Morata se suelta el pelo
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Insistente y pertinaz, Álvaro Morata persiguió su premio sin desfallecer a las vicisitudes del VAR (dos goles anulados en cuatro encuentros). Ejercicio de perseverencia añadido pues fue recibido con alguna recriminación por exmadridista. Comprobó el delantero ante el Villarreal que no hay recompensa sin esfuerzo, como cualquier actividad en la vida. Morata contagió a su equipo y decidió el choque con su primer gol como atlético y su entusiasmo por agradar. Soltó amarras en el afán de olvidar cualquier daño e inaugurar un tiempo para el disfrute. A distancia sideral de Messi, el Atlético sigue en la pelea por si al genio argentino se le acaba el repertorio.
Eran las 16.15 de una sobremesa de domingo soleado y polvoriento en Madrid y se hacía más llevadero el café con hielo que la digestión de un Villarreal acuciado por el miedo y la turbación, que compareció en el Wanda sin saber si quería ganar el partido, empatarlo con tiento o exponerse a una derrota honrosa. Total, los vericuetos insondables del fútbol han transportado a su banquillo al entrenador que fue destituido hace unos meses.
Después del alborozo de la Juventus, de la inigualable atmósfera de la Champions, el Atlético volvió a la realidad doméstica con evidente tracción de paquidermo. Sin la explosión de brío del pasado miércoles, con la obligación de vencer por todo y por el recital de Messi en Sevilla, asomó con algo de plomo en el bolsillo. Más pesado que lento, con más cachaza que desgana, estableció el pulso con el Villarreal.
Lo hizo con dos factores vigorosos. La comunión de la hinchada con Simeone, al que ensalzó con vítores durante el juego por su propensión al testículo; y la indisimulable intención de Morata por hacerse hueco en este equipo. Influyó tanto el perenne empuje de Simeone desde la banda como la acción del delantero.
Morata llegó con algún reproche absurdo por su pasado madridista, como si eso se pudiera escoger con una pila de millones de euros en la cartera, y el internacional se esfuerza en mostrar su utilidad. El juego del Atlético se concentró en el delantero, en la búsqueda de su cabeza bien orientada, de su cuerpo protector, de su perspicacia para rematar.
Mientras el sopor invadía la grada por el juego premioso, Morata lo disputaba todo, presionaba y contagiaba, al tiempo que percutía contra los tres centrales del Villarreal. No llegó con mucha claridad el Atlético (sí lo hizo el Villarreal en un tiro centrado de Ekambi que sacó Oblak), pero en la primera que tuvo, Morata la conectó con el gol. Un buen servicio de Filipe (que tiene un aire como de despedida perpetua), la anticipación del delantero, el zurdazo bien esquinado a bote pronto con un defensa encima y el primer gol que celebró con vehemencia. No hubo VAR esta vez para desesperarle.
Sube la graduación de Morata en la estima de la parroquia y surge algún murmullo con Lemar. El francés no termina de ubicar una zurda sensata en el vértiginoso juego rojiblanco. El precio de mercado genera esa sensación de ansia y necesidad de justificación.
El Villarreal abandonó su pasividad y en vez de quietud enseñó alguna ambición, voluntad de hacer con el partido que se le iba. Cazorla puso en marcha esa turbina que tiene para proporcionar actividad a su alrededor y el encuentro volcó hacia la portería de Oblak. Situación que al Atlético no le incomoda, sino lo contrario. Defender y contraatacar está en sus genes.
Se marchó Morata, aclamado, y salió la pantera Costa, cuya tendencia a agitar partidos contrasta con su falta de lucidez frente al gol. Desplegó dos arrancadas fabulosas resueltas de pena, furia sin clarividencia alguna. Desde que llegó del Chelsea, es indudable su aportación de carácter y dinamismo y también evidente su carencia de tino.
El Villarreal se estiró por las bandas, provocó silencios en el Wanda y alteró los biorritmos de la defensa colchonera. Algún pase atrás pudo encontrar una pierna amiga. No sucedió, Saúl cazó el segundo gol en un contragolpe y al equipo levantino, modelo de gestión para muchas cosas, le toca seguir padeciendo.
Eran las 16.15 de una sobremesa de domingo soleado y polvoriento en Madrid y se hacía más llevadero el café con hielo que la digestión de un Villarreal acuciado por el miedo y la turbación, que compareció en el Wanda sin saber si quería ganar el partido, empatarlo con tiento o exponerse a una derrota honrosa. Total, los vericuetos insondables del fútbol han transportado a su banquillo al entrenador que fue destituido hace unos meses.
Después del alborozo de la Juventus, de la inigualable atmósfera de la Champions, el Atlético volvió a la realidad doméstica con evidente tracción de paquidermo. Sin la explosión de brío del pasado miércoles, con la obligación de vencer por todo y por el recital de Messi en Sevilla, asomó con algo de plomo en el bolsillo. Más pesado que lento, con más cachaza que desgana, estableció el pulso con el Villarreal.
Lo hizo con dos factores vigorosos. La comunión de la hinchada con Simeone, al que ensalzó con vítores durante el juego por su propensión al testículo; y la indisimulable intención de Morata por hacerse hueco en este equipo. Influyó tanto el perenne empuje de Simeone desde la banda como la acción del delantero.
Morata llegó con algún reproche absurdo por su pasado madridista, como si eso se pudiera escoger con una pila de millones de euros en la cartera, y el internacional se esfuerza en mostrar su utilidad. El juego del Atlético se concentró en el delantero, en la búsqueda de su cabeza bien orientada, de su cuerpo protector, de su perspicacia para rematar.
Mientras el sopor invadía la grada por el juego premioso, Morata lo disputaba todo, presionaba y contagiaba, al tiempo que percutía contra los tres centrales del Villarreal. No llegó con mucha claridad el Atlético (sí lo hizo el Villarreal en un tiro centrado de Ekambi que sacó Oblak), pero en la primera que tuvo, Morata la conectó con el gol. Un buen servicio de Filipe (que tiene un aire como de despedida perpetua), la anticipación del delantero, el zurdazo bien esquinado a bote pronto con un defensa encima y el primer gol que celebró con vehemencia. No hubo VAR esta vez para desesperarle.
Sube la graduación de Morata en la estima de la parroquia y surge algún murmullo con Lemar. El francés no termina de ubicar una zurda sensata en el vértiginoso juego rojiblanco. El precio de mercado genera esa sensación de ansia y necesidad de justificación.
El Villarreal abandonó su pasividad y en vez de quietud enseñó alguna ambición, voluntad de hacer con el partido que se le iba. Cazorla puso en marcha esa turbina que tiene para proporcionar actividad a su alrededor y el encuentro volcó hacia la portería de Oblak. Situación que al Atlético no le incomoda, sino lo contrario. Defender y contraatacar está en sus genes.
Se marchó Morata, aclamado, y salió la pantera Costa, cuya tendencia a agitar partidos contrasta con su falta de lucidez frente al gol. Desplegó dos arrancadas fabulosas resueltas de pena, furia sin clarividencia alguna. Desde que llegó del Chelsea, es indudable su aportación de carácter y dinamismo y también evidente su carencia de tino.
El Villarreal se estiró por las bandas, provocó silencios en el Wanda y alteró los biorritmos de la defensa colchonera. Algún pase atrás pudo encontrar una pierna amiga. No sucedió, Saúl cazó el segundo gol en un contragolpe y al equipo levantino, modelo de gestión para muchas cosas, le toca seguir padeciendo.

