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En recuerdo del Musiú Lacavalerie

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El Emergente
Ignacio Serrano

Musiú (izq) junto con Luis Aparicio y Juan Vené
El Salón de la Fama del Beisbol en Venezuela ha ido poniéndose al día con esa enorme deuda acumulada con la memoria de nuestro pasatiempo nacional. No ha sido fácil ni podía saldarse en un lapso de pocos años. Los orígenes de la pelota en Caracas y Maracaibo ya eran centenarios en 2002, al nacer el Museo de Valencia. Eran muchas las leyendas, los umpires, los dirigentes, los managers y las selecciones nacionales que esperaban por un reconocimiento.

Eso incluye también a las figuras de la comunicación social, que progresivamente han recibido un lugar en el pabellón, desde Abelardo Raidi y Hermann “Chiquitín” Ettedgui, pasando por Pancho Pepe Cróquer, Delio Amado León, Carlos Tovar Bracho, Juan Vené, Dámaso Blanco (que entró por su merecimiento múltiple) y Carlitos González, llegando hasta Rubén Mijares, el más reciente integrante de la lista.

Por supuesto, restan grandes nombres alrededor de quienes tejer sabrosas discusiones sobre sus méritos y su legado. Ocurre en cada área del juego, y no podía ser menos entre los periodistas. Pero en este último grupo, hay uno que tiene talla comparable a esos grandes que lograron su entronización, y este sería un buen año para hacer justicia.

Hablamos del Musiú Lacavalerie.

El Musiú nos dejó demasiado pronto. Tenía 71 años de edad cuando murió, en 1994. Varias generaciones de aficionados se han perdido de su gracia, de esa chispa inigualable, del toque incomparable que tenía para describir los juegos.

Nadie que le haya oído puede haberle olvidado. Formó un memorable tándem con Tom González, uno de los analistas más sobrios y sesudos que haya pasado por la LVBP. Y con Tom se trenzaba en un toma y daca, donde él ponía la risa y su compañero hacía el balance.

El circuito de los Tiburones era el más entretenido de todos, sin duda. De hecho, lo bautizó con tino “El Circuito Alegre de los Tiburones de La Guaira”. Pero fue un precursor en muchos otros modos; antes de él, los equipos de trasmisión no viajaban a los estadios rivales, cosa que él cambió, revolucionando el oficio.

Los jóvenes que hoy ven por ESPN la nueva Cabalgata Deportiva Gillette no tienen idea de lo que era ese proyecto en el pasado, cuando se transmitía únicamente por radio y causaba verdadero fervor popular. Durante tres décadas fue una de las voces características de ese espacio, cuyo jingle resulta tan conocido para quienes hoy tienen 50 años de edad o más.

Los niños de la década de los 70 también crecimos viendo los domingos aquel programa de TV que él conducía, El Batazo de la Suerte. Allí exhibía sus dotes de extraordinario vendedor, razón de inmortalización de tantos patrocinadores, como la Joyería Arte Katino, “la joyería del gatico simpático”, como él le decía.

Grandes comunicadores de nuestra pelota aún esperan por un lugar entre los consagrados. Felo Ramírez, Leo Nazar, Foción Serrano, Gonzalo López Silvero, Tom González, Arturo Celestino Álvarez, Heberto Castro Pimentel, Luis Verde, Beto Perdomo, José Aníbal Manzo, Alfonso Saer, Gerardo Quintero y Humberto Acosta son nombres imprescindibles en nuestros medios de comunicación.

Seguramente podemos añadir otros. Pero el Musiú se nos fue hace mucho, demasiado tiempo ya, y no ha habido otro como él. Hay que darle su lugar en la historia de nuestro pasatiempo nacional.

Columna publicada en El Nacional, el jueves 22 de julio de 2017.

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