Magnus Carlsen juega con fuego y quien se quema es Nepomniachtchi
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El tiempo es un factor esencial en ajedrez, sobre todo cuando se acaba. Magnus Carlsen jugó con fuego en la sexta partida del Mundial de Ajedrez, en la que llegó a quedarse con solo 20 segundos por movimiento para llegar al primer control. «Eso no es nada en una posición compleja», señalaba el gran maestro Pepe Cuenca en Chess24. Lo mejor de todo es que fue el propio campeón quien se metió en ese lío, justo cuando parecía que la partida se encaminaba hacia las sextas tablas consecutivas del campeonato. Incluso era el noruego quien parecía luchar por el empate. Tanto riesgo no fue en vano y en una partida eterna, de casi ocho horas, acabó doblegando al aspirante, que tendrá muy difícil recuperarse de la paliza.
Cuando parecía un león dormido, el número uno del mundo dio un zarpazo por sorpresa, después de pensar demasiados minutos lo que parecía una decisión obvia. Logró animar así una posición casi muerta, con un brillante giro de timón. «Me parece de genio», concedía admirado David Antón. Por desgracia para Magnus, sin embargo, la falta de tiempo provocó una sucesión de imprecisiones sobre el alambre. De tener la partida ganada pasó a tenerla casi perdida, y luego otra vez con ventaja, mientras Ian Nepomniachtchi se sumaba a regañadientes a la fiesta, también con muy pocos segundos para pensar. Los espectadores y los expertos pedían espectáculo. Ahora que se lo dan, se quejarán de los errores cometidos. Así es el ser humano.
«Ha sido claramente un mal manejo del tiempo por parte de Carlsen», señalaba Miguel Santos en Chess.com, poco antes de señalar que «esta no era la partida más correcta de la historia». Carlos Matamoros, por su parte, reconocía el valor del número uno por asumir tantos riesgos cuando no era imprescindible, por inconformista.
Durante la primera fase de la partida, Nepo volvió a obtener una posición bastante sana, pese a jugar con negras. El aspirante se permitió incluso un par de significativos gestos, o microgestos, al no elegir la opción más segura. Demostraba así, o quería demostrar, una confianza total en sus posibilidades, no sabemos si dirigidas a su rival o a sí mismo. Tampoco fue nada del otro mundo, pero seguramente incluso puso alguna de sus caras, tan expresivas, algo que lo caracteriza desde niño, como comentaba una de las profesoras del ruso cuando era niño, en un vídeo que ofreció el otro día Judit Polgar.
Eterno debate
Todo eso ocurrió justo cuando arreciaba el debate sobre el exceso de tablas en el Mundial. Al menos hoy ha quedado claro que no se puede culpar a los jugadores, menos aún al campeón, quien menos necesidad tiene, en teoría, de buscar complicaciones.
Lo que no tiene remedio es la igualdad entre los monstruos que disputan el título. Cometen tan pocos errores que el empate es un resultado demasiado frecuente. La única solución, aparte de vendarles los ojos o alguna otra jugarreta, es acortar la duración de las partidas. Con menos minutos para reflexionar, como hemos visto en esta misma partida, aparecen los fallos y con ellos el espectáculo. ¿Deberíamos meter prisa a Antonio López para que sus cuadros sean más divertidos? La clave es decidir qué queremos que sea el ajedrez: un espectáculo o una ciencia, un deporte o un arte. Todo a la vez es muy difícil en estos tiempos de especialización.
A todo esto, los jugadores llegaron a la jugada 40 con cierta igualdad restablecida, aunque ahora con Carlsen como bando presionante. El campeón, de hecho, seguía pensando más que su rival en busca de alguna solución mágica. Mareó al ruso durante unas cuantas jugadas más, un poco por inercia. De la confianza al error hay un paso y Nepo lo cometió. La única duda era si sería suficiente para perder. Fabiano Caruana se echaba las manos a la cabeza: «¿Por qué permite esto?».
Pero Carlsen también es humano, por lo que parece, y avanzó justo el peón que los expertos y el sentido común desaconsejaban. Pese a todo, si alguien podía perder era el negro y una vez pasado el segundo control, después de seis horas de juego, ya no les iban a regalar más tiempo. A partir de ahí, se las tendrían que arreglar con el 'regalo' de los 30 segundos de incremento por jugada.
Nepo, además, empezaba a apurarse más, por primera vez, sobre todo porque defenderse es mucho más difícil que atacar. El plan de ataque de Carlsen, según Antón, era «molestísimo». Para Judit Polgar, era «un infierno», aunque el noruego, quizá atenazado, se volvía a apurar de tiempo hasta límites insanos. Se quedó con menos de 30 segundos en el reloj. Volvía la emoción a la partida. Nepo, con unos pocos minutos, parecía defenderse bien.
Una nueva simplificación de material condujo a una posición en la que el ruso tenía dama y un peón, contra torre, caballo y tres peones del campeón. Solo este podía ganar, si bien los ordenadores pensaban que serían tablas. «Si Nepo consigue aguantar, creo que Carlsen va a estar frustrado para el resto de partidas», aseguró Antón. Después de la jugada 100, el campeón avanzaba a paso de tortuga, pero no se rendía.
En la jugada 125, su maquinaria seguía progresando y daba cada vez más miedo. Los módulos informáticos ya pensaban que el blanco tenía clara ventaja. En Dubái eran las doce de la noche y el campeón estaba dando un recital sobre cómo se juegan los finales de partida. Nepo se rindió después de 136 jugadas. El golpe es tremendo.
Cuando parecía un león dormido, el número uno del mundo dio un zarpazo por sorpresa, después de pensar demasiados minutos lo que parecía una decisión obvia. Logró animar así una posición casi muerta, con un brillante giro de timón. «Me parece de genio», concedía admirado David Antón. Por desgracia para Magnus, sin embargo, la falta de tiempo provocó una sucesión de imprecisiones sobre el alambre. De tener la partida ganada pasó a tenerla casi perdida, y luego otra vez con ventaja, mientras Ian Nepomniachtchi se sumaba a regañadientes a la fiesta, también con muy pocos segundos para pensar. Los espectadores y los expertos pedían espectáculo. Ahora que se lo dan, se quejarán de los errores cometidos. Así es el ser humano.
«Ha sido claramente un mal manejo del tiempo por parte de Carlsen», señalaba Miguel Santos en Chess.com, poco antes de señalar que «esta no era la partida más correcta de la historia». Carlos Matamoros, por su parte, reconocía el valor del número uno por asumir tantos riesgos cuando no era imprescindible, por inconformista.
Durante la primera fase de la partida, Nepo volvió a obtener una posición bastante sana, pese a jugar con negras. El aspirante se permitió incluso un par de significativos gestos, o microgestos, al no elegir la opción más segura. Demostraba así, o quería demostrar, una confianza total en sus posibilidades, no sabemos si dirigidas a su rival o a sí mismo. Tampoco fue nada del otro mundo, pero seguramente incluso puso alguna de sus caras, tan expresivas, algo que lo caracteriza desde niño, como comentaba una de las profesoras del ruso cuando era niño, en un vídeo que ofreció el otro día Judit Polgar.
Eterno debate
Todo eso ocurrió justo cuando arreciaba el debate sobre el exceso de tablas en el Mundial. Al menos hoy ha quedado claro que no se puede culpar a los jugadores, menos aún al campeón, quien menos necesidad tiene, en teoría, de buscar complicaciones.
Lo que no tiene remedio es la igualdad entre los monstruos que disputan el título. Cometen tan pocos errores que el empate es un resultado demasiado frecuente. La única solución, aparte de vendarles los ojos o alguna otra jugarreta, es acortar la duración de las partidas. Con menos minutos para reflexionar, como hemos visto en esta misma partida, aparecen los fallos y con ellos el espectáculo. ¿Deberíamos meter prisa a Antonio López para que sus cuadros sean más divertidos? La clave es decidir qué queremos que sea el ajedrez: un espectáculo o una ciencia, un deporte o un arte. Todo a la vez es muy difícil en estos tiempos de especialización.
A todo esto, los jugadores llegaron a la jugada 40 con cierta igualdad restablecida, aunque ahora con Carlsen como bando presionante. El campeón, de hecho, seguía pensando más que su rival en busca de alguna solución mágica. Mareó al ruso durante unas cuantas jugadas más, un poco por inercia. De la confianza al error hay un paso y Nepo lo cometió. La única duda era si sería suficiente para perder. Fabiano Caruana se echaba las manos a la cabeza: «¿Por qué permite esto?».
Pero Carlsen también es humano, por lo que parece, y avanzó justo el peón que los expertos y el sentido común desaconsejaban. Pese a todo, si alguien podía perder era el negro y una vez pasado el segundo control, después de seis horas de juego, ya no les iban a regalar más tiempo. A partir de ahí, se las tendrían que arreglar con el 'regalo' de los 30 segundos de incremento por jugada.
Nepo, además, empezaba a apurarse más, por primera vez, sobre todo porque defenderse es mucho más difícil que atacar. El plan de ataque de Carlsen, según Antón, era «molestísimo». Para Judit Polgar, era «un infierno», aunque el noruego, quizá atenazado, se volvía a apurar de tiempo hasta límites insanos. Se quedó con menos de 30 segundos en el reloj. Volvía la emoción a la partida. Nepo, con unos pocos minutos, parecía defenderse bien.
Una nueva simplificación de material condujo a una posición en la que el ruso tenía dama y un peón, contra torre, caballo y tres peones del campeón. Solo este podía ganar, si bien los ordenadores pensaban que serían tablas. «Si Nepo consigue aguantar, creo que Carlsen va a estar frustrado para el resto de partidas», aseguró Antón. Después de la jugada 100, el campeón avanzaba a paso de tortuga, pero no se rendía.
En la jugada 125, su maquinaria seguía progresando y daba cada vez más miedo. Los módulos informáticos ya pensaban que el blanco tenía clara ventaja. En Dubái eran las doce de la noche y el campeón estaba dando un recital sobre cómo se juegan los finales de partida. Nepo se rindió después de 136 jugadas. El golpe es tremendo.

