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La clásica goleada de España

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Ganó España a las Islas Feroe, no hay noticia en ello ni nada por lo que lo alegrarse demasiado, así que será mejor centrarse, al menos en este párrafo de presentación, en todo lo bonito que hubo antes de que empezara a rodar la pelota. Salió un domingo estupendo una vez se desperezó el sol e iluminó Gijón en el día de Asturias, vivas las calles y con la gente apurando los últimos vermuts en las terrazas antes de sacar el abrigo del armario. San Lorenzo acogía a los surfistas, los niños se divertían en la zona de aficionados que habilita siempre la Federación en la ciudad de turno y solo la figura de Quini justificaba el que se hablara, muy de refilón, del partido de la selección. Era la noche del Brujo, futbolista eleveado a la categoría de mito, puede que el personaje más querido y representativo de la ciudad, y los minutos previos al choque sirvieron como colofón a un fin de semana repleto de actos en honor a ese delantero que tantos goles hacía. Vídeo de rigor, enorme lona con su imagen vestido del rojo nacional, entrega de una camiseta a uno de sus nietos... Antes, sonó el «Ahora, Quini, ahora» y la gente se acordó del héroe, aunque en realidad eso pasa a diario en estos lares. Para ir acabando con esta presentación atípica, y dado que el día invitaba al homenaje, también se cantó el «¡Ya no puedo máaaas!» de Camilo Sesto y se guardó un minuto de silencio por Xana, la hija pequeña de de Luis Enrique. Bueno, de silencio no fue, pues unas gaitas fúnebres hicieron más emotivo el gesto.





Ya toca hablar de fútbol, o al menos se intentará en las próximas líneas. Como ya se ha dicho, ganó España y lo hizo como tantísimas otras veces, generando este tipo de partidos la clásica pregunta. ¿Realmente hay que jugar contra selecciones tan inferiores? Islas Feroe es un equipo sin profesionales reconocidos, 155 del mundo, tan anónimos sus chicos que un par de horas antes del duelo se les ve en la puerta del hotel en el que se alojan jugando con una pelota de goma sin que nadie repare en ellos. A la pregunta, la respuesta es que sí, hay que jugar contra selecciones tan inferiores, pero hay que hacerse a la idea de que en la gran mayoría de ocasiones pasará lo que pasó ayer en El Molinón.


Y lo que pasó es que España completó una actuación de la que, en lo futbolístico, jamás se volverá a hablar. No porque lo hiciera mal, no sería justo sacar la vara y empezar a repartir, sino porque cuesta horrores enchufarse y contagiar al personal cuando ya sabes que el triunfo está garantizado y que el enemigo se te va a encerrar ya que la única preocupación que tiene es evitar la humillación. Pues eso, 2-0 y a dormir con la clasificación para la Eurocopa resuelta (ganando en Noruega casi que bastaría).


Ramos y su récord
De lo que sí se hablará es de que en Gijón llegó otro récord de Sergio Ramos, al que su obsesión por sumar internacionalidades le hizo ser titular para llegar hasta las 167, que son las que acumuló Íker Casillas. Más allá de la brutalidad de la gesta, Ramos no rota, él está por encima de todas esas cosas, y es más que cuestionable esa postura con todo lo que queda de curso. Además, se empeña siempre en buscar el gol y anoche se le vio más en el área ajena que en la propia.


El otro que repitió en el once con respecto al duelo ante Rumanía fue Rodrigo, comprensible en este caso porque el delantero necesita mimos y confianza. Desde hace ya un tiempo, Rodrigo ha pasado a ser el «9» de España y ayer se ganó el pan con dos goles que el elevan el ánimo después de un verano de despedidas para que al final no se fuera. Cogió el coche de Mestalla al Wanda y terminó vistiendo otra vez de blanquinegro, un mes complejo en lo emocional y que le está pasando factura. Con los tantos ante las Islas Feroe (el primero, a placer tras un pase de Oyarzábal; el segundo, después de un buen remate con la izquierda que desvió un defensa), ya van siete con la selección.


Del resto, poco que destacar, siendo la alineación de Robert Moreno una revolución previsible en toda regla. Hasta nueve caras distintas en el once, con De Gea en la portería y al que se le debe reconocer que intervino con éxito en las dos únicas acciones de peligro de los nórdicos. La segunda fue de mérito, salvando con los pies un mano a mano ante Bjartalio después de una pifia de Ramos.


No hubo la energía de Bucarest, tampoco los laterales pudieron profundizar tanto, y entre líneas era casi imposible circular porque había una marea de piernas escandinavas. Se trataba, pues, de rellenar el formulario sin tachones y evitar males mayores, concediendo las dos dianas de Alcácer (12 en 17 encuentros) un resultado más decoroso para dignificar a Quini y a su magia. Él era el gol.

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