los pronósticos, los desgastes y el cansancio acumulado, fue Federer quien dio el primer paso al frente. El suizo, consciente de que el cuerpo le pide calma, reposo y acortar los tiempos, se adelantó en la pista y sacó los latigazos para que el partido fuera una batalla a cañonazos: rápido, contundente, feroz.
Pero Djokovic, en este torneo que ha conquistado siete veces, llegaba con la capa de superioridad prendida del cuello. A pesar del arreón del suizo, veinte golpes ganadores, el número 2 del mundo se defendió como siempre, con respuestas más potentes incluso que las preguntas y ese mordiente que lo hace peligroso siempre, en todas las circunstancias, en todas las superficies, incluso con el mejor Federer. O quizá precisamente por eso, porque la exigencia del suizo lo hirió con dos breaks insospechados, se levantó atacando las dudas a base de revesazos, con paciencia. A Federer se le escurrió el primer set con 5-4 y saque, y Djokovic resopló, tomó aire y llenó los pulmones para asestar su golpe.
Porque la velocidad de piernas y de latigazos que impuso el de Basilea no rentó lo suficiente para poner la ventaja necesaria en el marcador; y las fuerzas fueron decayendo, mermada su efectividad conforme se cargaba de cansancio, confirmando lo que se presagiaba antes de empezar: demasiadas horas en pista, jugando con el alambre (contra Millman a cinco sets, otros cinco y con siete bolas de partido en contra ante Sandgren), molestias en la ingle, para llegar a la batalla con Djokovic con el nivel suficiente para sobrevivir al mayor de los retos del tenis en superficie rápida, y en Australia. Todavía el suizo tuvo arrestos para levantar un 15-40 con 5-5, pero no encontró más depósito y el serbio recuperó su magnífico revés en el tie break para impulsarse hasta la final en Melbourne.
A Federer, delatado por los gestos, tuvo su momento de ralentí al inicio del segundo set, desaprovechadas tantas ocasiones en la primera manga, con siete breaks y un servicio a su favor para cerrar el set; pero notó que su rival tampoco andaba tan fino como en otras ocasiones. Se había levantado de un 2-5 para llevarse el primer parcial, pero su lenguaje no verbal, también llamativo siempre, ofreció al suizo un cierto matiz de vulnerabilidad que quiso aprovechar hasta el final.
Pero el ánimo le duró poco, atascado de nuevo con su servicio cuando la situación se puso comprometida, cedió su único break con 4-5, golpe de moral y autoridad para Djokovic que completó el segundo set con una defensa propia del serbio y una dejada cruzada que dejó cabizbajo al suizo. Otra oportunidad perdida de aguantar en el encuentro un poco más y esperar a un golpe de efecto de su muñeca que se desvanecía por errores con su casi siempre fiable saque. El rugido del dos del mundo no solo remarcó su alivio, sobre todo simbolizó su resurgir. Ya no se le iba a escapar el billete para la final, a pesar de la entrega de Federer.
Porque la montaña ya fue imposible de escalar para el de Basilea. Por su propio desgaste físico y emocional, y porque Djokovic andaba crecido después del sujetarse con pinzas en el primer parcial, y presionó a Federer a las líneas, al fondo, alargando los puntos, sin dejarle capacidad de moverse bien sobre la pelota para golpear con comodidad. El suizo compareció como pudo en la tercera manga, evidentes su signos de que correr no podía mucho pero que se iba a ir de Australia dejando hasta el último esfuerzo. «Caer con estilo», como él mismo comentó en su encuentro contra Sandgren. Regaló esos destellos de clase que quedarán perpetuos en la historia del tenis como una marca única, pero herido en la moral y el cuerpo utilizó su saque para aguantar en el encuentro un poco más.
Al sexto juego, el zarpazo de Djokovic al resto fue definitivo. Aun sin sus mejores galas, el serbio anunció su firme candidatura al título. Levantó un 0-30 para sellar el 5-2 y Federer se despidió con un juego más a su favor. Orgullo en el de Basilea, en otra semifinal de un Grand Slam, pero con las espinas de las oportunidades desaprovechadas otra vez contra Djokovic. Que mira ya de cerca su octavo título en Australia. Solo Alexander Zverev o Dominic Thiem se interponen en su camino.

