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Aitor

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Hace un par de días se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de el más querido. El 30 de marzo de 2005 Aitor Otaño emprendió el último viaje luego de sufrir una infección intrahospitalaria tras una operación. Se iba el capitán de Los Pumas del 65, alguien que era una excelente síntesis de la mejor tradición del rugby unida a la experiencia de vida bien aplicada. Respetuoso de los códigos rugbísticos, fundador de algunas tradiciones de Los Pumas y, a la vez, un tipo con mucha calle, con mucha suela gastada. Por eso Aitor transitaba cómodo cualquier rincón de la ciudad de la vida, empatizaba con el rey y con el mendigo. Por eso fue líder hasta el último día.

En su documento decía que se llamaba Bernardo, aunque para todos era Aitor. Según una creencia muy difundida el significado del nombre vasco que le negó algún burócrata aburrido es “el mas querido”, aunque algunos eruditos amigos del burócrata digan que, en euskera, significa “hijo de buen padre”. ¿Como sea, alguien duda de que Aitor Otaño es el mas querido? Las dos historias que vamos a recordar lo certifican.

Una historia, “Costumbres argentinas”, que describe cómo Aitor impulsó una de las tradiciones mas incorporadas a la historia de Los Pumas (que sería bueno recuperar) y también la gran empatía que tenía con todos, dentro y fuera de su deporte. La otra historia se encierra en un emotivo video que recuerda una carta del Negro Poggi a sus hermanos del 65 y, fundamentalmente a su capitán de siempre.

Para mantener vivo el recuerdo del enorme Aitor Otaño.

Costumbres Argentinas

Los jugadores se agruparon en el pasillo del túnel que desembocaba en la cancha. Las gruesas paredes de hormigón amortiguaban el rugido de la multitud, pero ellos podían intuir que los esperaba un estadio repleto. La tensión se dibujaba en sus rostros. Nervios, ansiedad y, hay que decirlo, miedo. Varios de los jugadores de aquel seleccionado eran jovencitos, recién llegados al equipo, nunca habían jugado un partido tan trascendente. A muchos les temblaban las piernas, pero todos confiaban ciegamente en su capitán.Y el capitán pegó el grito:

“¡Vamos a la cancha! ¡Tranquilos! ¡Siganmé, hoy salimos caminando!”.

El equipo se encolumnó detrás del líder y emprendieron el camino hacia la cancha. El túnel, la escalera y el ruido de los tapones golpeando contra el piso era silenciado por el griterío de la gente a medida que se acercaban a la luz blanca que cerraba la escalera. En pocos segundos el seleccionado argentino pisó el pasto. El capitán giró la cabeza y les volvió a gritar:

—¡Todos atrás mío, caminando despacito!

La fila de camisetas celestes y blancas fue penetrando en el campo de juego. Al comienzo, el ruido de la multitud que colmaba las tribunas fue ensordecedor. Algunos jugadores miraban al piso para no contagiarse del marco.Varios temblaban.

Pero a medida que el equipo caminaba lentamente y se acercaba al centro del campo, la gente se fue callando. Podría decirse que cuando llegaron a la mitad y levantaron los brazos para saludar el silencio gobernaba al estadio. La gente ya estaba en otra cosa, ansiosa por que empezara el juego.

En ese momento, el capitán, Antonio Ubaldo Rattín, volvió a gritar:

—¡Bueno, ahora a jugar! ¡No arruga nadie!

Lo que siguió fue una de las noches más gloriosas en la historia del fútbol argentino. El histórico triunfo contra el Brasil Campeón del Mundo por la Copa de las Naciones de 1964. El partido del codazo de Pelé a Mesiano, el de la consagración de la Oveja Telch, el del golazo de Ermindo Onega, el del penal que le atajó Carrizo a Gerson. 3-0 a Brasil en San Pablo. Inolvidable.

Esa noche, en la platea del estadio Pacaembú, un grupo de deportistas argentinos fue testigo de la hazaña de Rattín y sus muchachos. Era el seleccionado argentino de rugby que participaba por esos días del Sudamericano que se disputaba en la gran ciudad brasileña. Aitor Otaño, capitán de ese equipo, tomó nota.

Unos meses después, en la fiesta de los premios Olimpia, los dos capitanes se encontraron y Aitor le comentó a Rattín su sorpresa por la caminata del seleccionado en la noche del Pacaembú.

—¿Sabés qué pasa, Otaño? Cuando empezás a caminar te putea todo el estadio y a algunos pibes les pesa, se cagan todos. Pero cuando llegás a mitad de cancha la gente ya está en otra cosa, nadie grita y podés salir a jugar el partido más relajado!

Aitor tomó nota.

La actuación del seleccionado en ese Sudamericano de 1964 sirvió para confirmar la gira a Sudáfrica del año siguiente. Danie Craven, el patriarca del rugby sudafricano, presenció los partidos y comprobó que los argentinos tenían el nivel adecuado para afrontar la dura competencia con los equipos de su país. Entonces dio la aprobación para la gira que iba a cambiar la historia del rugby argentino.

Esos dieciséis partidos en tierra de los Springboks fueron generadores de algunas tradiciones que se mantuvieron por mucho tiempo en Los Pumas. Una de ellas tiene que ver con la entrada del equipo a la cancha.

En el partido contra Rhodesia, que inauguró la gira, Aitor se acordó de Rattín y antes de entrar a la cancha les avisó a sus compañeros.

—Vamos a entrar tranquilos, caminando.

Y desde aquel día, con algunas intermitencias, Los Pumas entraron caminando a la cancha.

Muchas veces el ambiente del rugby es despectivo con el fútbol. Es común en los clubes usar el mote de “futbolero” para descalificar a otro. Pero indudablemente son muchos más los lazos que unen a ambos deportes que las diferencias que los separan.

Y al poco tiempo el fútbol y Aitor se iban a reencontrar

Cuando Los Pumas regresaron de Sudáfrica en 1965, jugaron un durísimo partido contra Section Paloise, campeón de Francia. La gran jugada de esa tarde fue un try bajo los palos de Otaño, tras correr más de treinta metros con la pelota. Ese try fue el tema de la semana y la revista El Gráfico le dedicó una sucesión de fotos desplegadas en dos páginas a la usanza de la época. En tiempos de ausencia de video, esas secuencias fotográficas eran una buena manera de “ver” una jugada. El título de la nota era “El pique de Aitor”.

Unos días después, Los Pumas viajaron a Mendoza y en el vuelo coincidieron con el plantel de Boca. Todos llevaban su ejemplar de El Gráfico y muchos lo tenían abierto en las fotos del try de Otaño. En pleno vuelo, cuando el avión ya hacía rato que había despegado de Aeroparque, Alfredo Rojas, “el Tanque”, inolvidable nueve boquense, se acercó a Otaño y sorprendido por el físico del segunda línea de Los Pumas le espetó: “El pique de Aitor! ¡El pique de Aitor! Vos con esa panza el único lugar donde podes picar es en los copetines!”. Aitor lo miró a Rattín, que le hizo un guiño cómplice. Entonces se paró y le pegó un abrazo al Tanque. Una risotada general coronó el momento.

Fútbol y rugby. Aitor y el Rata. Dos líderes. Dos símbolos de una época entrañable del deporte argentino.

Daniel Dionisi

Por siempre, capitán!

 

 

 

 

 

 

 

La entrada Aitor se publicó primero en Periodismo Rugby.

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