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El político por quien pasé la noche en vela, contagiado de fiebre electoral

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A quienes peinamos canas, el ambiente electoral nos pone un poco melancólicos, porque recordamos otros tiempos en los que la política se vivía como una auténtica fiesta.

Con ese ánimo, dejamos que el pasado nos asalte y que las anécdotas recuperen el protagonismo que alguna vez tuvieron. En mi caso, la memoria me toma de la mano y me conduce a los primeros días de enero de 1978, cuando era un niño de 8 años.

Mi prematura visión del mundo de entonces me hacía creer que solo podían ser famosos y admirados los cantantes –en especial, Olivia Newton John–, los escritores –sobre todo Agatha Christie–, los actores –Lee Majors, por supuesto–, los superhéroes –principalmente Drácula, por extraño que parezca– y los pintores, como el señor que había creado la Mona Lisa.

Todo cambió una tarde en que mi tío David nos entregó una bandera a cada güila, nos subió a su carro y nos llevó a recorrer la ciudad mientras agitábamos los emblemas empalados y gritábamos el apellido de un hombre al que no conocíamos.

Gracias a este fulano, representado por los colores celeste y blanco y una enorme “U” roja, tuve mi primer contacto con la política y comencé, de manera temprana, precoz y casi fanática, a conjugar las ideas del gobierno del pueblo.

No estaba tan equivocado en mi concepto de fama; después de todo: aquel hombre era un artista de la palabra, un gran orador y un gran poseedor de carisma, algo que tanta falta nos hace hoy.

Los chiquillos del barrio, en aquella Alajuela de antaño, coleccionábamos con obsesión cuanta indumentaria, bandera, afiche o elemento existiera sobre él y su partido –extraño, pero había hasta vasos y azafates–. Extasiados, asistíamos a cuanta manifestación hubiera y éramos felices cada vez que nuestros padres nos llevaban a una concurrida caravana. Tener el juego de visera y camiseta equivalía, en mi universo infantil, a poseer los juguetes de La Guerra de las Galaxias, o la colección completa de discos de Olivia Newton John.

Recuerdo el día en que el candidato visitó la casa de don Juan Lara, uno de los vecinos. La residencia fue inundada por un mar de gente que intentaba estrecharle la mano, tocarlo, como si se tratara de un santo capaz de limpiar pecados y disipar problemas con solo rozar a sus devotos. Creo que a mí apenas me tocó la cabeza; pero eso bastó para sentirme bendecido y pasar la noche en vela, contagiado por la fiebre electoral.

El primer político que conocí se llamaba Rodrigo Carazo Odio. Le correspondió gobernar en tiempos muy difíciles, que hasta los niños advertimos. Escaseaba todo, el dólar se desplomó y la histeria de los mayores se transmitía a los pequeños. El tiempo se ha encargado, de dar otras interpretaciones a la historia oficial, más pasional que otra cosa, que juzgó su gestión de forma alarmante y desdeñosa.

Una tarde gris de diciembre de 2009 asistí a su funeral. Mi corazón de niño llevó, a regañadientes, hasta la catedral de San José al adulto que ahora miraba la política con desencanto. Como en un vuelo sobrevendido, la gente se amontonaba, se empujaba y buscaba un espacio dentro de un templo desbordado.

Había de todo: jóvenes, adultos, ancianos y hasta bebés cuyos padres querían hacerlos testigos de una página de la historia que parecía cerrarse en aquella tarde triste, en la que incluso el clima parecía estar de duelo. El sol, tímido, intentaba colarse entre la multitud, como si quisiera rendir honores.

El carisma de “el Macho Carazo” flotaba en el aire. Estaba en las palabras y en los corazones de todos los presentes, que nos convertimos en dolientes absolutos cuando ingresó el féretro. Recostado a una columna, fui alcanzado por la onda expansiva del afecto que estallaba en el ambiente. Las lágrimas asomaron y, como suele ocurrir, trajeron consigo al recuerdo. Entonces, conmovido, agradecí su caricia sobre mi cabeza y la responsabilidad que despertó en mí su ejemplo: cuestionar siempre los acontecimientos e intentar contribuir a transformar aquello que no está bien.

Eso hizo el primer político que conocí. Eso mismo espero de quienes hoy pretenden conducir a esta nación hacia un mejor destino.

algonzalezcr@yahoo.ie

Alfredo González es escritor, periodista y productor audiovisual.

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