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Victoria vulgar y sin destino

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Una pancarta pidiendo libertad evidenció una noche más en el Camp Nou el fracaso del proceso independentista. De creer que eran más listos que España a pedirle que les levante el castigo. Como niños rebeldes que insisten en la pataleta pero que ya han entendido quien manda.





Hay un sonido en el Camp Nou que es el que emite la grada cuando Messi toca un balón con cierto peligro. Es el sonido de la expectativa, de todo lo bello que esperamos de la vida. Es más intenso y más húmedo que en cualquier otro caso y jugador. Messi druida, oráculo. Messi como si ya no hablara con nadie más que con Dios y el único modo de dirigirse a él fuera adorándolo. Precisamente de Messi, magnífico servicio de esquina, nació el primer gol en el minuto 5, obra de Griezmann, que peinó suavemente el centro.


El Villarreal hacía lo que podía, que no era gran cosa, y el Barça regresaba a la alegría de cuando juega en casa. Las habituales imprecisiones defensivas que los valencianos no acababan de aprovechar. Messi empezaba a aproximarse a su nivel, participando con sentido, continuidad y profundidad, y dotando al equipo y al estadio de esperanza, de expectativa. Pero quien marcó el segundo, y fue un golazo, fue Arthur. 27 metros y sin carrerilla. Magnífico disparo. Asenjo, que no se lo esperaba, se quedó clavado, simplemente mirando cómo el balón entraba.


Pese a llevar dos goles en 15 minutos, el Camp Nou permanecía algo apático y sólo la grada de animación hacía sonar sus tambores subvencionados. Mucho turista, mucho calor, mucho jamón en el bocadillo de mi hija que finalmente convenció a su madre de que la dejara asistir pese al horario del partido, tardío para los escolares y para los periódicos de papel.


El Barça empezó poco a poco a acularse, y el Villarreal presentó sus credenciales, modestas pero no del todo desdeñables. A Messi se le salió la zapatilla y lo que pareció una anécdota sembró de inquietud el Camp Nou y el argentino se fue a la banda a que le hicieran un masaje en el muslo izquierdo. Volvió a entrar pero se le notaba no del todo a gusto y Dembélé salió a calentar. La primera parte perdió cualquier interés a partir de la media hora, como un matrimonio que el sábado por la tarde va a hacer la compra de la semana en una gran superficie. Messi abandonó la zona exterior que le es habitual para esconderse en el centro y el Villarreal, escaso pero como advertí, no del todo desdeñable, marcó por chut y gracia de Cazorla, de un duro disparo que rebotó en rodilla ajena, lo justo para volver inútil la estirada de Ter Stegen.



Messi ya no volvió del descanso. Dembélé le sustituyó y se estrenó con un magnífico centro que desaprovechó, algo patético, Griezmann. El Villarreal -otra vez Cazorla- pudo empatar en la jugada siguiente pero Ter Stegen rechazó, aunque tampoco crean que con demasiado acierto, su inocente disparo. Suárez blando, Suárez fallón, Suárez en fuera de juego, todo lo que tocaba lo fallaba Súarez. Se reivindicaba en cambio Dembélé, con acciones siempre valiosas y con sentido. Junior Firpo, mucho mejor que en Granada. El partido estaba abierto, roto, y el intercambio de golpes era constante. Las credenciales del Villarreal ganaban peso. El Barça parecía como encallado y volvió a mostrar la sombra de su mediocridad. De Jong en el 17 sustituyó a Sergi Roberto.


El Barça jugó bien al fútbol los primeros veinte minutos pero a partir de la media hora de partido resistió desde la supervivencia y fue un equipo vulgar, deshilachado, indigno de merecer nada que no sea la medianía de la tabla. Ni Arthur ni en el último tramo De Jong supieron marcar el ritmo del encuentro, y ni en el control ni en el movimiento el Barça daba signos de ninguna calidad creíble. Los de Valverde no dieron vergüenza como en Granada pero dieron lástima como una luz que tras una década iluminando el mundo, inevitablemente se apaga. No hay un proyecto deportivo consistente, ni siquiera respetable, e institucionalmente el club es una cloaca, con esta deprimente mezcla de siniestros e incapaces que colapsa la directiva.


Suárez -muy mal- se fue entre pitos y palmas y Ansu Fati entró ovacionado y casi marca en su primera acción, y en la segunda. Revolucionó el partido pero sus compañeros estaban intolerablemente fundidos. Sin mucho más, llegamos al final.

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