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Al maestro, con cariño

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El emergente
Ignacio Serrano

El teléfono gris sonó con fuerte timbre. “¡Agárralo, que puede ser una noticia!”, habrían gritado Cándido Pérez o Johnny Villarroel. Esa mañana, sin embargo, la sección de Deportes estaba desierta. Todos los reporteros habían salido a patear la calle. El único allí era el pasante. Yo.

Una voz conocida salió del auricular. “Aquí Rubén Mijares, ¿quién habla allí?”.

Rubén era un ídolo para quienes crecimos con el sueño de algún día seguir los pasos que él, que Juan Vené, Humberto Acosta o Rodolfo José Mauriello habían dado antes que nosotros. Nunca habíamos conversado.

Era mayo o junio de 1988 y Jesús Cova, ese otro maestro sabio y entrañable, me había asignado la tarea de escribir una sección diaria llamada De Olimpia a Seúl, con anécdotas sobre los Juegos Olímpicos.

“Aquí habla Ignacio Serrano”, respondió el veinteañero, en puntas de pie. “Ahhhh…”, soltó él. “De Olimpia a Seúl. Está buena la columna, carajito”.

Rubén Mijares me leía. Todavía hoy revivo esa emoción.

No tardé en constatar que él leía todo y a todos. No se escribe tan bien si no se lee con voracidad, y él era un fino redactor. Revisaba los periódicos de circulación nacional para constatar lo que cada uno publicaba. Por eso sentía frustración cuando, ya septuagenario, comprobaba que alguno de sus más jóvenes colegas no sabía lo que había aparecido en un diario rival.

Rubén era duro, exigente, áspero con frecuencia, cuando se trataba de nuestra profesión. En una Serie del Caribe en la que fue jefe de prensa, hace poco más de 10 años, le planteamos una serie de quejas sobre dificultades en nuestras labores. Él nos miró con esa mueca descendente en los labios que era tan suya: “Yo nunca necesité eso para hacer bien mi trabajo”.

Era verdad. Lo decía el mismo que, estando de paso en Nueva York, en 1968, coincidió con el asesinato de Robert Kennedy y se las arregló para realizar una cobertura que marcó diferencia, y que él, 30 años antes de la existencia del correo electrónico, enviaba cada día con los pilotos de Viasa, junto con fotografías exclusivas para Venezuela que personalmente tramitaba con The Associated Press.

Nadie ha analizado mejor el juego que él. Escucharlo con Alfonso Saer era un placer y una escuela. Telegráfico, punzante y acertado, Rubén inventó los tuits antes de existir el celular. Nunca le tuve más presente en mi vida que en estos tres meses en los que he tenido el privilegio de sentarme en la misma silla que él ocupó, en el circuito de Cardenales. Todavía no lo logro como tú habrías querido, Rubén, pero te pienso con cada comentario.

Nunca volvió a dedicarme un elogio, como aquel de 1988. Reímos y hablamos tantas veces, yo preguntaba, escuchaba y aprendía. Él contaba y a menudo regañaba. Cuánta fortuna llevarlo hoy conmigo.

El Emergente comenzó a batear en los años 90, en el mismo espacio que alguna vez ocupó Beisbol por dentro, su tan leída columna. Una mañana me detuvo en la calle el “Diablo” Víctor Ramírez, veterano empleado de la rotativa del diario. “Leí tu columna de beisbol”, dijo. “¿Y qué le pareció?”, preguntamos. “Me gusta más Rubén Mijares”. Touché. A mí también.

Rubén se nos fue en el Día del Maestro. Es tanta la coincidencia, que nos saca una sonrisa entre las lágrimas. Gracias, admirado amigo. Seguiré tratando de aprender.

Columna publicada en El Nacional, el martes 16 de enero de 2018. 

Haz click aquí para leer otras entregas de la columna El Emergente

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