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El día de las baterías

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El bendito olvido del ciclista

El parte anunciaba lluvia, frío y un domingo poco amable, de esos que invitan a quedarse en casa y mirar la Sierra desde lejos pensando: hoy no toca.

Pero yo tenía más motivaciones. Ignoré los avisos, a sabiendas de que alguien más se animaría a compartir el desafío.

Era día de estreno. Mi nueva bicicleta se mojaría y se ensuciaría por primera vez —no sería la última— y yo necesitaba intimar con ella cuanto antes.

La memoria selectiva

Afortunadamente, el ciclista tiene una memoria extraña: olvida rápido la dureza de la semana anterior —el barro en la transmisión, el agua en las botas, el temblor en las manos— y recuerda, en cambio, lo otro: el camino compartido, la conversación entre la niebla, la certeza de que siempre merece la pena volver.

Con esa convicción aparecimos un grupo reducido: Andrés, Enrique, Ernesto, Fer, Jesús, Luis Ángel, Raúl, Santi y Alfonso. Éramos pocos, pero bastaba con ver sus sonrisas madrugadoras para que el día pareciera menos gris.

Tras el cruce de abrazos, todas las miradas se centraron en la montura. Había curiosidad, alegría y quizá un punto de sana envidia. Fer, cumpliendo nuestro rito particular, fue el primero en dar unas pedaladas orgullosas, como quien bendice la máquina antes de que yo la estrene de verdad.

El baile del estreno

Entre ajustes de última hora —el cambio electrónico sin sincronizar, alguna roldana rebelde y el olvido del móvil— iniciamos la marcha con retraso. Aprovechamos una de esas ventanas entre borrascas que Enrique detectó para darnos cuartelillo.

En los primeros minutos, la bici mostró su timidez. No conocía a nadie, y yo tampoco a ella. Aun así, parecía olisquear los charcos y las primeras curvas con curiosidad, lista para descubrir lo que la montaña le tenía reservado.

La ruta fue rodadora, pero el frío no invitaba a paradas. Al fondo, la Sierra nos observaba con sus picos nevados, enviándonos un aire gélido que intentaba ralentizar nuestro avance. La montaña, silenciosa y blanca, parecía vigilarnos con esa mezcla de dureza y cariño que solo ella sabe ofrecer.

Si nos hacíamos fotos muy agrupados no era solo por el encuadre, sino por buscar refugio del viento en el grupo. Pero estos amigos están en forma y olvidan que yo voy limitado a 25 km/h. Mientras ellos rodaban con naturalidad, yo me iba conociendo con la bici y sus porcentajes, haciendo fácil una mañana difícil.

Administrar el aliento

Sentía a la bicicleta feliz, derrochando una energía que se reflejaba en el display de la MasterMind. Cada modo de asistencia es un mundo, casi como si ella tuviera su propio carácter. Yo todavía estaba aprendiendo a escuchar.

Hubo que acortar. Y el recorte nos empujó a la carretera, ese terreno sin alma que ninguno busca. Pero incluso ahí, rodando juntos, el domingo seguía teniendo sentido antes de volver a buscar los caminos.

Cerca del embalse de Pedrezuela, Enrique —siempre atento a lo práctico— me ayudó a rebajar la asistencia. Un pequeño ajuste, casi insignificante, pero que en estas bicicletas es como administrar el aliento.


Allí estaba el embalse, desaguando a borbotones, impaciente por abandonar su prisión de hormigón. El agua salía con una fuerza que recordaba que todo, incluso lo contenido, busca su camino.

El límite de la energía

El camino todavía tenía algo que decirnos, así que dejamos que las ruedas siguieran contando la historia, con esas prisas propias de los finales de rutas.
Llegamos a los coches y la pantalla sentenció con frialdad matemática: 7% de batería. Había llegado por los pelos.

La bicicleta se comportó de maravilla: aplomo en lo húmedo, frenos firmes y una amortiguación excelente, aunque mi cuerpo detectó enseguida los cambios de geometría. Como si tuviera que reajustar no solo la máquina, sino mi manera de estar sobre ella.

Y entonces, el epílogo del domingo. Cuando ya nos disponíamos a celebrar la jornada, mi coche se negó a arrancar: La batería.

Llamada a Fer, que ya se había marchado, pero volvió con los cables de arranque, que por suerte llevaba. Un gesto sencillo, casi doméstico, pero con algo de rescate providencial.

Así terminó la ruta: con la bici estrenada, el cuerpo entero y amigos siempre dispuestos a echar una mano, compartiendo la alegría del camino… y unas cervezas.

A veces, la energía que realmente importa no es la que se mide en voltios, sino la que se comparte en el camino.

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