Fútbol y gaviota
Hay cosas que se rechazan por instinto. Yo desde pequeñita he tenido aversión al futbol. Mi padre lo ponía en la televisión siempre que había, y toda la familia teníamos que tragarnos ese juego de hombres que se pasan un balón para conseguir meterlo en una portería mientras un locutor, visiblemente alterado, va narrando la jugada. Mi primer pensamiento al respecto era una pregunta, ¿por qué si en esta casa somos cuatro mujeres y dos hombres hay que ver lo que ellos quieren? Porque ellos mandaban, claro. Y, aunque menos, siguen mandando. Estoy segura de que si no fuera así, el futbol no habría sobrevivido tan firme e impositivamente en el mundo.
Se que hay mujeres a las que les gusta este deporte, una de mis hermanas se hizo del Atleti por acompañar a su novio al campo y era muy radical. Pero, en general, el futbol es un deporte de tíos, y si no me creen vayan a los datos. Y el profesional es, asimismo, un deporte que mueve cosas feas, y si tienen dudas vayan a los datos. Además de dinerales y corrupciones genera una violencia incuestionable.
No digo más, creo que ya ha quedado clara mi postura inamovible sobre el deporte rey por su significado y consecuencias. Que me perdonen sus tantos amantes. Quizá por este rechazo, la semana pasada me emocioné bonito con la noticia del partido en Estambul y la gaviota. Ya saben, el portero de uno de los equipos dio un balonazo, desorientado creo, y arreo un golpe a la pobre gaviota que quedó como muerta en el campo.
Uno de los jugadores, sin pensárselo dos veces, corrió hacia el pájaro e improvisó una reanimación cardiovascular sin tregua hasta que la gaviota volvió a respirar y moverse. El resto de jugadores lo rodearon encogidos, y el partido se paró hasta que la pequeña resucitada llegó a manos de un médico. Aunque el equipo del salvador perdió el partido, el público les dedicó una ovación especial. Hoy (guiño irónico) me gusta un poco el futbol.

