Nadal choca ante un soberbio Thiem
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Rafael Nadal ya sabe que en Australia no será, que el vigésimo Grand Slam que le igualaría a Roger Federer no lo morderá en las antípodas. En cuartos de final, después de un partido esplendoroso, se despidió de la preciosa Melbourne al chocar contra un enorme Dominic Thiem, consagrado como el pedazo de tenista que es. Después de más de cuatro horas extenuantes (cuatro horas y 10 minutos), con intercambios interminables y puntos de oro, el austriaco venció por 7-6 (3), 7-6 (4), 4-6 y 7-6 (6) para alcanzar las semifinales del Abierto de Australia, en donde se las verá con Alexander Zverev. Thiem, a la vista está, tiene todo lo que se le reclama a un gran campeón, y si no hay grandes en su historial es porque ha convivido con depredadores como Nadal, Federer o Djokovic, avariciosos hasta el extremo de ganar 55 de los últimos 65 majors. En cualquier caso, cabe reconocerle al austriaco todos los méritos ya que muy pocos son capaces de aguantar durante tanto tiempo las embestidas de Nadal, más errático que de costumbre pese a vaciarse hasta que ya no le dio para más.
Nadal y Thiem, buenos amigos, dos terrícolas empedernidos, se citaban por segunda vez en una pista dura, tan acostumbrados están a retarse en arcilla (el único precedente en rápida es el del US Open 2018, victoria para el español en el tie break del quinto). Son tenistas, sin embargo, con virtudes increíbles en cualquier superficie, así que cabía esperar un combate de altura en el azul eléctrico de Melbourne, magnífico escenario de por sí.
En efecto, salió un partidazo, otro de tantos entre Nadal y Thiem, una rivalidad latente con 14 capítulos ya vividos y que enfrenta al hoy contra el mañana. En realidad, los dos son presente y los dos son futuro, si bien es cierto que Thiem, aunque solo sea por edad (33 años por 26), tiene por delante un recorrido muchísimo más largo. Además, ya parece dispuesto a pelear por temas serios, y este triunfo en Australia le coloca en una posición de privilegio para estrenarse en un Grand Slam.
Del primer set se podría escribir un libro, apasionante desde las primeras líneas y con un desenlace frenético. Tuvo Nadal 5-3 y 40-30 al saque, bola de set con todo lo que implica llevarse la manga inicial, pero se le escurrió esa ventaja y despertó Thiem a lo bestia, descomunal con esa derecha demoledora y con ese revés a una mano tan bonito. Además, el austriaco saca muy bien y tiene unas piernas privilegiadas fruto de un entrenamiento casi militar. Hay pocos jugadores tan completos y se podría decir que Thiem es, salvando muchísimo las distancias, lo más parecido a Nadal.
El número cinco del mundo, también con una cabeza privilegiada y muy estable, le dio la vuelta a la situación y llevó el debate al tie break, en donde se expresó con mucha mayor fluidez que el español. En 67 minutos, hubo de todo, convertido el cemento de Melbourne en la tierra de París.
No defraudó nada de lo que vino después. Nadal mantuvo la compostura pese a que el día no era de los mejores, poco dominante con la derecha y algo menos chisposo en sus movimientos, y volvió a colocarse en una situación de privilegio al romper en blanco en el sexto juego y colocarse con 4-2. Miraba de reojo al palco, buscando algún aliento para alzar el vuelo, pero le costaba un mundo tomar las riendas e imponer su estilo, condenado a una tortura permanente y molesto incluso con la juez de silla cuando le castigó por tomarse demasiado tiempo entre saque y saque después de un intercambio de largo aliento: «¡No te gusta el buen tenis!», le reprochó.
Su rostro se torció del todo cuando entregó su servicio con una doble falta y dio alas de nuevo a Thiem, al que solo cabe aplaudirle. Cualquier otro se hubiese rendido ante un imposible, pero para el centroeuropeo no existe esa palabra. Tuvo una opción de ahorrarse el tie break, una pelota de set que desaprovechó, pero de nuevo fue mucho más seguro y convincente en la muerte súbita, ayudado también por un golpe de buena suerte en el punto definitivo al beneficiarle un impacto de la pelota en la cinta. 69 minutos, otro 7-6 y un Everest para Nadal, que transmitía sensaciones contradictorias y fallaba en la red como nunca. Y eso sí que es extraño.
De todos modos, con él siempre hay que tener cuidado, pues está prohibido ponerle en duda y darle por sentenciado hasta el último golpe. Nadie se atreve a iniciar una crónica aventurando su derrota, pero es verdad que esta vez la cosa pintaba fatal. Puestos a buscar estadísticas, interminables siempre que se habla del español, solo hay tres remontadas en partidos a cinco sets después de perder los dos primeros, y la última vez fue en Wimbledon 2007, contra Youzhny. En Australia, jamás había logrado una proeza similar, pero, lo dicho, al ser Nadal siempre hay que tener algo de prudencia, se la ha ganado.
Reacción a medias de Nadal
El problema, más allá de que su tenis no fluía, era que enfrente tenía a un guerrero monumental dispuesto a confirmar todo lo bueno que siempre se ha dicho de él. Los mejores puntos fueron de Thiem, amo y señor de la pista, gigantesco desde el fondo de la pista y gestionando de maravilla los momentos de tensión hasta que le dio un brote de humanidad. En el décimo juego, sacando para igualar a cinco, se le encogió el brazo y patinó en el momento más inoportuno, entregando el set a un Nadal que lo celebró como si fuera el partido. Seguía vivo el mallorquín, ejemplo para todo, un deportista que contagia al más descreído. Lo dicho, Nadal nunca se rinde.
Si al final perdió no fue por entregarse, ni mucho menos. Luchó hasta donde pudo o hasta donde le dejó Thiem, quien se libró de un escenario peligrosísimo al salvar tres pelotas de break en el juego inicial de la cuarta manga. Como respuesta, rompió poco después y sacó para partido con 5-4, pero el miedo siempre asoma. Tres fallos de bulto (una doble, dos no forzados de derecha) devolvieron la igualdad y, como no podía ser de otro modo, hubo un tercer tie break, igual de estresante que los dos anteriores.
Thiem, muy equilibrado en lo emocional y sobrado en lo tenístico, se recompuso después del lapsus y volvió a su temperatura habitual, la exhibida hasta antes de esa desconexión. Otra vez estuvo mejor en el tie break y, aunque se le escaparon dos bolas de partido, festejó el triunfo como merecía, una victoria para recordar y que le hace grande. Por si había dudas, ya está en plenitud y solo le queda rematar la gesta con un premio de los importantes.
Nadal tiene 19 de esos y ahí se va a quedar al menos hasta junio, aplazada la hazaña de igualar a Federer con 20 Grand Slams (el suizo sigue vivo, juega mañana contra Djokovic). Se va de Australia sin reproches, claro está, pero es cierto que en Melbourne, y también en la Copa ATP, ha jugado de manera intermitente, muy exigido en este inicio de curso. Su agenda le obliga a tomarse un descanso para preparar la gira por el cemento americano, siempre con la tierra en el horizonte. Ese es su paraíso, pero ya sabe que hay candidatos que se han propuesto cuestionarle. Y el que más cerca está es Dominic Thiem, un competidor soberbio.
Nadal y Thiem, buenos amigos, dos terrícolas empedernidos, se citaban por segunda vez en una pista dura, tan acostumbrados están a retarse en arcilla (el único precedente en rápida es el del US Open 2018, victoria para el español en el tie break del quinto). Son tenistas, sin embargo, con virtudes increíbles en cualquier superficie, así que cabía esperar un combate de altura en el azul eléctrico de Melbourne, magnífico escenario de por sí.
En efecto, salió un partidazo, otro de tantos entre Nadal y Thiem, una rivalidad latente con 14 capítulos ya vividos y que enfrenta al hoy contra el mañana. En realidad, los dos son presente y los dos son futuro, si bien es cierto que Thiem, aunque solo sea por edad (33 años por 26), tiene por delante un recorrido muchísimo más largo. Además, ya parece dispuesto a pelear por temas serios, y este triunfo en Australia le coloca en una posición de privilegio para estrenarse en un Grand Slam.
Del primer set se podría escribir un libro, apasionante desde las primeras líneas y con un desenlace frenético. Tuvo Nadal 5-3 y 40-30 al saque, bola de set con todo lo que implica llevarse la manga inicial, pero se le escurrió esa ventaja y despertó Thiem a lo bestia, descomunal con esa derecha demoledora y con ese revés a una mano tan bonito. Además, el austriaco saca muy bien y tiene unas piernas privilegiadas fruto de un entrenamiento casi militar. Hay pocos jugadores tan completos y se podría decir que Thiem es, salvando muchísimo las distancias, lo más parecido a Nadal.
El número cinco del mundo, también con una cabeza privilegiada y muy estable, le dio la vuelta a la situación y llevó el debate al tie break, en donde se expresó con mucha mayor fluidez que el español. En 67 minutos, hubo de todo, convertido el cemento de Melbourne en la tierra de París.
No defraudó nada de lo que vino después. Nadal mantuvo la compostura pese a que el día no era de los mejores, poco dominante con la derecha y algo menos chisposo en sus movimientos, y volvió a colocarse en una situación de privilegio al romper en blanco en el sexto juego y colocarse con 4-2. Miraba de reojo al palco, buscando algún aliento para alzar el vuelo, pero le costaba un mundo tomar las riendas e imponer su estilo, condenado a una tortura permanente y molesto incluso con la juez de silla cuando le castigó por tomarse demasiado tiempo entre saque y saque después de un intercambio de largo aliento: «¡No te gusta el buen tenis!», le reprochó.
Su rostro se torció del todo cuando entregó su servicio con una doble falta y dio alas de nuevo a Thiem, al que solo cabe aplaudirle. Cualquier otro se hubiese rendido ante un imposible, pero para el centroeuropeo no existe esa palabra. Tuvo una opción de ahorrarse el tie break, una pelota de set que desaprovechó, pero de nuevo fue mucho más seguro y convincente en la muerte súbita, ayudado también por un golpe de buena suerte en el punto definitivo al beneficiarle un impacto de la pelota en la cinta. 69 minutos, otro 7-6 y un Everest para Nadal, que transmitía sensaciones contradictorias y fallaba en la red como nunca. Y eso sí que es extraño.
De todos modos, con él siempre hay que tener cuidado, pues está prohibido ponerle en duda y darle por sentenciado hasta el último golpe. Nadie se atreve a iniciar una crónica aventurando su derrota, pero es verdad que esta vez la cosa pintaba fatal. Puestos a buscar estadísticas, interminables siempre que se habla del español, solo hay tres remontadas en partidos a cinco sets después de perder los dos primeros, y la última vez fue en Wimbledon 2007, contra Youzhny. En Australia, jamás había logrado una proeza similar, pero, lo dicho, al ser Nadal siempre hay que tener algo de prudencia, se la ha ganado.
Reacción a medias de Nadal
El problema, más allá de que su tenis no fluía, era que enfrente tenía a un guerrero monumental dispuesto a confirmar todo lo bueno que siempre se ha dicho de él. Los mejores puntos fueron de Thiem, amo y señor de la pista, gigantesco desde el fondo de la pista y gestionando de maravilla los momentos de tensión hasta que le dio un brote de humanidad. En el décimo juego, sacando para igualar a cinco, se le encogió el brazo y patinó en el momento más inoportuno, entregando el set a un Nadal que lo celebró como si fuera el partido. Seguía vivo el mallorquín, ejemplo para todo, un deportista que contagia al más descreído. Lo dicho, Nadal nunca se rinde.
Si al final perdió no fue por entregarse, ni mucho menos. Luchó hasta donde pudo o hasta donde le dejó Thiem, quien se libró de un escenario peligrosísimo al salvar tres pelotas de break en el juego inicial de la cuarta manga. Como respuesta, rompió poco después y sacó para partido con 5-4, pero el miedo siempre asoma. Tres fallos de bulto (una doble, dos no forzados de derecha) devolvieron la igualdad y, como no podía ser de otro modo, hubo un tercer tie break, igual de estresante que los dos anteriores.
Thiem, muy equilibrado en lo emocional y sobrado en lo tenístico, se recompuso después del lapsus y volvió a su temperatura habitual, la exhibida hasta antes de esa desconexión. Otra vez estuvo mejor en el tie break y, aunque se le escaparon dos bolas de partido, festejó el triunfo como merecía, una victoria para recordar y que le hace grande. Por si había dudas, ya está en plenitud y solo le queda rematar la gesta con un premio de los importantes.
Nadal tiene 19 de esos y ahí se va a quedar al menos hasta junio, aplazada la hazaña de igualar a Federer con 20 Grand Slams (el suizo sigue vivo, juega mañana contra Djokovic). Se va de Australia sin reproches, claro está, pero es cierto que en Melbourne, y también en la Copa ATP, ha jugado de manera intermitente, muy exigido en este inicio de curso. Su agenda le obliga a tomarse un descanso para preparar la gira por el cemento americano, siempre con la tierra en el horizonte. Ese es su paraíso, pero ya sabe que hay candidatos que se han propuesto cuestionarle. Y el que más cerca está es Dominic Thiem, un competidor soberbio.

