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Federer defiende su orgullo ante Nadal en Wimbledon

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Pocos partidos despiertan tanto interés, tanto nerviosismo, tanta pasión. Y los protagonistas no defraudaron en la Pista Central de Wimbledon: emoción, puntazos, equilibrios y desequilibrios en algo más de tres horas. Como muestra de la adrenalina y el respeto entre ambos, el penúltimo juego, eléctrico y emocional porque Roger Federer tuvo dos bolas de partido al resto y Rafa Nadal sacó su bravura a pasear para alargar el encuentro. Incluso para hacer palidecer al suizo porque, ya con su saque, desaprovechó dos opciones más y hasta regaló una opción de rotura antes de resoplar de alivio con un revés largo de Nadal que lo llevaba en volandas a la final de Wimbledon. La doce en su haber. Después de otro partido de leyenda entre los dos. Nadal y Federer, el duelo de nunca acabar. Para bien del tenis.


Wimbledon, emocionado el personal porque era el capítulo cuarenta de una rivalidad de ensueño el que se volvía a repetir en la Catedral. Un Nadal-Federer, aunque fuera en semifinales, que sigue alimentando de leyendas este deporte. Porque habían sido muchos años sin verlos juntos, separados por cuadros, rivales y lesiones y que ya habían dejado como un recuerdo en blanco y negro una deliciosa final en 2008, la tercera consecutiva de estos dos animales competitivos.


Por eso, los aficionados más rezagados corrían, a pesar de que no está muy bien visto, para situarse en su asiento. Nadie quería perderse ni siquiera la entrada de los jugadores, un ritual, como muchos otros aquí en Wimbledon, que siempre se acoge con devoción. Y será Federer quien más títulos tenga en el verde, pero la ovación se repartió a mitades entre ambos, consciente la grada de que juntos han regalado bellísimos e irrepetibles pasajes de la historia del deporte, y no solo del tenis.


Se conocen al dedillo, llevan casi dos décadas midiéndose con lupa. Desde aquel primer encuentro de un adolescente Nadal que ya mostró las uñas con una victoria por 6-3 y 6-3 en la segunda ronda del Masters 1.000 de Miami. Han evolucionado juntos, han sido mejores el uno por el otro y el hambre se la traspasan porque no solo están los títulos, sino el respeto por la competición sana y saben que ninguno de los dos dejará de luchar cada pelota cada vez que se encuentren. En los entrenamientos, ya los dos saben qué buscar, qué añadir, qué mejorar, qué repetir. Para Federer, acechar la red y aceptar los efectos. Para Nadal, afrontar los rápidos saques y prepararse para los passing.


En los dos bandos se asumía que sería una batalla física, no solo por los intercambios, sino por la tensión que se acumula en las piernas. Livianos los dos porque apenas se habían dejado un set el español y dos el suizo, aceptaban el reto desde el máximo de sus posibilidades, aunque la recompensa no fuera ni siquiera el título, sino un día más en Wimbledon. Federer salió con la final de Australia 2017 en la cabeza, presto a despachar los puntos en un par de tiros sin especular al fondo, consciente de que la consistencia de Nadal en este torneo había ganado enteros y su capacidad para cambiar de dirección se había multiplicado.


Afianzó sus saques y hasta se permitió jugar al resto con un tenis directísimo y sin escrúpulos que mantuvo a Nadal alejado de su mejor zona para atacar. Solventó el español el peligro en el octavo juego y la tensión, sin haberla porque apenas había intercambios, se mantuvo en las posibilidades de que uno y otro errara. Tan alto el respeto. Tan fino el suizo que voló en un tie break descomunal, con tres golpes ganadores que descerrajaron la estrategia de Nadal, rápido al vestuario en el intermedio porque esto no estaba previsto. Este Federer no estaba previsto.


Más activado, el número 2 del mundo impuso un punto más de velocidad en su juego al salir de la ducha. Y el parón perjudicó a un Federer que se apagó desde el primer minuto del segundo set. Todo lo que había salido en el primer dejó de funcionar en el segundo ni saques, ni reveses, ni derechas ni anticipaciones. Probó a restar más adentro, pero el buen saque del balear lo mandó de nuevo para atrás. Probó desde el fondo, pero ahí Nadal vio algo de herida y atacó hasta romper por dos veces el saque del suizo. Un 6-1 sin discusión. Otro partido.


Pero Federer defendía orgullo y territorio, de los pocos reductos que le ha dejado todavía el español para ser grande y elevarse sobre quien sea, incluso del propio Nadal. Ganó la final de 2006, y la de 2007, aunque ya tomó buena nota de lo que podría hacer este español aun fuera de su zona de confort, esa tierra en la que es, todavía hoy, inexpugnable.



El suizo sacó su orgullo, su mejor servicio, que volvió a aparecer y su agresividad en una superficie que doma de maravilla. Se volvió todavía más directo al resto y continuó defendiendo sus turnos de saque con convicción. Más que Nadal, al que atropelló en su propio servicio al principio del set y se mantuvo sereno para defender el break hasta el final.


Fue el mismo guion que en el cuarto set, aplazado el alirón en un juego eterno donde se mostró que hasta los más grandes tiemblan. Con 5-4 y saque de Nadal tuvo dos opciones de partido, pero tuvo que ser con su saque, y con muchísimo sufrimiento, cuando celebrara la victoria. Porque así es Nadal, bravo hasta la última gota. Hasta dos bolas de partido desaprovechó, hasta una opción de rotura defendió para, con más contención que de costumbre, impertérrito en sus emociones faciales, envió un buen servicio y vio cómo el revés del español se iba demasiado largo. Federer defiende su territorio, al menos ante el español, y alcanza su final número doce en Wimbledon, donde lo espera Novak Djokovic, que también tiene hambre.

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