Las víctimas de Buster Posey
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| El choque sufrido por Posey y la grave torcedura sufrida en el tobillo por el careta |
EL EMERGENTE
Por Ignacio Serrano
La doble polémica vivida en el estadio Universitario, el domingo, más allá de esos episodios violentos que merecen censura, ha reavivado las pasiones sobre la regla contra el bloqueo del home, llamada popularmente la “regla Buster Posey”.
Fue Posey el grano que reventó el saco, cuando fue arrollado por Scott Cousins en mayo de 2011 y tuvo que ser operado, perdiéndose el resto de la temporada y perdiendo los Gigantes a una de sus principales bazas.
Las fotografías de aquel accidente bastan para justificar la norma, cuyo debate comenzó de inmediato y, en cierto modo, dura todavía, por parte de los miembros de la resistencia tradicional, ese grupo de aficionados que preferiría las cosas como estaban, sin este y otros artículos, como el del boleto intencional directo o las repeticiones de TV.
Posey quedó fuera de combate con el tobillo destrozado, doblado de manera anti natura. El dolor era más que evidente, como también lo fue el peligro de que no regresara al estrellato. Habría sido una tragedia. Estaba construyendo su reputación como uno de los peloteros más populares del beisbol en los años recientes y también uno de los más rendidores, Novato del Año, futuro campeón bate y Jugador Más Valioso de la Liga Nacional.
La iniciativa del comisionado Bud Selig derivó en la prohibición de bloquear el home, desterrar las clásicas colisiones que conllevaban tanta espectacularidad como riesgo. Siempre se recuerda el caso de Ray Fosse, malogrado por Pete Rose en un Juego de Estrellas, pero no fue el único; sólo que antes no era común hablar del síndrome de post conmoción cerebral, que afecta a tantos receptores, como antes también hubo muchos pitchers que lanzaban con ligamentos lastimados y a pesar del dolor, décadas atrás.
La pelota ha cambiado y uno de esos cambios es este. Pero más allá de las posiciones en contra, la mayoría nacidas de la nostalgia o la testosterona, la verdad es que la espectacularidad no ha desaparecido. Es diferente, eso sí. Ahora vemos corredores zambullirse de cabeza en el plato, algo casi impensable antes, y apreciamos cómo habilidosos corredores han desarrollado la capacidad para escurrírsele a los catchers, arrancando aplausos y elogios.
Todo esto está detrás de esa norma, que para algunos es antipática y para otros es natural, bajo el argumento de que los jugadores no son gladiadores y su salud sí importa.
Lo del domingo no tuvo bemoles. La jugada del décimo inning, lamentablemente para el Caracas, fue sentenciada por los umpires con apego a lo ordenado por el reglamento. El receptor no puede estar en el camino del corredor, aunque éste venga lejos, y eso puede medirse fácilmente por la línea de cal que va de la esquina caliente al pentágono. Si el tiro del outfield viene en esa dirección, el careta está obligado a pararse un poco más adelante o un poco más atrás, y actuar como un infielder.
Hubo mascotas que protestaron de inmediato. Miguel Montero, por ejemplo, repudió la regla en su nacimiento y dijo que no había forma de cumplirla. Pero hubo. Él y todos sus colegas terminaron aprendiendo a lidiar con el cambio y ya eso no es noticia en la MLB.
Acá lo fue, atizado por los ánimos caldeados y las declaraciones destempladas. Pero si la ley existe, debe aplicarse. Lo irregular sería pasarla por alto.
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Columna publicada en El Nacional, en su edición digital del miércoles 16 de enero de 2019. No pudo circular en papel debido a las restricciones que sufre la prensa venezolana.
Ignacio Serrano

