2026, el salto tecnológico que ningún CEO puede ignorar
Si 2025 fue el año en que las organizaciones mexicanas entendieron que la inteligencia artificial (IA) ya no era un experimento, 2026 será el año en que la tecnología se convierta en el nuevo criterio de supervivencia. Lo vimos a lo largo de este último año: compañías de todos los tamaños se han dado cuenta de que podían avanzar más rápido de lo que creían, pero también de que el rezago tecnológico cobra una factura altísima.
Empecemos con un dato, Gartner estima que el gasto mundial en TI, por primera vez, superará los 6 billones de dólares en 2026. Ese número, más que un índice económico, es una señal cultural. Habla de empresas que están reconstruyendo su arquitectura tecnológica desde lo esencial, y de un mundo que empieza a tomar decisiones con la velocidad con la que evolucionan los modelos de IA. Significa que lo que antes era un proyecto a tres años, hoy debe resolverse en seis meses.
Sin duda alguna, la inteligencia artificial será la tecnología que seguirá reflejando este crecimiento exponencial, y hoy es difícil encontrar otro vector con una velocidad de expansión comparable. 2025 dejó hitos muy concretos que lo confirman: OpenAI lanzó sus primeros agentes autónomos operando en entornos reales, Google integró Gemini en toda su suite empresarial, Microsoft generalizó copilots en Windows y Dynamics; y Amazon Web Services presentó Q, su asistente corporativo diseñado para operaciones complejas. Al mismo tiempo, NVIDIA superó el valor de mercado del sector energético estadounidense, impulsada por la demanda global de aceleradores para IA, y los grandes proveedores de nube anunciaron sus mayores planes de expansión de centros de datos en años. 2026 obliga a replantear la arquitectura completa del negocio. Para todos los CEOs y CTOs la primera prioridad es volverse realmente AI-ready: no acumular herramientas, sino construir las bases, datos gobernados, procesos estandarizados, infraestructura capaz de escalar, que permitan que la IA funcione con seguridad, trazabilidad y propósito.
La segunda es asumir que la resiliencia, además de la ciberseguridad, es la métrica central de continuidad: identidad, automatización, recuperación, respuesta autónoma, todo debe operar como un solo sistema, no como áreas aisladas.
La tercera, quizás la más desafiante, es reorganizar talento y procesos para moverse al ritmo de la tecnología. No se trata únicamente de capacitar equipos, sino de rediseñar cómo trabajan, cómo deciden y cómo colaboran.
Para los clientes y usuarios finales, esta transformación no es abstracta: redefine su vida diaria. A medida que las empresas se vuelven más AI-ready y cuenten con aliados estratégicos para acompañarlos en este proceso, los servicios serán más personalizados, más rápidos y más intuitivos; los tiempos de espera se reducirán, las operaciones se simplificarán y las experiencias digitales serán mucho más predictivas que reactivas. Pero también implica nuevas expectativas: los consumidores demandarán transparencia en el uso de sus datos, respuestas inmediatas y plataformas que funcionen siempre, sin fallas.
En un mundo donde la IA sostiene desde operaciones bancarias hasta sistemas de salud, cualquier interrupción afecta directamente a las personas. Por eso la resiliencia, esa capacidad de seguir operando aunque algo falle, no es solo una prioridad técnica, sino una promesa hacia el usuario final. En 2026, la diferencia entre empresas líderes y rezagadas será visible en lo más cotidiano: la calidad, continuidad y confianza de los servicios que reciben millones de personas.

