Un atlas para el fútbol argentino
Tras el fiasco que constituyó la no realización de la «Finalissima», rebautizada como la «Canceladissima», la campeona mundial, Argentina, se dispuso a buscar nuevos contendientes para su modelaje competitivo. La mayoría de los rivales de nivel ya tenían sus agendas cubiertas, por lo que no les quedó más remedio que pactar topes con rivales de sospechoso calibre como Mauritania y Zambia.
Muchos conocieron gracias a estos juegos la existencia de ambos países en el globo terráqueo. Ambos africanos, sin trascendencia futbolera más allá del título de Zambia en la Copa Africana de 2012, y con poca competitividad para significar un reto real para probar el nivel actual del plantel albiceleste.
Ante este panorama, una pregunta nos invade. ¿Cuánto pueden aportar dos amistosos ante Mauritania y Zambia para la preparación argentina rumbo al Mundial de Fútbol?
La respuesta, tras el cierre de la fecha FIFA, resulta paradójica. En lo estrictamente competitivo, el aporte fue casi nulo, dado que la diferencia de jerarquía era tan abismal que cualquier conclusión táctica extraída de estos encuentros debe ser tomada con pinzas.
Sin embargo, el verdadero valor no residió en el adversario, sino en el espejo retrovisor que dejó el primer partido. Como reconociera el propio Lionel Scaloni, la floja actuación ante Mauritania funcionó como una «alerta» interna, una sacudida de realidad que evidenció que, incluso contra rivales de bajo calibre, el equipo no puede darse el lujo de especular o dosificar intensidades sin comprometer su identidad.
Así, si estos amistosos sirvieron de algo, fue como un termómetro de la paciencia del entrenador y como un ultimátum para un plantel que tiene el cartel de campeón del mundo pegado en la espalda.
Los números en el marcador reflejaron la disparidad de los compromisos, pero también la diferencia de actitud entre una noche y otra. En el primer ensayo, disputado el 27 de marzo en La Bombonera, Argentina sufrió más de la cuenta para doblegar a Mauritania. Con un equipo alternativo y Lionel Messi en el banco, la Albiceleste se impuso por un ajustado 2-1 con goles de Enzo Fernández y Nicolás Paz, mientras que Jordan Lefort descontó para los africanos en el tramo final, generando una merecida ola de autocrítica. El bochorno del segundo tiempo, donde los africanos tiraron siete veces y los latinos solo una, fue una señal de humo del desastre que podía avecinarse.
La respuesta llegó el pasado martes, en la despedida ante el público local. Con Messi de regreso como titular y un once similar al de gala, Argentina goleó 5-0 a Zambia con una actuación más convincente. Julián Álvarez abrió la cuenta, Messi amplió la ventaja antes del descanso, y en la segunda mitad llegaron los tantos de Nicolás Otamendi de penal, un autogol de Dominic Chanda y el primer tanto de Valentín Barco con la mayor, sellando una noche de trámite favorable y dejando atrás las dudas momentáneas.
Sin embargo, el valor de este momento donde se abrió el atlas para buscar rivales exóticos quedó reducido a un ejercicio de autoconocimiento. Más que servir como mapa de ruta hacia el Mundial, estos partidos funcionaron como una advertencia gráfica sobre los peligros de la complacencia.
La significación de estos encuentros no estuvo en la solidez de los oponentes, sino en la reacción del campeón. Scaloni, sabio en su gestión, utilizó el traspié ante Mauritania para ajustar las tuercas, recordarle al vestuario que «lo de Mauritania no se puede repetir» y reafirmar que la lista de 26 convocados se definirá por rendimiento y no por jerarquía adquirida.
La verdadera prueba de fuego, la que dirá si este equipo está en condiciones de retener la corona, llegará recién en junio, cuando la pelota empiece a rodar en el Grupo J ante rivales de verdadera entidad.

