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Messi neutraliza al Atlético

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El futbolista hegemónico neutralizó la fuerza de un grupo que se reconoció ante su parroquia. Messi, el mejor jugador que se verá en décadas, tumbó al Atlético. Una vez más.





Concluye el primer acto en el Wanda y aquello es un crónica costumbrista en la que ha sucedido de todo. Ter Stegen ha sostenido al Barcelona, aliviado por las paradas a bocajarro de un portero colosal de reflejos y velocidad de reacción. El Atlético ha percutido dos veces contra el palo y, carente como casi siempre de gol, se marcha al vestuario feliz porque ha reactivado su identidad, feroz en la presión, vigoroso en cada anticipación, vencedor en cada duelo. Pero el Barça no es cualquier cosa. Suárez recuerda en dos aguijonazos que ronda el gol cada vez que respira aunque parezca ausente. Y Piqué, poderoso en el salto, ha cabeceado al larguero de Oblak. A Griezmann le afecta la bronca que saluda cada uno de sus pasos.


El partido tiene ritmo y es vibrante, pero gira en torno a un individuo que anda en la hierba. Messi, la quintaesencia del fútbol porque Dios le entregó un don, juega y pasea. Es maravilloso cada uno de sus controles, esas arrancadas en las que va más veloz con el balón que sin él, un portento de técnica y visión del que poco más se puede añadir que no se haya dicho. Pero que anda sin balón. Economiza años de vida profesional en esas ausencias de movimiento, cuestión no menor. Así funciona.


Messi anda
El Barça posee un aire pulcro en lo futbolístico y de cierta presunción de superioridad moral en lo estético. Cada arreón del Atlético, cada saque de banda al corazón del área, lo gestiona mal, como si el fútbol solo se pudiera entender desde la posesión del balón y el criterio al repartir de Ter Stegen. En cuanto empieza a llorar Luis Suárez y a buscar la bronca ante Hermoso, da la impresión de que el Barça necesita aliviar su padecimiento. El Atlético presiona, insiste, molesta, roba y quiere llegar al gol por avasallamiento, sin la sutileza que desprende cada toque de arpa de Messi. Pero el fútbol es de todos, como las ideas, y el partido se encuentra en el fiel la balanza, emocionante porque los dos estilos chocan como las herraduras del caballo.


Dos jugadores chirrían por cada bando. Junior es un horror por la banda izquierda, impotente más por su demérito que por la acción de Trippier. Y Correa está como tantas tardes, enredado no se sabe dónde, sin ninguna claridad y sin encontrar a Joao Félix, al que el ritmo le sobrepasa en la primera parte. Por contra, Mario Hermoso, que había flaqueado en sus últimas apariciones, es contundente con Saúl a su lado, sin el agujero que podría haber ocasionado Lodi en la defensa de Messi.



El Barça anestesia el partido con la posesión, casi propiedad del balón, y Messi flotando siempre en esa franja del 10 donde es letal cuando piensa y corre. Pero el Atlético está enchufado a la corriente, vivo y concienzudo en el trabajo, sin perder la cara a una noche que puede decantarse hacia cualquier bando.


Los contragolpes rojiblancos hacen daño a los culés, porque son avispas lanzadas a toda velocidad en persecución del gol. Los del Barça reparten patadas a diestro y siniestro, cancelan cada contraataque con una zancadilla. Piqué, Junior, Rakitic, Lenglet... Todos cortan por lo sano, pero la protesta y las manos arriba, como pidiendo perdón en el llanto, mitigan el efecto. Unos cardan la lana, otros llevan la fama. El Wanda estalla cuando Mateu ejerce de político y perdona la segunda amarilla a Piqué, autor de un derribo ante Morata.


Messi ya ha avisado. El triunfo está en su zuda, pero dos veces los defensas colchoneros interceptan el tiro dejando ronchas de piel. En otras ocasiones la para Oblak, aunque todo el mundo sabe por donde va a escapar el argentino, no hay forma de detenerle. A Simeone le abronca la parroquia por quitar a Joao Félix en vez de a Correa. El ímpetu del Atlético en labores defensivas recuerda al equipo de siempre, inapelable.


La jerarquía se impone por fin. Messi es superior. Su eslalon es una delicia a la vista, esa pared tan fina, el tiro al rincón donde han ido casi todos sus goles. Magnífica la ejecución. Maestro en el campo, poco elegante en la celebración, encarándose con la grada, gestos innecesarios de soberbia que afean su conquista.

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