Carolina Marín, la heroína que conquistó un imposible: una española, la mejor del mundo de bádminton
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Se había apuntado a flamenco, pero un día La IES La Orden invitó a los niños del colegio al pabellón Diego Lobato en el barrio de Santa Marta a jugar al bádminton. Allí fue, con su amiga Laura, que ya lo practicaba, a ver en qué consistía ese deporte. Ahí, por simple curiosidad, comenzó la leyenda de Carolina Marín. Al talento para empuñar la raqueta se unió el empeño por un imposible: ser la mejor del mundo en este deporte casi desconocido en España y que dominaba el imperio asiático con absoluta superioridad. «Me llamó Miguel Ángel Fernández, el monitor, cuando Carolina llevaba dos meses jugando y me dijo: esta niña asombra, gana a todos los niños de su edad y a mayores», rememora Paco Ojeda, profesor de Educación Física del IES La Orden y uno de los primeros mentores de Marín. Tanto el talento y las ganas que ponía la jugadora que empezaron los torneos oficiales: «Ella está disfrutando y tiene ansias de jugar bien, es muy competitiva, y le proponemos a sus padres, Gonzalo y Toñi, llevarla al campeonato territorial benjamín. Y aceptaron. El resultado fue asombroso: les ganó a todas; solo en la final perdió contra una chica de Triana que llevaba muchos más años y era mayor que Carolina. Fue subcampeona, pero ya marcaba la diferencia». Tanto es así que al año siguiente, con 13 años, ya estaba incluida en la escuela de tecnificación, con Santiago Arroyo. «Era concentrada, no se despistaba. Se lo tomaba muy en serio y era muy competitiva. Santiago nos decía: no quiere perder ni en las pachanguitas ni en los entrenamientos. Y si algún compañero se despistaba o se relajaba, porque no todo el mundo está el cien por cien, ella se molestaba mucho», refleja Ojeda. Empezó a asomarse por todos los podios, y a subir de categoría a la velocidad del volante que impactaba con su raqueta. Pronto ganó el campeonato de España alevín y Ojeda se convirtió en su guía, su mano, su mentor, su todo. «Me recorrí toda España y las islas compitiendo porque ella lo demandaba, y para el club era un puntazo haber formado una campeona, porque esa ha sido siempre nuestra vocación: formar campeones, pero también mostrarles el camino que les aporte una formación y un crecimiento personal único que los ayude al desarrollo de su vida». Con 14 años, ese camino la llevó a ganar un campeonato júnior, aunque era cadete, y a una bifurcación: seguir en Huelva con su familia y amigos de siempre o dar un paso más hacia las alturas en Madrid, pues Carolina llama la atención de la Federación y de un Fernando Rivas que la quiere para seguir construyendo ese imposible. «Carolina es hija única, y para Toñi fue una decisión muy trascendente. En los años 90, la distancia a Madrid era la misma, pero no era la misma. Y no había móviles. Y Carolina tenía 14 años. Los padres lo meditaron muchísimo, pero pudo más la oportunidad que tenía su hija, que participó también en la decisión de progresar y vivir esta experiencia», relata Ojeda sobre ese punto de inflexión. «La etapa que ha sido conocida es con la Blume, pero sin el IES no existiría Carolina. Teníamos pocos medios, poca capacidad técnica y de entrenadores, y llegamos a pensar que no lo podíamos dar lo que necesitaba -refleja Ojeda-. Pero con lo que teníamos a mano, mira la que liamos». A partir de ahí, la residencia Blume y un plan de entrenamientos innovadores con Rivas, que perfila la técnica, los golpes y la mentalidad de Carolina porque ambos quieren alcanzar la Luna: ser la mejor jugadora del mundo de bádminton, desde Huelva. Hay entrenamientos que ponen a prueba cualquier resistencia, que no soportaría otra mentalidad que no fuera la de Carolina Marín. Pero porque el objetivo lo merece. «Carolina asume muy bien que todo lo que hacemos es por su bien. Si la llevamos a un límite físico y mental es para prepararla para lo que ella misma nos pide: ser campeona olímpica », señalaba Rivas a este periódico en plena preparación para Tokio 2021. Pero hubo antes otras fases, un proceso explosivo en el que va derribando todas las barreras numéricas y conquistando todas las fronteras geográficas. Aprendió de sus primeros Juegos, en Londres 2012, y afinó entrenamientos y mentalidad, quería más, mucho más. Y en 2014, Carolina Marín conquista el planeta bádminton: primer oro europeo, de los ocho que logrará, y primer oro mundial, ganada la final a la china Li Xuerui. Ahí queda el dato: en ese 2014, las licencias en España no llegaban a las 7.000; en China superaban los cien millones de licencias, y con más de 250 millones de practicantes. Puesto un pie en la Luna, el binomio Marín-Rivas apuntó a los Juegos. Y en Río 2016, el oro. Atrás quedaron los días de «he llorado más que en toda mi vida» que confesaba después la onubense, los partidos contra dos chicos, las miles de horas de vídeo, los cientos de análisis de las rivales, los ventiladores para simular ráfagas, las cámaras de hipoxia, la sala de humedad para recuperarse, los estudios de los pabellones para que ni el aire ni el ruido pusieran en peligro algo que desde hacía meses ya se consideraba suyo. «Nos hemos anticipado a todo. A que en la Villa le digan que ya tiene el oro, a las rivales, a las condiciones adversas con el público, a las preguntas de los periodistas. Sí, también hemos ensayado eso», explicaba Rivas en aquel Río feliz. Con cada objetivo tachado, llegaba uno más alto. «Quiero ser la mejor de la historia». Y para eso, había que alcanzar otro oro mundial (el de 2018), y otro oro olímpico. Pero la leyenda de Carolina también está trufada de obstáculos tan o más grandes que ese muro asiático que derribó. Marín empezó su particular calvario con las lesiones de rodilla en 2019, cuando se rompió el ligamento cruzado de la articulación izquierda. En 2020 afrontó la muerte de su padre a consecuencia de las secuelas que le dejó un accidente laboral cinco meses antes. Y a pocas semanas de que llegaran los Juegos de Tokio 2020 (celebrados en 2021 por la pandemia) llegaría la lesión en el ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha y los dos meniscos de la izquierda. Pero si los éxitos definen a Carolina Marín, también lo hacen la superación de las dificultades. Así como en los entrenamientos, lo hizo con todo en la vida. No solo no bajó los brazos tras la decepción de no ir a Tokio sino que se empleó como nunca para, como decía ella misma, sacar una nueva Carolina que consiguiera ese oro en París 2024 que la encumbrara por encima de las nubes. Y estaba todo para lograrlo: unos entrenamientos todavía más difíciles, control emocional y gestión de todos los elementos habidos y por haber. Tenía todas las piezas reunidas. Y así se vivió en el pabellón de la Chapelle parisino. Solo un pequeño susto en uno de los partidos que le sirvió para tomar conciencia de lo mucho que quería este oro. Y en la semifinal, con le resultado tan a favor que casi se apuntaba su nombre en la lucha del último día, un «me he roto» que destrozó los sueños y los pronósticos. Esa rodilla derecha se quebró como lo hizo la jugadora, en lágrimas para despedirse, de pie, del objetivo y, aunque todavía no quisiera aceptarlo, del propio bádminton. Porque fue otra recuperación, otra operación, otro querer levantarse y probar, pero el tiempo y la rodilla y ella misma se fueron dando cuenta de que la vida es más que el bádminton, a pesar de que lo era todo para Carolina Marín. Y que ella lo es todo para este deporte. «Las lesiones han cortado una historia que no sabemos -subraya Ojeda-, el colmo fue cuando no pudo ir a los Juegos Tokio y lo de París ya no te digo nada, lo lloramos todos en directo. Tiene una fuerza interior y una voluntad y una capacidad de esfuerzo tremenda y lo ha demostrado en incontables ocasiones». Pero a unos días de los campeonatos de Europa, Carolina Marín decide parar y colgar una raqueta con la que escribió una leyenda inigualable, irrepetible.

