El campo maldito del Atlético
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El Ciudad de Valencia es maldito para el Atlético. Por uno de esos sortilegios del fútbol, suele sufrir contra el Levante, dos victorias de diez en el tramo de Simeone al mando. El VAR desmontó esta vez la remontada y Simeone fue expulsado por doble tarjeta.
Juegan los pies finos en el Atlético y aquello es una sinfonía de la contradicción. El ‘cholismo’ que enarboló la bandera pirata se regodea un par de minutos con el balón, de un lado a otro, sin perder la posesión, la palabra maldita de la que renegaba Simeone en sus orígenes colchoneros. Esa tenencia y disfrute de la pelota es, al principio del duelo con el Levante, una verificación: el Atlético puede jugar a combinar, a asociarse, a tirar paredes, a buscar la velocidad sin segunda jugada o choque de tibias.
Es una magnífica interpretación de Héctor Herrera, titular en el Ciudad de Valencia, jugador de categoría que no ha dado en el Atlético todo lo que se le intuye. Despliegue, criterio, repliegue, presión, calidad en el pase, visión de juego. Desde el mexicano crece la participación de Koke, con quien se entiende, y emergen Joao Félix y Griezmann.
El luso empieza a parecerse al crack descarado y festivo que fichó el Atlético. Con confianza, la madre de todo en el fútbol y en la vida, se atreve a pedir el balón, jugarlo con clarividencia y armar el ataque del Atlético a ras de césped. Juega muy bien el luso en el primer acto, rompe líneas, activa a sus compañeros, mejora cada jugada. Es una delicia cada control orientado según su imaginación.
El Atlético gobierna el partido con un talante pocas veces visto. Joao la tiene nada más empezar en un pase cruzado de Herrera. Pero es Griezmann quien atina en el minuto 11. El córner botado por el mismo, el rechace y el centro que vuelve a su cabeza para elevar el primer gol del francés rehabilitado en la Liga. Griezmann no es el buque insignia del Atlético de hace un par de años, todo el equipo jugando para sus correrías, pero empieza a parecerse. Futbolista sensacional y participativo, comienza a dejar atrás la estela gris de su paso por el Barcelona.
De repente, el Levante despierta y azuza a los rojiblancos, que cometen el error conocido. Conceden un tramo de tregua posterior a la euforia del gol. En el efecto gaseosa, el conjunto de Pereira se rearma. Asoma al balcón de Oblak y procede a soñar con la remontada. Un centro que se envenena cerca del portero esloveno, un taconazo de Pier que roza el palo y el tanto del empate: una torpeza de Suárez, al impactar con Vezo en un despeje.Penalti que convierte Bardhi en un tiro violento y cruzado.
Lejos de incrementar la intensidad, el partido languidece en el segundo tiempo. De más a menos todos los protagonistas, los dos equipos, la atmósfera general. El Levante no sabe qué hacer con el partido, si atacarlo con saña o conservar el punto. El Atlético engaña mejor. Parece dormido hasta que despierta en un fogonazo.
El Atlético se agazapa y, aunque ordenado, no avanza con claridad. Se ha atascado en un chapapote de género insustancial y Simeone reactiva al equipo con los cambios. Entran De Paul y Correa para agitar el duelo, y aunque el asunto sigue anodino y poco activo, el centrocampista se inventa una jugada maravillosa y profunda que habilita a Cunha, el brasileño que amargó a España en los Juegos Olímpicos. Certero el delantero, marca el gol que parece definitivo. No lo es porque el árbitro se inventa un penalti en ese galimatías incomprensible que son las manos en el área. Lodi casi ni la toca, sin posición antinatural, el brazo pegado al cuerpo, pero González Fuertes decreta penalti que Bardhi ejecuta con la misma solvencia.
Juegan los pies finos en el Atlético y aquello es una sinfonía de la contradicción. El ‘cholismo’ que enarboló la bandera pirata se regodea un par de minutos con el balón, de un lado a otro, sin perder la posesión, la palabra maldita de la que renegaba Simeone en sus orígenes colchoneros. Esa tenencia y disfrute de la pelota es, al principio del duelo con el Levante, una verificación: el Atlético puede jugar a combinar, a asociarse, a tirar paredes, a buscar la velocidad sin segunda jugada o choque de tibias.
Es una magnífica interpretación de Héctor Herrera, titular en el Ciudad de Valencia, jugador de categoría que no ha dado en el Atlético todo lo que se le intuye. Despliegue, criterio, repliegue, presión, calidad en el pase, visión de juego. Desde el mexicano crece la participación de Koke, con quien se entiende, y emergen Joao Félix y Griezmann.
El luso empieza a parecerse al crack descarado y festivo que fichó el Atlético. Con confianza, la madre de todo en el fútbol y en la vida, se atreve a pedir el balón, jugarlo con clarividencia y armar el ataque del Atlético a ras de césped. Juega muy bien el luso en el primer acto, rompe líneas, activa a sus compañeros, mejora cada jugada. Es una delicia cada control orientado según su imaginación.
El Atlético gobierna el partido con un talante pocas veces visto. Joao la tiene nada más empezar en un pase cruzado de Herrera. Pero es Griezmann quien atina en el minuto 11. El córner botado por el mismo, el rechace y el centro que vuelve a su cabeza para elevar el primer gol del francés rehabilitado en la Liga. Griezmann no es el buque insignia del Atlético de hace un par de años, todo el equipo jugando para sus correrías, pero empieza a parecerse. Futbolista sensacional y participativo, comienza a dejar atrás la estela gris de su paso por el Barcelona.
De repente, el Levante despierta y azuza a los rojiblancos, que cometen el error conocido. Conceden un tramo de tregua posterior a la euforia del gol. En el efecto gaseosa, el conjunto de Pereira se rearma. Asoma al balcón de Oblak y procede a soñar con la remontada. Un centro que se envenena cerca del portero esloveno, un taconazo de Pier que roza el palo y el tanto del empate: una torpeza de Suárez, al impactar con Vezo en un despeje.Penalti que convierte Bardhi en un tiro violento y cruzado.
Lejos de incrementar la intensidad, el partido languidece en el segundo tiempo. De más a menos todos los protagonistas, los dos equipos, la atmósfera general. El Levante no sabe qué hacer con el partido, si atacarlo con saña o conservar el punto. El Atlético engaña mejor. Parece dormido hasta que despierta en un fogonazo.
El Atlético se agazapa y, aunque ordenado, no avanza con claridad. Se ha atascado en un chapapote de género insustancial y Simeone reactiva al equipo con los cambios. Entran De Paul y Correa para agitar el duelo, y aunque el asunto sigue anodino y poco activo, el centrocampista se inventa una jugada maravillosa y profunda que habilita a Cunha, el brasileño que amargó a España en los Juegos Olímpicos. Certero el delantero, marca el gol que parece definitivo. No lo es porque el árbitro se inventa un penalti en ese galimatías incomprensible que son las manos en el área. Lodi casi ni la toca, sin posición antinatural, el brazo pegado al cuerpo, pero González Fuertes decreta penalti que Bardhi ejecuta con la misma solvencia.

