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El arma secreta de Cardenales

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El emergente
Ignacio Serrano

El arma más letal en la ofensiva de Cardenales no ha tomado un solo turno al bate en este campeonato, ni lo tomará.

Selwyn Langaigne fue un habilidoso toletero, pieza importante de aquellos pájaros rojos de finales del siglo pasado y comienzos de este. No fue protagonista principal, porque compartía el roster con Luis Sojo y Giovanni Carrara, miembros de nuestro Salón de la Fama, y los grandeligas Robert Pérez, Edwin Hurtado, César Izturis, Miguel Cairo y Kelvim Escobar.

Langaigne no llegó a las Mayores ni ganó una estatuilla en Valencia como jugador, a pesar de sus tres cosechas sobre .300 y sus 16 campañas. Pero hoy ejerce un papel decisivo en el brillante recorrido de Lara, que cerró la eliminatoria con .318 de average colectivo, el promedio más elevado para cualquier club en la historia de la LVBP.

El caraqueño es el instructor de bateo crepuscular. Desde octubre, trabaja antes de cada encuentro, conversando con sus pupilos y ajustando el swing de cada quien.

Es lo que hacen todos los coaches. La diferencia está en la capacidad del técnico para poner a sus alumnos en la misma página.

Langaigne no fue un jonronero, aunque tenía fuerza suficiente para enviar la pelota lejos, por los callejones. Lo suyo era estudiar a los rivales, esperar el envío bueno y poner la parte gruesa del bate allí donde iba la pelota.

En Barquisimeto encontró un grupo dispuesto a aplicar esa lección.

La gerencia occidental hizo su trabajo al ensamblar una divisa que prometía batalla incluso durante el slump inicial, con siete derrotas consecutivas a comienzos del torneo. Pero el secreto para convertirse en la maquinaria implacable que demolió al Zulia y ahora al Magallanes está en el denuedo de Langaigne.

El instructor ha hecho énfasis en tomar lanzamientos, dejando pasar los malos; obligar al monticulista a hacer más pitcheos, lo que acorta su estadía en el morrito y facilita golpear mejor la bola; irse con los envíos, en vez de tratar de halarlos todos; atacar menos al inicio de los turnos y ejercer el arte de la paciencia.

El resultado es un equipo que se parece a Langaine. Que sacrifica el swing de jonrón a cambio de multiplicar los hits. Los contrarios solían hacerle ajuste defensivo a Jesús Montero y Henry Urrutia en octubre y noviembre, hasta que se dieron cuenta —a palos— que ambos, como el resto de sus compañeros, riegan todo el terreno con sus conexiones.

Por eso Cardenales tiene marca de 33-10 desde que pisó el acelerador. Porque aunque pasen dos días sin extrabase, suman tantos incogibles y boletos que son imparables.

Dos detalles resumen la labor del instructor. Haber revertido la tendencia a fallar cuando había corredores en circulación, por la costumbre de sus pupilos de cambiar de plan en el home y ser más agresivos; tras 15 días de trabajo, ya todos seguían el mismo plan, hubiera o no hombres en las bases. Y luego, claro, ha estado la evolución de Elvis Escobar, el último en comprar la propuesta, toletero de reconocida agresividad en el plato, convertido en alumno avanzado en este enero, con .281 de average, cercano a lo que acostumbra, pero con .395 de OBP, un contraste frente al .306 de su carrera y que se justifica porque ahora ve cuatro y cinco pitcheos por turno.

Todos son logros de Langaigne, el arma más peligrosa y callada de los larenses.

Columna publicada en El Nacional, el miércoles 17 de enero de 2018. 

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