Vinicius tenía razón
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Los cánticos de «Musulmán el que no bote» han pillado en flagrante fuera de juego a la izquierda de iPhone 17 Pro Max y Rolex Submariner Azul. Si al menos los insultos se hubieran producido en el estadio Santiago Bernabéu, ese peligroso nido del facherío patrio, podrían haberle sacado algún rédito político resucitando por ejemplo a Francisco Franco, pero… ¡En Barcelona! ¡En la ciudad de los milagros! ¡Y en el campo del Real Club Deportivo Espanyol! ¡Y con un musulmán jugando con la selección! Que conste que a mí me encanta Gabi Rufián, ¿eh? Cuando vuelvo a Lucky Luke y me paro en 'Dedos Mágicos' siempre me acuerdo de él. Alguien que es capaz de decir en diciembre de 2015 que en 18 meses se irá del Congreso para regresar a la República Catalana y que sigue ahí, enroscado al escaño, en abril de 2026, merece nuestra admiración como prestidigitador. ¿Cómo se pueden condenar unos insultos xenófobos sin condenarlos? ¿Y cómo podrá hacerlo alguien que lleva 20 años justificando los pitos al himno nacional español por estar amparados por la sagrada libertad de expresión? ¿O es que dejó de ser santo el artículo 20 de la Constitución y yo no me he enterado? ¿O es que sólo lo es a ratos? ¿No está el Generalísimo?, pues echémosle la culpa a VOX. Para alguien que lleva veinte años viviendo de la mamandurria del erario público y que tiene una visión frentista y sectaria de la sociedad debe ser muy difícil de asimilar esto que voy a decir pero insultar al Rey o gritar ¡Musulmán el que no bote! no es de izquierdas o de derechas sino de una profunda y apolítica falta de educación contra la que alguien deberá legislar tarde o temprano. Hace algunos años, en vísperas de una final copera entre Barça y Athletic, Esperanza Aguirre dijo algo tan cabal como que ella daría por acabado el partido si se pitaba el himno nacional. Se pitó, se insultó al Rey, se convirtió en convencional lo anormal y supongo que Rufián aplaudiría el pack completo. Vinicius tenía razón y Dedos Mágicos no.

