Una lección de golf para inversores
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Para aquellos lectores que no sean aficionados al golf, el nombre de Hideki Matsuyama, a buen seguro, no les dirá nada. Hace pocas semanas se convirtió en el primer golfista japonés en enfundarse la icónica chaqueta verde que identifica al ganador del Masters de Augusta, convirtiéndose, a la vez, en el primer ciudadano nipón de la historia en alzarse con uno de los cuatro ‘grandes’ del circuito. Una rara avis, en resumidas cuentas, el caso de Matsuyama.
Para aquellos inversores domésticos con una trayectoria dilatada, la Bolsa japonesa, en un porcentaje a buen seguro rayano en la totalidad, ha generado una percepción negativa o, en el mejor de los casos, de indiferencia durante las tres últimas décadas; percepciones con germen en el estallido de la burbuja inmobiliaria y de activos –’baburu keiki’ en japonés– que tuvo lugar a comienzos de la década de los 90 del siglo pasado en la que, por aquel momento, era la segunda economía del mundo.
Muchos asesores financieros en España recordarán lo habitual que era que sus clientes, a la hora de repasar con ellos sus carteras de inversión, durante muchos momentos de los treinta últimos años, formulasen la primera pregunta de la reunión en estos términos: «¿Por qué estamos invirtiendo en Japón?». La pregunta era tan lógica, por el contraste de las pérdidas en el epígrafe de la Bolsa japonesa con el cuasi monólogo de ganancias en el resto de partidas de la cartera, como irrelevante, pues el peso en los activos japoneses no solía superar en promedio un 2% del total del portafolio. Un cerezo en una pradera verde, aunque no precisamente agradable a la vista como los de Kioto. Otra rara avis el caso de la renta variable de Japón.
Extendiendo el análisis fundamental de los activos financieros al green de un campo de golf, se puede llegar a la conclusión de que la victoria de Matsuyama en la casa club del Augusta National Golf Club no fue una casualidad. Aunque lejos de los 18 millones de jugadores federados con que contaba Japón antes del estallido de la burbuja (no sólo a la bolsa le pasó factura la crisis), casi 6 millones de japoneses –un 5,5% de la población adulta– completaron al menos un recorrido en 2019. No es baladí, asimismo, que 170.000 nuevos jugadores se iniciaran en este deporte en un año tan complicado como 2020, que los ingresos en este sector se hayan mantenido estables durante la última década en una economía donde las ventas en muchas actividades de ocio han caído o que existan 3.100 campos de golf en Japón, sólo por detrás de EE.UU. a escala mundial, con la dificultad añadida de que tres cuartas partes del país son montañosas y el resto están intensamente urbanizadas o explotadas agrícolamente.
Tampoco parece una casualidad que el índice Nikkei 225, uno de los principales selectivos de la bolsa japonesa, revisitara la cota de los 30.000 puntos hace pocas semanas, niveles desconocidos desde julio de 1990. Cualquier golfista es perfecto conocedor de que el juego largo en el golf es la base de este deporte. Habitualmente, un profano en la materia se fijaría más en la técnica de juego corto, en la precisión y la concentración necesarias para acabar un hoyo; sin embargo, para llegar al green con posibilidades es imprescindible un juego largo óptimo. Que la Bolsa de Tokio se haya revalorizado casi un 200% en el último decenio, batiendo a muchos comparables OCDE, es una cuestión de un ‘juego corto’ acertado y favorecido en buena medida por un banco central muy generoso en materia de estímulo (ha comprado activos, cuya contrapartida es más liquidez en la economía, por un importe equivalente al 130% del PIB nominal de Japón). Es decir, el banco central ha colocado la bandera en una posición fácil.
Que la bolsa de Tokio haya crecido casi un 200% en diez años es cuestión de un ‘juego corto’ acertado, favorecido por un banco central muy generoso
La pandemia, sin embargo, nos deja una serie de desafíos que sólo aquellas economías que sean pioneras, como ha sido Matsuyama, o estén mejor posicionadas por idiosincrasia podrán afrontar con cierta solvencia en el largo plazo. En este sentido, Japón cuenta con un ‘juego largo’ sólido en materia de desigualdad (es la economía del G-7 donde más ha crecido la renta per cápita durante el último lustro con el segundo coeficiente de Gini más bajo), endeudamiento (absorción doméstica y superávit holgado por cuenta corriente), sostenibilidad e inclusión (Womenomics como ejemplo), liderazgo tecnológico o posición en las cadenas de valor globales (eslabón clave). Como en el golf, los fundamentales son compatibles con que la Bolsa japonesa conquiste en algún momento la chaqueta verde del mercado.
Alfonso García Yubero es director de Estrategia Santander Private Banking
Para aquellos inversores domésticos con una trayectoria dilatada, la Bolsa japonesa, en un porcentaje a buen seguro rayano en la totalidad, ha generado una percepción negativa o, en el mejor de los casos, de indiferencia durante las tres últimas décadas; percepciones con germen en el estallido de la burbuja inmobiliaria y de activos –’baburu keiki’ en japonés– que tuvo lugar a comienzos de la década de los 90 del siglo pasado en la que, por aquel momento, era la segunda economía del mundo.
Muchos asesores financieros en España recordarán lo habitual que era que sus clientes, a la hora de repasar con ellos sus carteras de inversión, durante muchos momentos de los treinta últimos años, formulasen la primera pregunta de la reunión en estos términos: «¿Por qué estamos invirtiendo en Japón?». La pregunta era tan lógica, por el contraste de las pérdidas en el epígrafe de la Bolsa japonesa con el cuasi monólogo de ganancias en el resto de partidas de la cartera, como irrelevante, pues el peso en los activos japoneses no solía superar en promedio un 2% del total del portafolio. Un cerezo en una pradera verde, aunque no precisamente agradable a la vista como los de Kioto. Otra rara avis el caso de la renta variable de Japón.
Extendiendo el análisis fundamental de los activos financieros al green de un campo de golf, se puede llegar a la conclusión de que la victoria de Matsuyama en la casa club del Augusta National Golf Club no fue una casualidad. Aunque lejos de los 18 millones de jugadores federados con que contaba Japón antes del estallido de la burbuja (no sólo a la bolsa le pasó factura la crisis), casi 6 millones de japoneses –un 5,5% de la población adulta– completaron al menos un recorrido en 2019. No es baladí, asimismo, que 170.000 nuevos jugadores se iniciaran en este deporte en un año tan complicado como 2020, que los ingresos en este sector se hayan mantenido estables durante la última década en una economía donde las ventas en muchas actividades de ocio han caído o que existan 3.100 campos de golf en Japón, sólo por detrás de EE.UU. a escala mundial, con la dificultad añadida de que tres cuartas partes del país son montañosas y el resto están intensamente urbanizadas o explotadas agrícolamente.
Tampoco parece una casualidad que el índice Nikkei 225, uno de los principales selectivos de la bolsa japonesa, revisitara la cota de los 30.000 puntos hace pocas semanas, niveles desconocidos desde julio de 1990. Cualquier golfista es perfecto conocedor de que el juego largo en el golf es la base de este deporte. Habitualmente, un profano en la materia se fijaría más en la técnica de juego corto, en la precisión y la concentración necesarias para acabar un hoyo; sin embargo, para llegar al green con posibilidades es imprescindible un juego largo óptimo. Que la Bolsa de Tokio se haya revalorizado casi un 200% en el último decenio, batiendo a muchos comparables OCDE, es una cuestión de un ‘juego corto’ acertado y favorecido en buena medida por un banco central muy generoso en materia de estímulo (ha comprado activos, cuya contrapartida es más liquidez en la economía, por un importe equivalente al 130% del PIB nominal de Japón). Es decir, el banco central ha colocado la bandera en una posición fácil.
Que la bolsa de Tokio haya crecido casi un 200% en diez años es cuestión de un ‘juego corto’ acertado, favorecido por un banco central muy generoso
La pandemia, sin embargo, nos deja una serie de desafíos que sólo aquellas economías que sean pioneras, como ha sido Matsuyama, o estén mejor posicionadas por idiosincrasia podrán afrontar con cierta solvencia en el largo plazo. En este sentido, Japón cuenta con un ‘juego largo’ sólido en materia de desigualdad (es la economía del G-7 donde más ha crecido la renta per cápita durante el último lustro con el segundo coeficiente de Gini más bajo), endeudamiento (absorción doméstica y superávit holgado por cuenta corriente), sostenibilidad e inclusión (Womenomics como ejemplo), liderazgo tecnológico o posición en las cadenas de valor globales (eslabón clave). Como en el golf, los fundamentales son compatibles con que la Bolsa japonesa conquiste en algún momento la chaqueta verde del mercado.
Alfonso García Yubero es director de Estrategia Santander Private Banking

