Bitácora de un naufragio
El emergente
Ignacio Serrano
¿Qué pasó con el Magallanes? ¿Por qué un equipo que cuenta con centenares de peloteros en su nómina y decenas de figuras, incluyendo una veintena de grandeligas, llegó devastado a los playoffs?
Es más fácil explicar las derrotas en las series contra Caribes y Cardenales, fruto de esa clara minusvalía. Se gana y se pierde, el deporte es así, y muy a menudo el derrotado es quien menos argumentos puede poner sobre la mesa.
Los turcos tuvieron dos caras completamente distintas. Por eso, lamentablemente, cierran con tan amargo sabor en los labios, cuando el balance debería ser positivo.
El primer rostro corresponde a la eliminatoria. Los Navegantes empezaron el torneo con el orgullo herido y la obligación de clasificar, y de clasificar bien.
Fue una debacle, el campeonato anterior. La gerencia llegó a la campaña 2017-2018 con la responsabilidad de no fallar. Le dio el mando a Omar Malavé y redondeó un roster altamente competitivo, que dominó durante semanas el primer lugar, que por muy poco le aplicó un zapatero al Caracas y cerró segundo detrás de Cardenales, por muy poca diferencia.
Ese resumen demuestra que la primera tarea se cumplió. La nave necesitaba recobrar el orgullo y su rol protagónico. Le urgía volver a los playoffs y lo logró.
El otro rostro ya venía asomando en diciembre, pero muchos no lo vieron. Estaba oculto detrás de una ofensiva temible y un balance de victorias que se nutrió del calendario de octubre y noviembre, cuando la nómina tuvo su mejor balance.
Las lesiones y deserciones forzadas hicieron lo suyo. Se marchó Adonis García. José Tábata nunca estuvo sano. Frank Díaz ni siquiera vino. Andrés Eloy Blanco se fracturó. Luis Torrens se lastimó. Los más jóvenes se marcharon por cuentagotas: Humberto Arteaga, Gioskar Amaya, Miguel Aparicio, José Briceño, Samir Duéñez, Henry Centeno, José Gregorio Castillo, Jesús Zambrano, Luis Rengifo, Ismael Guillón, todos ellos llegaron y se fueron.
El recuento es necesario, porque el galeón llegó desmantelado a enero. La rotación se veía frágil. La banca quedó sin reservas. En varios compromisos sólo hubo dos o tres suplentes. Uno de ellos, Yolberth Gideón, fue llamado a la carrera. Fue obligatorio tomar a Alí Castillo en el segundo draft, en vez de buscar pitcheo, porque faltaban peloteros de posición.
Malavé hizo el recuento apenas horas antes de caer por última vez. Tenía razón. La suya no era la queja de un mal perdedor, era el retrato de una divisa repentinamente mermada, que se quedó sin piezas para plantarle cara a Cardenales, en una batalla desigual que los larenses se llevaron en el mínimo de cuatro compromisos.
¿Cuánto de eso fue infortunio y cuánto se pudo evitar? ¿Por qué un club con tanta profundidad terminó buscando debajo de las piedras a alguien que ayudara como suplente? ¿Era posible planificar mejor, administrando el talento disponible?
Esas preguntas sólo puede responderlas el alto mando magallanero. Es verdad que muchos peloteros se marcharon por petición de sus organizaciones en la MLB, pero Lara y Anzoátegui pudieron mantenerse más o menos enteros. ¿Por qué los turcos no?
Las últimas semanas fueron de desesperación, trayendo relevistas del extranjero para asumir el rol de abridores. Fue ese el epílogo de una zafra que comenzó bien y tuvo un final para el olvido.
Columna publicada en El Nacional, el jueves 18 de enero de 2018.
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