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Djokovic completa el puzle y se corona en Wimbledon

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A Novak Djokovic se le estaba borrando de la piel la sensación de levantar un título de los grandes. Después de aquel Roland Garros 2016, donde cerró por fin el círculo de Grand Slams, y en el que lo encontró todo, se quedó sin nada. Vacío por el agotamiento físico, las lesiones y las dudas de si regresaría algún día. Han pasado casi dos años en los que ha trabajado por volver a hallar las piezas que lo habían hecho insaciable en seis temporadas excepcionales y físicamente perfecto. Hoy, después de arrollar a Kevin Anderson, volvió a sentir ese hormigueo de ser el mejor en un torneo. El título de Wimbledon en sus manos; el cuarto en la hierba londinense; su decimotercer grande. La pieza que faltaba en su reconstrucción.


Aterrizó en Londres con la sensación de que había hallado ciertas pistas de cómo volver a ser quien era, superada una larga lesión en el codo, una ausencia de seis meses del circuito, una operación y una primera parte del curso con demasiados chascos. Octavos en Australia, primeras rondas en Indian Wells y Miami, octavos en Montecarlo, primera ronda en Barcelona, segunda en el Mutua Madrid Open. En Roma, una primera pista, unas semifinales perdidas ante Rafa Nadal, demasiado examen. En Roland Garros, la siguiente, cuartos de final, aunque resbalara por sorpresa con un Marco Cecchinato que ni se lo creía. Y en el primer torneo de hierba, otra pista más, primera final, perdida contra Marin Cilic. Ya estaba allí. Por eso en Wimbledon, sin que nadie lo notara mucho, fue consolidando su presencia. Sandgren, Zeballos, Edmund, Khachanov sufrieron las evidencias de una recuperación casi total. Kei Nishikori advirtió que este Djokovic ya era una amenaza: superó a Rafa Nadal en ese extraño partido que se jugó en dos actos, y bajo techo. «He ganado al mejor del mundo».


Y en la final, la pieza para completar el puzle. Un título conquistado ante un Anderson ya famoso por haber protagonizado el segundo partido más largo de Wimbledon y tercero de la historia y con algunas cicatrices en el brazo de las seis horas y 36 minutos que pasó martilleando con el servicio.


En este Wimbledon, al serbio se le ha visto darse raquetazos en la zapatilla, rugir como un loco en puntos y triunfos, alentar a la grada y sacar la rabia por los ojos cuando olía la sangre del rival. Pero en los dos últimos partidos, contra Nadal y Anderson, se ha visto a un Djokovic moderado en sus celebraciones y su tenis. Hasta risueño en sus entrenamientos, con su mujer y su hijo presentes. Paciente en cada punto, sin, en apariencia, sentir nerviosismo ni presión aunque enfrente esté el número 1 del mundo o esté el título en juego, incluso en los momentos en los que le tocó defenderse. Una serenidad basada en la confianza extrema que ya tiene en sus golpes, y que ha ido ganándose paso a paso desde aquel junio de 2016. De aquella etapa de no encontrar nada, a encontrarlo todo: a sí mismo.


Así discurrieron los dos primeros sets, con un Djokovic que convertía su rutina de botar cuatro veces la pelota con la raqueta y otras doce con la mano en un intenso refugio para hallar la calma y la concentración. Había pasado una hora y casi dos sets para que Anderson lo llevara al deuce con su servicio, pues solo había perdido cuatro puntos en los diez primeros turnos de saque.


Fue el primer aviso del sudafricano, que había pedido la asistencia médica en la primera manga para atender a su brazo, pero que encontraba un cierto alivio conforme pasaban los minutos. En el tercer set, el primer rugido de Djokovic, después de levantar dos bolas de set con 4-5, enfadado con la grada por animar a su rival en medio del punto porque la central quería más final que la que habían disfrutado hasta ese momento. El serbio se defendió de otra opción de perder el set en el duodécimo juego y lo mandó al tie break con un saque directo.


En el desempate, la experiencia pesó más. Ahí recordó Djokovic todo lo que en su brillante trayectoria como tenista había adquirido, sobre todo en los momentos de presión que tanto perfeccionó de ganar a todos durante seis temporadas en las que todo salía de cara. Era aquel tenista desbordante que no temblaba en los pulsos, solo había que recuperarlo para el presente, para este tie break que ganó por 7-3 aun desaprovechando una bola de partido. Con su saque, y la derecha estrellada en la red de Anderson, Djokovic en su esplendor: campeón de Wimbledon, dedo señalando al cielo, brazos abiertos y confirmar que no era un sueño del pasado comiéndose unas briznas de hierba. El Djokovic de siempre. El lunes regresa al top ten.

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