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AlfonsoyAmigos: el año empieza rodando juntos (2026)

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El calendario ya no es una promesa colgada en la pared. Hoy el año ha cobrado vida entre barro esquivado, frío contenido y el sonido metálico de la cadena buscando su sitio.

La lluvia, que amenazaba con empañar el estreno, decidió darnos tregua. En su lugar quedaron los charcos —muchos al principio, casi ninguno después—, como si el propio camino necesitara desperezarse con nosotros.

Salimos al encuentro del 2026 siendo catorce; un grupo que pronto se estiró en esa danza habitual: delante, los del "yo voy tirando"; detrás, quienes preferían paladear el ritmo o descubrir los nuevos matices de sus bicicletas. El año empieza así, algo descompensado, sin esperarnos a todos a la vez.

Había en el ambiente ese aroma limpio de las mañanas de enero, cuando el aliento se hace visible y cada pedalada le gana un pulso al invierno. No buscábamos el récord, pero el ritmo se impuso solo, dictado por las ganas.

Los artesanos del camino

Dando cuerpo a ese impulso estábamos Andrés, Asanta, Enrique, Fer, Galo, Gonzalo, Jesús, Juan, Luis Ángel, Patrick, Rafa, Raúl, Samuel y yo mismo. No somos solo nombres, aunque a veces rodemos como si lo fuéramos: una hilera que avanza, cada cual en su burbuja, compartiendo el terreno más que la palabra.

Ascender para comprender

La Fuente del Huerto fue apenas un suspiro antes de encarar el Alto de los Lanchares. Allí las piernas recordaron su oficio sin necesidad de discursos. El año no se va a regalar; habrá que ganárselo. Coronar fue asomarse un instante a lo que vendrá y seguir, porque el día pedía avanzar.


Granito, agua y senderos

La ruta nos sumergió en un laberinto de pistas y trialeras. La Senda de los Elefantes, a pesar del barro y la pendiente, mantenía un compás casi musical, como si la tierra respirara con nosotros. La cantera de granito rosa pasó de largo, sólida y silenciosa, esperando otro día para ser mirada.

Cruzamos Hoyo de Manzanares por sus calles altas para conectar con el monte de El Ejido y su mirador, que nos regaló perspectiva, pero no pausa.

Enlazamos senderos veloces hasta la Academia de Ingenieros de Navallera, donde el campo de fútbol sirvió de puente y breve respiro para la foto de rigor. A nuestra derecha, la Senda del Arco Verde corría paralela a la carretera, recordándonos que nuestro sitio estaba en la tierra.

Lugares con memoria

La Cañada del Zahurdón y el Cordel de Cantalojas nos acercaron al Puente del Batán, ese viejo conocido que nos vio pasar sin reclamar protagonismo.

Luego, unos metros de la Colada de los Gallegos y el Cordel de Fuente Las Liebres; tramos largos que picaban en las piernas hace años y que hoy siguen doliendo igual. Todo estaba donde siempre; éramos nosotros los que habíamos cambiado.

26 de Enero de 2014

La Fuente de las Liebres nos ofreció el último trago antes de cerrar el círculo en Moralzarzal y los recuerdos en la mente de los más veteranos. De nuevo en marcha, unos rodaban al “tran tran”, otros apretaban el paso, como queriendo demostrarse que el transcurrir de los años no va con ellos.

La esencia, aun en movimiento

En la convocatoria hablaba de la risa cuando falta el aire, y hoy volvió a aparecer, mezclada con el crujir de las cubiertas y ese silencio que se instala cuando cada uno pedalea a su ritmo interior.
Eso también es AlfonsoyAmigos: no siempre la foto, no siempre la charla; a veces es, simplemente, la certeza de compartir el mismo camino.

La propuesta de Patrick fue un acierto pleno. Logró enlazar lo conocido con pistas surgidas del tiempo, regalándonos esa ligera sensación de estreno que mantiene despierta la pedalada.

La pausa necesaria

No todos teníamos prisa. Al final, los que aún conservábamos tiempo en los bolsillos nos quedamos a tomar una cerveza para celebrar el nuevo año. Fue una pausa sencilla, necesaria, de esas que bajan las pulsaciones y ordenan la mañana.
Asanta, adelantándose al calendario, nos invitó por su cumpleaños. Un gesto fuera del camino que, sin embargo, es de los que sostiene al grupo.
 

Reflexión final

Cada pedalada llevaba su propio compás, y cada ciclista su manera de escuchar la ruta. Algunos se perdían en la conversación, otros en la concentración, y todos encontrábamos el mismo aire frío de enero, la misma luz que dibuja sombras sobre la tierra húmeda.

Así, en esa mezcla de silencios, risas y respiraciones compartidas, el grupo se hacía uno sin dejar de ser muchos, y la montaña nos devolvía su reflejo más sencillo: rodar, juntos y en libertad.

Espero que hayamos dejado méritos suficientes a lo largo del 2025 para que los Reyes Magos se acuerden de nosotros esta noche.


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