Los jóvenes alegran al Madrid
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Mensaje de ánimo para Casillas y un poco más de 40.000 personas en el Bernabéu, entrada meritoria considerando la situación deportiva y la tarde que hacía en Madrid. El sol era casi electrónico y el césped parecía un tapiz fosforescente.
El Madrid marcó al minuto y medio de partido. Brahim presionó a Cazorla y el balón suelto lo aprovechó Mariano. Era un gol de ganas.
Volvían sensaciones futbolísticas al Madrid. Volvió a verse un equipo en lugar de un sistema de excusas. Ya no eran los caminantes blancos.
Brahim quería y también quería Mariano, que a falta de balones remataba defensas.
El Villarreal le devolvió el gol a Madrid al poco tiempo. En este caso fue Casemiro el que perdió la pelota, Gerard Moreno la clavó con su zurda demasiado ajustada al palo como para poder iniciar otro debate con Courtois.
Pero a partir de este gol hubo unos minutos alegres en el Madrid. Casi eufóricos. Un pequeño renacimiento. Del 14 al 21 hubo una llegada por minuto. Un palo de Carvajal, la diagonal de Brahim cual pequeño Martín Vázquez, chuts de Kroos, reinicios de Marcelo... Brillaba Kroos de nuevo en sus aperturas elegantes a la banda derecha, y aún más Federico Valverde haciéndolo todo instantáneo. Iba y venía ocupando en el lugar de Modric con dos toques a lo sumo.
El Madrid decayó después y apareció el Villarreal con alguna contra de Samu. Metido a Garrincha, Lucas se hacía un poco cansino en la banda derecha. Pero el Madrid no dejó que las cosas adoptaran el cariz de los últimos partidos. Había ganas en los jóvenes y una voluntad, si no firme, sí reconocible.
Así, en el 40 marcó Vallejo en un córner. El chut flojo de Marcelo quedó en el área y él lo remató. Un gol que podía ser una despedida y que fue celebrado con cariño como una entrañable broma de vestuario.
Las defensas (era el día de la Madre) habían permitido la alegría de los goles, pero era innegable que habían sucedido cosas en el Madrid durante la semana que hicieron posible que lo visto en la primera parte fuera un partido de fútbol y no un simulacro funerario. Marcelo y Kroos volvían a gustar. Los jóvenes se hacían notar, y el mejor de todos, Vinicius, aun podía salir tras el descanso. Alegría y expectativa. No una, ¡dos emociones juntas de repente!
El Madrid volvió con la agresividad de Mariano intacta. En la primera carga casi lesiona a Álvaro. Su gol, inmediatamente después, era consecuencia de su voracidad y también de la claridad de Valverde, que vio el hueco por donde llegaría Carvajal de asistente.
Valverde se estaba quedando ya definitivamente en el Madrid. Ha sido, después de Vinicius, la buena noticia del año.
Faltaba Brahim por llevarse un titular y tuvo una ocasión muy buena tras un regate en seco en el área. Falló, pero lo intentó mucho. Tiene un control muy bueno con el que quiere marcharse de espaldas según recibe. Es miniaturesco, pero vertical; tiene mala leche.
En el 60 entraron Isco y Asensio y el partido se hizo más rutinario. Más parecido a lo de otras tardes. La comparación entre Isco y Valverde era inevitable y por momentos escandalosa. Valverde llega tanto como Isco pero además defiende. Remata arriba, rebaña abajo. Otro mundo. Isco es un argumento sabido, un reposición, mientras que Valverde hace soñar con ritmos nuevos y parece armado para batallas grandes.
El Madrid siguió dominando un rato la pelota hasta que dejó de hacerlo y Brahim, que lo intentó hasta el final, fue sustituido con aplausos para que entrara Vinicius.
Fue como si no hubiera pasado el tiempo, estos meses eternos de fútbol nada. Ahí estaba otra vez la constante percusión por su banda y los remates de alevosía cadete. Vinicius presagia un Madrid futuro velocísimo. Surtió de balones suficientes para que no solo él, sino todos los demás fallaran, e hizo un control con el dorsal.
El Villarreal, que había mostrado menos fe que un millennial, se fue metiendo en el partido al final, a medida que se hacía correcalles y el Madrid se convertía en un híbrido entre la flema nacional de Asensio e Isco y la verticalidad casi cómica de Vinicius.
Samu lo intentó mucho, sin suerte, también Gerard. Courtois les paró alguna, pero en el 94 no pudo con el buen chut de Jaume Costa. Quedó petrificado como quedan los gigantes antes de caer. Acostumbrados a décadas de porteros palomiteros, esto no sabemos aún interpretarlo.
Zidane hizo bien en darle sitio a los jóvenes. Antes lo tuvo que hacer. El partido había sido soportable, disfrutable por fin, y aun quedaba media tarde viva para imaginar a Valverde con Pogba o a Vinicius con Hazard.
El Madrid marcó al minuto y medio de partido. Brahim presionó a Cazorla y el balón suelto lo aprovechó Mariano. Era un gol de ganas.
Volvían sensaciones futbolísticas al Madrid. Volvió a verse un equipo en lugar de un sistema de excusas. Ya no eran los caminantes blancos.
Brahim quería y también quería Mariano, que a falta de balones remataba defensas.
El Villarreal le devolvió el gol a Madrid al poco tiempo. En este caso fue Casemiro el que perdió la pelota, Gerard Moreno la clavó con su zurda demasiado ajustada al palo como para poder iniciar otro debate con Courtois.
Pero a partir de este gol hubo unos minutos alegres en el Madrid. Casi eufóricos. Un pequeño renacimiento. Del 14 al 21 hubo una llegada por minuto. Un palo de Carvajal, la diagonal de Brahim cual pequeño Martín Vázquez, chuts de Kroos, reinicios de Marcelo... Brillaba Kroos de nuevo en sus aperturas elegantes a la banda derecha, y aún más Federico Valverde haciéndolo todo instantáneo. Iba y venía ocupando en el lugar de Modric con dos toques a lo sumo.
El Madrid decayó después y apareció el Villarreal con alguna contra de Samu. Metido a Garrincha, Lucas se hacía un poco cansino en la banda derecha. Pero el Madrid no dejó que las cosas adoptaran el cariz de los últimos partidos. Había ganas en los jóvenes y una voluntad, si no firme, sí reconocible.
Así, en el 40 marcó Vallejo en un córner. El chut flojo de Marcelo quedó en el área y él lo remató. Un gol que podía ser una despedida y que fue celebrado con cariño como una entrañable broma de vestuario.
Las defensas (era el día de la Madre) habían permitido la alegría de los goles, pero era innegable que habían sucedido cosas en el Madrid durante la semana que hicieron posible que lo visto en la primera parte fuera un partido de fútbol y no un simulacro funerario. Marcelo y Kroos volvían a gustar. Los jóvenes se hacían notar, y el mejor de todos, Vinicius, aun podía salir tras el descanso. Alegría y expectativa. No una, ¡dos emociones juntas de repente!
El Madrid volvió con la agresividad de Mariano intacta. En la primera carga casi lesiona a Álvaro. Su gol, inmediatamente después, era consecuencia de su voracidad y también de la claridad de Valverde, que vio el hueco por donde llegaría Carvajal de asistente.
Valverde se estaba quedando ya definitivamente en el Madrid. Ha sido, después de Vinicius, la buena noticia del año.
Faltaba Brahim por llevarse un titular y tuvo una ocasión muy buena tras un regate en seco en el área. Falló, pero lo intentó mucho. Tiene un control muy bueno con el que quiere marcharse de espaldas según recibe. Es miniaturesco, pero vertical; tiene mala leche.
En el 60 entraron Isco y Asensio y el partido se hizo más rutinario. Más parecido a lo de otras tardes. La comparación entre Isco y Valverde era inevitable y por momentos escandalosa. Valverde llega tanto como Isco pero además defiende. Remata arriba, rebaña abajo. Otro mundo. Isco es un argumento sabido, un reposición, mientras que Valverde hace soñar con ritmos nuevos y parece armado para batallas grandes.
El Madrid siguió dominando un rato la pelota hasta que dejó de hacerlo y Brahim, que lo intentó hasta el final, fue sustituido con aplausos para que entrara Vinicius.
Fue como si no hubiera pasado el tiempo, estos meses eternos de fútbol nada. Ahí estaba otra vez la constante percusión por su banda y los remates de alevosía cadete. Vinicius presagia un Madrid futuro velocísimo. Surtió de balones suficientes para que no solo él, sino todos los demás fallaran, e hizo un control con el dorsal.
El Villarreal, que había mostrado menos fe que un millennial, se fue metiendo en el partido al final, a medida que se hacía correcalles y el Madrid se convertía en un híbrido entre la flema nacional de Asensio e Isco y la verticalidad casi cómica de Vinicius.
Samu lo intentó mucho, sin suerte, también Gerard. Courtois les paró alguna, pero en el 94 no pudo con el buen chut de Jaume Costa. Quedó petrificado como quedan los gigantes antes de caer. Acostumbrados a décadas de porteros palomiteros, esto no sabemos aún interpretarlo.
Zidane hizo bien en darle sitio a los jóvenes. Antes lo tuvo que hacer. El partido había sido soportable, disfrutable por fin, y aun quedaba media tarde viva para imaginar a Valverde con Pogba o a Vinicius con Hazard.

