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Ametralladoras y locura en Terranova: la oscura guerra de un día entre la España de Felipe González y Canadá

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«Queremos saber por qué nos amenazan con armas. Somos pescadores». A eso de las once de la noche de un 9 de marzo de 1995 comenzó un conflicto internacional que pocos recuerdan: la llamada guerra del Fletán. Llovía en el Atlántico Norte, triste preludio de la tensión que iba a estallar, cuando el tintinear metálico de una ametralladora cortó el viento en aguas de Terranova. Las balas procedían del navío 'Cape Roger', más canadiense que el curling, y el objetivo era el pesquero vigués 'Estai'. Fue el primer ataque que el país lanzó contra otro en cuatro décadas. El detonar de aquella ametralladora puso fin a varias horas de vaivenes y conversaciones entre ambos bajeles sobre un vértice común: la pesca del fletán, un animal similar al lenguado. Los unos –canadienses– exigían a los gallegos marcharse lejos de aquellos mares; los otros –españoles– sostenían que eran libres de faenar en aguas internacionales si así lo deseaban. Todo acabó como se supone: el arresto del buque de Vigo por la Guardia Costera. A partir de entonces se inició un toma y daca que llevó a la declaración de una guerra que apenas duró una jornada y que a punto estuvo de arrastrar a Europa hacia un conflicto mayor Tensiones iniciales Pero la guerra no fue alumbrada en sola una jornada a base de palabras altivas e insultos en alta mar. Su origen se remonta, según narró el ABC de la época, a un año antes, cuando Canadá implantó un tope para las capturas de fletán alrededor de sus costas. En la práctica, aquello limitó de forma drástica la pesca rojigualda en la zona. «La reyerta se disparó en el terreno diplomático con motivo de una votación en el seno de la Organización Pesquera del Atlántico Norte (NAFO) por la cual la UE se vio obligada a reducir su actual cuota del 75% de las capturas del fletán negro en esa región a tan solo el 12,59%», afirmó este diario. La guinda fueron unas declaraciones del Gobierno canadiense en las que corroboraron que se tomarían «las medidas necesarias para garantizar que la sobrespesca extranjera de las poblaciones de la costa este» llegara a su fin. Por si la amenaza velada no fuese ya suficiente, el 12 de mayo fue modificada la 'Coastal Fisheries Protection', Así, quedó habilitado el uso de la fuerza militar contra todo aquel que accediera a sus aguas territoriales. Meses después, el ministro de Pesca y Océanos canadiense, Brian Tobin, subió más la temperatura, como bien explicó ABC, al «comunicar la modificación de sus reglamentos pesqueros para concederse el derecho de actual fuera de sus 200 millas jurisdiccionales». Y sobre aquellos pilares arribó la flota pesquera gallega a Terranova en marzo de 1995. Se podría decir que los platos los pagó el 'Estai' tras una infinidad de avisos y amenazas por parte de las autoridades costeras locales. «Canadá admitió ayer el abordaje y captura de un barco español de los que faenaban el fletán negro», informó ABC el 10 de ese mismo mes. El Gobierno español calificó aquel atropello como «un acto de piratería», mientras que los representantes de la Unión Europea lo tildaron de «un acto ilegal ajeno al comportamiento normal de un Estado responsable». Tobin no se amedrentó y respondió que la caza se extendería a cualquier pesquero que violara la nueva normativa. Huelga decir que las imágenes de la captura del 'Estai' conmocionaron a España. Ver llegar a los marineros vigueses a puerto y ser recibidos con abucheos por la población local fue un pellizco al orgullo patrio. Más allá de eso, el capitán del navío, Enrique Dávila, confirmó a través de una llamada que la tripulación se encontraba en buenas condiciones: «Estoy tranquilo, todos estamos bien y nos están tratando correctamente». También explicó que, cuando fue abordado el pesquero, se encontraban «por lo menos a 300 millas de la costa de Canadá». Es decir: en aguas internacionales. «Decidimos permitir que nos asaltaran para salvaguardar nuestra integridad física», completó. No tardaron en ser liberados previo pago de una suerte de rescate de 50 millones de pesetas, pero la semilla del conflicto ya se había plantado. Las reacciones se multiplicaron en España, y ninguna fue en pos de la calma. Manuel Fraga, presidente del Ejecutivo gallego, dijo que consideraba «aquella captura como una agresión en toda regla a España». Y otro tanto hizo el Consejero de Pesca, Juan Caamaño, que cargó contra Canadá por perpetrar un «acto de guerra contra un país soberano». A su vez, incidió en que la Unión Europea debía imponer sanciones «al país norteamericano más allá de la materia pesquera». Una guerra de un día El Gobierno, a la cabeza del socialista Felipe González, no se achantó y respondió con el envío de un navío, el 'Vigía', hacia Terranova para proteger al resto de pesqueros. Pero ni eso consiguió calmar los ánimos. Más bien los caldeó todavía más. «Tanto los armadores como los capitanes de los congeladores españoles han denunciado el 'hostigamiento' al que los barcos están siendo sometidos por parte de unidades de la Armada canadiense y aviones de la misma nacionalidad», escribía ABC el 21 de marzo, poco después de que el buque militar español arribara a la zona. A lo largo de los meses siguientes, Canadá continuó con su campaña de acoso contra los pesqueros españoles. Apenas cinco jornadas después de que llegase el 'Vigía', atacaron con cañones de agua a los pesqueros 'Verdel', 'Mayi IV', 'Ana Gandón' y 'José Antonio Nores'. Tobin suscribió aquellas agresiones y sostuvo que, llegado el momento, no dudarían en usar la fuerza. Por su parte, España permitió a la flota seguir faenando y condenó los actos de su nuevo enemigo. La Unión Europea suscribió la indignación del Ejecutivo de Felipe González, pero no impuso sanción económica alguna. Parecía que todo había llegado a un punto muerto. Los responsables de los pesqueros y los congeladores fueron claros en declaraciones para este periódico: «La presión a la que nos están sometiendo es una verdadera guerra psicológica; las cuatro patrulleras de Canadá están a menos de treinta metros de nuestros barcos, con unos grandes focos de iluminación que nos deslumbran y nos impiden trabajar». Eugenio Tigras, capitán del 'Pescamaro I', fue todavía más claro y explicó que se vio obligado a pedir a dos militares de la Armada española que subieran a su navío para obligar a los canadienses a alejarse de ellos. Con todo, la máxima de todos ellos era sencilla: «Nadie nos hará dejar de faenar en los caladeros de las aguas de la NAFO». El 14 de abril se llegó al cenit. A eso de las seis de la tarde, el Gobierno de Canadá decidió que un último ataque sobre un pesquero haría que España se retirase de forma definitiva de Terranova. Tras una reunión rápida, los ministros determinaron que un contingete saldría del puerto de Halifax con órdenes de ataque. Una forma velada de declarar la guerra. En palabras del CISDE ('Campus Internacional para la Seguridad y la Defensa'), el dispositivo estaba formado por las patrulleras 'Cape Roger', 'Cygnus' y 'Chebucto'; el buque de la guardia costera 'J. E. Bernier'; el rompehielos 'Sir John Franklin'; las fragatas 'HMCS Gatineau' y 'HMCS Nipigon' –una de ellas con un helicóptero a bordo–; un número no identificado de submarinos y fuerzas aéreas. Al parecer, hubo conversaciones para desplegar cazas. Frente a ellos había en ese momento dos patrulleras desplegadas en la zona. Poco después, Paul Dubois, ministro de Asuntos Exteriores del país, citó al embajador español en Ottawa y le informó de los planes. Asustado, este se puso en contacto con el mismo presidente, Felipe González. Todo acabó en minutos. Acto seguido, se aceptaron las condiciones y se renunció a 40.000 toneladas de fletán. Punto y final para un conflicto que, en la práctica, duró una jornada.
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