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Retomar el hilo

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Entre la duda del cielo y la certeza del grupo

(Ruta MTB por Abantos y Malagón desde El Escorial en día de lluvia y niebla)

Tras varios domingos de ausencia, el reencuentro con el grupo tenía algo de pequeño regreso a casa.

El día anterior no había parado de llover y la mañana no pintaba bien. Amanecía gris, sin un solo rayo de sol que animara a salir. El sonido de la lluvia parecía susurrar: “tómate una semana más de descanso”.

Acudo al punto de encuentro con esa incertidumbre contenida de quien no sabe qué se va a encontrar: si habrá algún compañero que se anime o si, esta vez, la lluvia habrá ganado la partida.

En unos minutos se aclaran las dudas: en el aparcamiento de El Tomillar, en El Escorial, ya estamos Andrés, Fer, Juan, Nacho, Samuel, Pedro, Raúl y Alfonso. Se me alegra la cara. Bastan las miradas, los saludos y esa forma de retomar las rutinas —como si el tiempo intermedio hubiera sido solo una pausa breve— para volver a sentirme bien.

Las ausencias son normales en estas fechas. El Día de la Madre siempre deja huecos en el grupo, y entre los que estamos se percibe un acuerdo tácito de no alargar la jornada más de lo necesario.

A mí me preocupa más otra cosa: llevarme bien con los vértigos, lo justo como para estar en la ruta sin más sobresaltos que los que quiera traer la lluvia, si es que aparece.

Los coches quedan atrás y nosotros iniciamos la marcha tomando altura por la pista ya conocida. Tenemos por delante cuatro kilómetros de ascenso hasta el Mirador de la Penosilla (1261 m), parada obligada para la foto. Un tramo zigzagueante por la ladera de Abantos, en el que el cuerpo va entrando en calor sin darse cuenta. Pero hoy el telón de fondo solo serán nubes.

Avanzamos a buen ritmo por buena parte de la carretera de Peguerinos a El Escorial, en la ladera de la sierra, dejando atrás la subida y aprovechando un tramo más rodador. A un lado, los miradores hacia el Monasterio apenas abren el paisaje entre nubes y recuerdan la altura alcanzada.

Más adelante aparece la Fuente de la Concha, siempre discreta, más punto de paso que destino. Hoy paramos a coger agua. He olvidado mi botija en el coche y Raúl no duda en compartir la suya conmigo. Gestos que, en la montaña, valen el doble.

A partir del kilómetro nueve, la pista vuelve a ganar desnivel de forma constante. Ponemos rumbo al Puerto de Malagón (1590 m). Andrés y Nacho ya salieron ayer a rodar, pero sus piernas no parecen resentirse… de momento.

Ya en el puerto, el aire fresco arranca un suspiro profundo y relaja las caras. El embalse del Tobar se deja ver a muy buen nivel; la lluvia sigue ausente, pero la niebla empieza a cubrirnos y la temperatura ha bajado de golpe. Hay momentos de duda, pero quienes hoy hacen doblete son los primeros en animar al resto a seguir. El esfuerzo se hace más evidente.

Hace ya un tiempo que buena parte del camino fue arreglado y, entre el mejor estado del firme y la fuerza de los compañeros, en un abrir y cerrar de ojos estamos junto a la blanca cruz que marca la cima del Abantos (1753 m). Una foto rápida: no queremos quedarnos fríos y el paisaje sigue oculto.

El objetivo de la ruta era alcanzar el Refugio de La Naranjera, un lugar que siempre nos recibe como si nos conociera, pero la prudencia aconseja no alejarnos más sin la certeza de que el sol pueda abrirse paso.

La renuncia me da pie a enseñar a los compañeros un descenso nuevo, no exento de pedrolos, por la zona de Los Tientos, desviándonos antes del portillo del pozo de nieve. Recorremos la línea que delimita San Lorenzo de El Escorial de Santa María de la Alameda. 

Creo que el nuevo tramo les ha gustado, pero tendremos que volver otro día, cuando el paisaje se deje ver, porque merece la pena, os lo aseguro.

Estamos de nuevo en el puerto de Malagón, pero ahora ya no hay parada. Seguimos adelante, por pista o por alguna senda a la que algunos no quieren renunciar, hasta el desvío hacia las “zetas”. Solo Andrés, que prefiere excusarse, y Juan —por precaución, al haber olvidado el casco en casa— optan por seguir descendiendo por pista.

La trialera está más asentada que nunca tras las últimas lluvias y pronto pierdo de vista a los compañeros, que disfrutan la bajada. Yo voy más atrás con Pedro, que me escolta ante posibles incidencias… y aparecen: un llantazo contra una piedra me hace perder aire en la rueda trasera. Como era de esperar, pero siempre se agradece, no faltan manos dispuestas a ayudar.

Cuando apenas nos quedan cuatro kilómetros, se me ocurre comentar: “Y nos hemos librado de la lluvia”, justo cuando una primera gota se estrella contra mis gafas. No queda más remedio que detenerse a comprobar la lealtad del chubasquero.

Iniciamos un descenso muy rápido, en una especie de contrarreloj con el agua, que va ganando en intensidad. Para cuando llegamos a los coches, ya es un auténtico chaparrón. Samuel volverá a casa en bicicleta, soportando la ira de los cielos.

El resto, con una cerveza en la mano, dejamos que escampe mientras compartimos risas. Una circular ya conocida, aunque la montaña nunca repite una ruta del todo.

En lo personal, la salida estaba marcada por una atención especial a las sensaciones. Sin dramatismos, solo atento a lo que el cuerpo transmitía. Y, sin embargo, todo fue encajando, como si la continuidad no se hubiera roto del todo.

Al final, lo que queda no es la lista de lugares recorridos, sino esa sensación de haber retomado un hilo que sigue ahí, esperando a ser recogido de nuevo en la siguiente salida.

Gracias a los compañeros, que no dejaron de estar pendientes de mí durante todo el camino.


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