El 'Efecto Tsundoku': Por qué tu cerebro te obliga a comprar juegos en Steam que jamás instalarás
Entre rebajas, dopamina y FOMO, acumulamos bibliotecas digitales imposibles sin que eso tenga por qué arruinar el placer de jugar
Todos los jugones lo hemos experimentado: compramos juegos mucho más rápido de lo que los jugamos. Miras tu biblioteca de Steam, PlayStation o Switch y ves decenas (o cientos) de títulos pendientes acumulando polvo virtual. A este fenómeno en la jerga gamer se le conoce como backlog, o incluso con humor negro como la pila de la vergüenza. Curiosamente, no es algo exclusivo de los videojuegos: existe el término japonés tsundoku para la costumbre de acumular libros sin leer, y algo parecido ocurre con series en plataformas de streaming. Pero en los videojuegos el backlog parece especialmente extendido y visible.
Por ejemplo, un análisis reciente reveló que el usuario medio de Steam no ha tocado más de la mitad de los juegos de su biblioteca digital. En consolas la situación es similar: se estima que entre un 20% y 30% de los juegos comprados en Xbox y PlayStation nunca llegan ni a iniciarse. Y si nos vamos al total global, el valor de todos los juegos comprados y jamás jugados se calculó en torno a 30 mil millones de dólares. Es decir, no estamos solos en esto de acumular más de lo que jugamos. Ahora bien, ¿por qué sucede? Las causas son múltiples y entrelazadas, abarcando factores psicológicos, culturales y económicos.
Perspectiva psicológica: Dopamina, anticipación y FOMO
Una razón poderosa por la que compramos videojuegos que terminan en el backlog proviene de nuestra propia mente. Diversos estudios en psicología han demostrado que el cerebro libera dopamina en anticipación de una recompensa, más que al obtenerla en sí. En otras palabras, el simple hecho de esperar y planear jugar a un nuevo título ya nos produce placer. Comprar un juego en oferta o recibir esa confirmación de compra genera una pequeña euforia química; es esa misma dopamina anticipatoria la que hace que preparar un futuro maratón gamer resulte casi tan gratificante como jugar de verdad. De hecho, la ciencia indica que lo impredecible potencia más esta respuesta: la incertidumbre (por ejemplo, no saber si un juego estará rebajado nuevamente o si realmente nos gustará) aumenta la liberación de dopamina. Es un mecanismo similar al que nos engancha con las recompensas aleatorias en juegos de azar, y las tiendas digitales lo explotan con ofertas relámpago y descuentos sorpresa.
Otro impulso psicológico clave es el FOMO (Fear of Missing Out), es decir, el miedo a quedarse fuera de algo. En el contexto de los videojuegos, el FOMO nos empuja a comprar juegos por temor a perdernos experiencias que todo el mundo comenta. ¿Quién no ha sentido la presión cuando un nuevo multijugador sale al mercado y todos tus amigos hablan de él? Aunque tengas títulos pendientes, quieres ese juego nuevo para no quedarte atrás. Las rebajas masivas también disparan este miedo: las ofertas de Steam, por ejemplo, crean urgencia con temporizadores y porcentajes en verde que parecen decirnos ahora o nunca. Acabamos haciendo compras impulsivas porque no soportamos la idea de perder una ganga única. Irónicamente, ese juego de 5 que adquirimos en oferta puede quedar olvidado, pero al momento de la compra el cerebro racionaliza que más vale tenerlo por si acaso ahora que está barato.
La sobreabundancia de opciones puede derivar en otro fenómeno psicológico: la parálisis por decisión. Con docenas de títulos en la cola, elegir a qué jugar se convierte en una fuente de ansiedad. Investigadores en la psicología de la elección señalan que enfrentar demasiadas alternativas nos bloquea por miedo a elegir la menos óptima. Un artículo de The Washington Post describe cómo un jugador con un gran backlog puede quedarse congelado pensando: ¿A qué juego le doy? ¿Y si escojo uno y me aburro, habré desperdiciado mi tiempo pudiendo jugar otro mejor?.
Esa duda constante, nacida del FOMO también, puede hacer que al final ni iniciemos ningún juego y acabemos viendo Netflix, o regresando a un título conocido de confort. En personas con tendencias perfeccionistas o con TDAH, este bloqueo de elección es aún más común Así, paradójicamente, el backlog que acumulamos para tener más diversión puede generar estrés y culpa en lugar de disfrute, al menos si lo vemos como una lista de tareas incumplidas.
Perspectiva cultural: Identidad gamer y normalización del backlog
Más allá de nuestra química cerebral, la cultura del videojuego en sí misma nos empuja a acumular títulos. Ser gamer no es solo jugar, también implica pertenecer a una comunidad con sus tendencias, valores y, sí, sus consumos colectivos. En la era de Internet, estar al día con los juegos populares puede ser parte de la identidad gamer: queremos haber probado ese título del que todos hablan en Reddit, YouTube o Discord, aunque sea brevemente, para poder opinar o simplemente sentirnos parte de la conversación.
Este componente social alimenta el backlog porque los juegos se vuelven algo así como moneda cultural. Cuando medio mundo gamer comenta las sorpresas del últimoElden Ring (juego en el que en Steam colo el 23,8% de personas que lo han jugado lo han acabado) o debate teorías de Zelda: Tears of the Kingdom , muchos corremos a comprar esos juegos para no quedarnos fuera del fenómeno, incluso si sabemos que no tendremos tiempo inmediato de jugarlos en profundidad. La comunidad a veces valora más la experiencia compartida que la completa dedicación individual a cada juego.
También ocurre que en los círculos de jugadores se ha normalizado e incluso ya es meme el hecho de tener un backlog. Es frecuente ver en foros gente presumiendo (medio en broma, medio en serio) de tener cientos de juegos sin abrir en Steam. Lejos de ser algo vergonzoso, se ha vuelto casi un símbolo del entusiasta: si acumulas muchos títulos, demuestras ser un apasionado del medio, alguien que apoya a la industria comprando y que tiene gustos variados. En cierto modo, esto puede interpretarse como una colección curada que refleja quién eres como gamer.
La industria del gaming no es ajena a ello; lanza más juegos de los que cualquier persona podría jugar en una vida.
Cada juego pendiente en tu biblioteca cuenta una historia de tus intereses o aspiraciones (algún día jugaré a todos los clásicos de JRPG, tengo toda la sagaHalo esperando el momento adecuado). En lugar de ver la lista de no jugados como fracaso, muchos jugadores la ven como un catálogo personal de aventuras potenciales. Algunos analistas comparan esta tendencia con tener una estantería llena de libros por leer: cada libro (o juego) pendiente representa la promesa de un mundo por descubrir cuando haya tiempo. Bajo esta luz, el backlog deja de ser una carga y se convierte en motivo de orgullo, como quien tiene una cava de vinos añejando para ocasiones especiales.
La identidad gamer también trae consigo un elemento de coleccionismo. Desde los cartuchos en los 90 hasta las ediciones digitales actuales, coleccionar videojuegos ha sido siempre parte del hobby. Antes, los jugadores exhibían sus cajas de juegos en la repisa; hoy mostramos nuestras bibliotecas digitales o nuestras listas de logros. Comprar juegos aunque no se jueguen de inmediato satisface ese impulso coleccionista y nos reafirma como fans. Por ejemplo, un seguidor acérrimo deFinal Fantasy puede comprar todos los títulos de la saga en cuanto salen (o cuando están de oferta) para tener la colección completa, aunque sepa que tardará años en terminarlos todos si es que lo hace. Es una forma de expresar lealtad e identidad: soy tan fan que los tengo todos. Lo mismo ocurre con sagas clásicas (Mario, Pokémon, Zelda) o franquicias anuales como FIFA/EA Sports FC y Call of Duty, que muchos adquieren religiosamente cada año por tradición, alimentando la pila de juegos apenas jugados.
Lo cierto es que culturalmente vivimos en la era de la sobrecarga de entretenimiento. No solo hay más juegos que nunca, sino también más contenido compitiendo por nuestra atención (series, redes sociales, vídeos, etc.). Muchas personas terminan rejugando títulos conocidos o dedicando cientos de horas a unos pocos juegos de servicio en línea, comoFortnite , League of Legends o GTA Online , que cuentan con comunidades activas y actualizaciones constantes. Un informe de 2024 mostró que en los rankings de jugadores activos dominan títulos ya veteranos (Fortnite, Minecraft, GTA V, etc.), lo que indica que la gente sigue enganchada a juegos antiguos en lugar de saltar siempre al nuevo estreno.
Esta preferencia cultural por lo familiar reduce el tiempo disponible para novedades, pero no necesariamente reduce las compras de novedades. Es decir, seguimos comprando juegos nuevos por hype cultural, aunque después terminemos volviendo a nuestros viejos conocidos. El resultado: más acumulación en la cola de pendientes. Como dice un columnista, parece que a veces nos interesa más el ritual de comprar el juego que jugarlo, dejándonos llevar por la expectativa y el hype colectivo.
Perspectiva económica: Rebajas, estrategias digitales y economía de la atención
Si la psicología y la cultura preparan el terreno, la industria de los videojuegos lo aprovecha al máximo con factores económicos y de mercado que alimentan nuestro backlog. En las últimas dos décadas, comprar juegos se ha vuelto más fácil y mucho más barato (al menos por unidad) gracias a las plataformas digitales. Steam, fundada en 2004 con solo 7 juegos en catálogo, hoy ofrece decenas de miles de títulos. De hecho, en 2024 se lanzaron más de 10.000 juegos nuevos en Steam durante el año.
Con tanta oferta, es natural que compremos más de lo que podemos digerir: simplemente no hay horas suficientes en el día para seguir el ritmo a un mercado que lanza cientos de juegos cada semana. Vivimos en la era de la economía de la atención, donde cada empresa compite por un pedacito de nuestro tiempo libre, ya sea con un videojuego, una app, un vídeo o cualquier contenido. La industria del gaming no es ajena a ello; de hecho, lanza más juegos de los que cualquier persona podría jugar en una vida. Aunque uno quisiera ser un gamer completista, es imposible: si jugases un juego nuevo cada día durante 70 años (de los 10 a los 80 años, por ejemplo), jugarías unos 25.000 títulos, pero solo en 2023 se añadieron unos 27.000 juegos a Steam según reportes recientes. No hay manera humana de mantenerse al día, por lo que la acumulación está casi garantizada para quien intente siquiera asomarse a todo lo que sale.
Un factor económico crucial son las rebajas digitales masivas. Plataformas como Steam, Epic Games Store, GOG y consolas corren descuentos estacionales (las famosas rebajas de verano, de invierno, Black Friday, etc.) con porcentajes tentadores. Estas rebajas explotan nuestra psicología de comprador: nos encanta sentir que ahorramos y conseguimos un chollo. El problema es que esa lógica ignora si realmente ibas a gastar ese dinero en primer lugar o si realmente jugarás ese juego pronto. Así vamos sumando juegos por aprovechar la oferta.
Las ventas por bundles agravan esto: páginas como Humble Bundle ofrecen paquetes de 10 o más juegos por el precio de uno, y aunque solo nos interesen uno o dos del lote, terminamos canjeando todos los códigos, engrosando la biblioteca con títulos que ni recordamos tener. Un estudio publicado en 2025 confirmaba que estas prácticas han contribuido enormemente al desfase entre juegos comprados y jugados. Los datos mostraban que la mayoría de gamers adquiere en promedio entre 11 y 25 juegos al año, pero solo llega a jugar efectivamente un 40-60% de ellos. Es decir, casi la mitad quedan en backlog, en gran medida gracias a compras por oferta más que por necesidad de entretenimiento inmediato.
Otro motor económico son los servicios de suscripción y los juegos gratuitos. Hoy tenemos Xbox Game Pass, PlayStation Plus, Amazon Prime Gaming, Epic Games Store regalando juegos cada semana, etc. Estas suscripciones y regalos llenan nuestras bibliotecas de títulos gratis o incluidos que quizás ni pidamos. Con Game Pass, por ejemplo, es común probar un juego por unos minutos (porque total está incluido), dejarlo para después y pasar al siguiente. Así se crea un backlog invisible: juegos que ni siquiera instalamos o jugamos más de una hora, pero que mentalmente apuntamos como pendientes.
La facilidad de acceso reduce el compromiso con cada juego individual; al tener un buffet infinito de opciones, es fácil picotear y abandonar. Además, plataformas como Epic han regalado tantos juegos que muchos terminamos duplicando nuestra colección reclamamos títulos que ya teníamos en Steam solo porque están gratis en otra tienda. La consecuencia económica es curiosa: la competencia entre plataformas por atraer usuarios les lleva a inundarnos de juegos baratos o gratuitos, fomentando una sobreacumulación por puro oportunismo (¿quién rechazaría un juego gratis aunque no tenga tiempo de jugarlo?). Esto inflama el backlog sin costo directo para el usuario, pero sirve a las compañías que compiten por nuestra lealtad y nuestros datos.
Por último, la estrategia de marketing digital de la industria del videojuego sabe apelar a nuestras debilidades. Las campañas de hype comienzan años antes del lanzamiento de un título, creando anticipación (y recordemos la dopamina de la anticipación). Nos bombardean con trailers espectaculares, betas, early access y ediciones de pre-compra con bonus exclusivos. Todo esto apunta a que compremos ya mismo, por miedo a quedarnos sin el contenido extra o simplemente por la emoción del momento.
Un ejemplo reciente: ciertas ediciones especiales solo se venden por tiempo limitado (recordemos el caso deSuper Mario 3D All-Stars , disponible solo por unos meses), lo que generó un frenesí de cómpralo antes de que desaparezca. Incluso cuando la racionalidad nos diría que podríamos esperar a tener menos juegos pendientes, las compañías crean un sentido artificial de urgencia. También está el hecho de que los juegos no se agotan en digital no hay inventario finito así que muchas veces podríamos posponer la compra, pero psicológicamente las tácticas de marketing nos hacen pensar que ahora es el momento. Nos involucramos tanto en la ritualidad de la novedad (leer/análisis, reseñas, discusiones online sobre el juego recién salido) que acabamos viviendo del hype y comprando para no solo jugar, sino para participar en la conversación.
En el plano económico personal, los videojuegos han pasado de ser bienes escasos y caros a bienes abundantes de bajo costo unitario (al menos en PC). Hace 20 años quizás uno compraba uno o dos juegos al trimestre por su precio elevado; hoy, con el mismo dinero, en una sola rebaja navideña puedes agenciarte diez títulos. La tentación económica de más por menos tiene su contrapartida: acabamos con mucho más de lo que podemos disfrutar. En suma, la industria y el mercado nos ponen bandejas llenas y baratas, y nosotros, hambrientos de experiencias, llenamos el carrito sin pensar en el empacho.
Abrazando el backlog sin culpa
Luego de analizar todos estos aspectos, queda claro que el fenómeno del backlog no es simplemente cuestión de mala planificación del jugador. Es un resultado comprensible casi inevitable de la interacción entre nuestra psicología (que disfruta anticipando y coleccionando), nuestra cultura (que valora estar al día y coleccionar experiencias), y un mercado que nos inunda de oportunidades. Tener más juegos de los que puedes jugar no te hace un mal gamer ni debería ser motivo de vergüenza. Al contrario, bien visto, ese backlog representa tu pasión por el medio y una colección de futuros momentos de diversión esperando a que les des play.
Cada título pendiente es una aventura potencial, un mundo listo para cobrar vida cuando llegue su momento adecuado. ¿Quién dijo que tienes que jugarlo todo ya? No hay prisa: nuestros juegos no tienen fecha de caducidad. De hecho, en la comunidad se empieza a difundir una visión más sana: considerar la biblioteca de juegos como una colección personal y el backlog como algo normal en la era digital, no como una lista de obligaciones. Al igual que un bibliófilo no se culpa por tener libros sin leer en casa (los tiene porque ama los libros y disfruta simplemente teniéndolos cerca), el gamer no debería culparse por tener juegos sin jugar.
Significa que aprecias el arte, la cultura, apoyas a los creadores y te emocionas con las posibilidades, aunque el tiempo sea escaso. Es más, psicológicamente es liberador aceptar que nunca podrás jugar absolutamente todo lo interesante que exista, y que eso está bien. Ningún hobby debe ser fuente de agobio. Si un juego te hace feliz comprándolo por la promesa que contiene, ya te ha dado algo de valor; y si algún día lo juegas, será la cereza del pastel.
Tenemos el privilegio (y el pequeño problema) de demasiada oferta. Pero entender su origen nos ayuda a hacer las paces con esa lista infinita. La próxima vez que mires esos juegos sin iniciar, en vez de lamentarte, piensa que ahí aguardan horas de ocio cuando las necesites, como libros en tu estante esperando ser abiertos. Y recuerda que jugar es para disfrutar, no para completar tareas. Así que dale la vuelta a la narrativa: tu backlog no es una vergüenza, es una muestra de tu entusiasmo gamer y un cofre lleno de posibilidades futuras.
Todos los jugones lo hemos experimentado: compramos juegos mucho más rápido de lo que los jugamos. Miras tu biblioteca de Steam, PlayStation o Switch y ves decenas (o cientos) de títulos pendientes acumulando polvo virtual. A este fenómeno en la jerga gamer se le conoce como backlog, o incluso con humor negro como la pila de la vergüenza. Curiosamente, no es algo exclusivo de los videojuegos: existe el término japonés tsundoku para la costumbre de acumular libros sin leer, y algo parecido ocurre con series en plataformas de streaming. Pero en los videojuegos el backlog parece especialmente extendido y visible.
Por ejemplo, un análisis reciente reveló que el usuario medio de Steam no ha tocado más de la mitad de los juegos de su biblioteca digital. En consolas la situación es similar: se estima que entre un 20% y 30% de los juegos comprados en Xbox y PlayStation nunca llegan ni a iniciarse. Y si nos vamos al total global, el valor de todos los juegos comprados y jamás jugados se calculó en torno a 30 mil millones de dólares. Es decir, no estamos solos en esto de acumular más de lo que jugamos. Ahora bien, ¿por qué sucede? Las causas son múltiples y entrelazadas, abarcando factores psicológicos, culturales y económicos.
Una razón poderosa por la que compramos videojuegos que terminan en el backlog proviene de nuestra propia mente. Diversos estudios en psicología han demostrado que el cerebro libera dopamina en anticipación de una recompensa, más que al obtenerla en sí. En otras palabras, el simple hecho de esperar y planear jugar a un nuevo título ya nos produce placer. Comprar un juego en oferta o recibir esa confirmación de compra genera una pequeña euforia química; es esa misma dopamina anticipatoria la que hace que preparar un futuro maratón gamer resulte casi tan gratificante como jugar de verdad. De hecho, la ciencia indica que lo impredecible potencia más esta respuesta: la incertidumbre (por ejemplo, no saber si un juego estará rebajado nuevamente o si realmente nos gustará) aumenta la liberación de dopamina. Es un mecanismo similar al que nos engancha con las recompensas aleatorias en juegos de azar, y las tiendas digitales lo explotan con ofertas relámpago y descuentos sorpresa.
Otro impulso psicológico clave es el FOMO (Fear of Missing Out), es decir, el miedo a quedarse fuera de algo. En el contexto de los videojuegos, el FOMO nos empuja a comprar juegos por temor a perdernos experiencias que todo el mundo comenta. ¿Quién no ha sentido la presión cuando un nuevo multijugador sale al mercado y todos tus amigos hablan de él? Aunque tengas títulos pendientes, quieres ese juego nuevo para no quedarte atrás. Las rebajas masivas también disparan este miedo: las ofertas de Steam, por ejemplo, crean urgencia con temporizadores y porcentajes en verde que parecen decirnos ahora o nunca. Acabamos haciendo compras impulsivas porque no soportamos la idea de perder una ganga única. Irónicamente, ese juego de 5 que adquirimos en oferta puede quedar olvidado, pero al momento de la compra el cerebro racionaliza que más vale tenerlo por si acaso ahora que está barato.
La sobreabundancia de opciones puede derivar en otro fenómeno psicológico: la parálisis por decisión. Con docenas de títulos en la cola, elegir a qué jugar se convierte en una fuente de ansiedad. Investigadores en la psicología de la elección señalan que enfrentar demasiadas alternativas nos bloquea por miedo a elegir la menos óptima. Un artículo de The Washington Post describe cómo un jugador con un gran backlog puede quedarse congelado pensando: ¿A qué juego le doy? ¿Y si escojo uno y me aburro, habré desperdiciado mi tiempo pudiendo jugar otro mejor?.
Esa duda constante, nacida del FOMO también, puede hacer que al final ni iniciemos ningún juego y acabemos viendo Netflix, o regresando a un título conocido de confort. En personas con tendencias perfeccionistas o con TDAH, este bloqueo de elección es aún más común Así, paradójicamente, el backlog que acumulamos para tener más diversión puede generar estrés y culpa en lugar de disfrute, al menos si lo vemos como una lista de tareas incumplidas.
Más allá de nuestra química cerebral, la cultura del videojuego en sí misma nos empuja a acumular títulos. Ser gamer no es solo jugar, también implica pertenecer a una comunidad con sus tendencias, valores y, sí, sus consumos colectivos. En la era de Internet, estar al día con los juegos populares puede ser parte de la identidad gamer: queremos haber probado ese título del que todos hablan en Reddit, YouTube o Discord, aunque sea brevemente, para poder opinar o simplemente sentirnos parte de la conversación.
Este componente social alimenta el backlog porque los juegos se vuelven algo así como moneda cultural. Cuando medio mundo gamer comenta las sorpresas del último
También ocurre que en los círculos de jugadores se ha normalizado e incluso ya es meme el hecho de tener un backlog. Es frecuente ver en foros gente presumiendo (medio en broma, medio en serio) de tener cientos de juegos sin abrir en Steam. Lejos de ser algo vergonzoso, se ha vuelto casi un símbolo del entusiasta: si acumulas muchos títulos, demuestras ser un apasionado del medio, alguien que apoya a la industria comprando y que tiene gustos variados. En cierto modo, esto puede interpretarse como una colección curada que refleja quién eres como gamer.
Cada juego pendiente en tu biblioteca cuenta una historia de tus intereses o aspiraciones (algún día jugaré a todos los clásicos de JRPG, tengo toda la saga
La identidad gamer también trae consigo un elemento de coleccionismo. Desde los cartuchos en los 90 hasta las ediciones digitales actuales, coleccionar videojuegos ha sido siempre parte del hobby. Antes, los jugadores exhibían sus cajas de juegos en la repisa; hoy mostramos nuestras bibliotecas digitales o nuestras listas de logros. Comprar juegos aunque no se jueguen de inmediato satisface ese impulso coleccionista y nos reafirma como fans. Por ejemplo, un seguidor acérrimo de
Lo cierto es que culturalmente vivimos en la era de la sobrecarga de entretenimiento. No solo hay más juegos que nunca, sino también más contenido compitiendo por nuestra atención (series, redes sociales, vídeos, etc.). Muchas personas terminan rejugando títulos conocidos o dedicando cientos de horas a unos pocos juegos de servicio en línea, como
Esta preferencia cultural por lo familiar reduce el tiempo disponible para novedades, pero no necesariamente reduce las compras de novedades. Es decir, seguimos comprando juegos nuevos por hype cultural, aunque después terminemos volviendo a nuestros viejos conocidos. El resultado: más acumulación en la cola de pendientes. Como dice un columnista, parece que a veces nos interesa más el ritual de comprar el juego que jugarlo, dejándonos llevar por la expectativa y el hype colectivo.
Si la psicología y la cultura preparan el terreno, la industria de los videojuegos lo aprovecha al máximo con factores económicos y de mercado que alimentan nuestro backlog. En las últimas dos décadas, comprar juegos se ha vuelto más fácil y mucho más barato (al menos por unidad) gracias a las plataformas digitales. Steam, fundada en 2004 con solo 7 juegos en catálogo, hoy ofrece decenas de miles de títulos. De hecho, en 2024 se lanzaron más de 10.000 juegos nuevos en Steam durante el año.
Con tanta oferta, es natural que compremos más de lo que podemos digerir: simplemente no hay horas suficientes en el día para seguir el ritmo a un mercado que lanza cientos de juegos cada semana. Vivimos en la era de la economía de la atención, donde cada empresa compite por un pedacito de nuestro tiempo libre, ya sea con un videojuego, una app, un vídeo o cualquier contenido. La industria del gaming no es ajena a ello; de hecho, lanza más juegos de los que cualquier persona podría jugar en una vida. Aunque uno quisiera ser un gamer completista, es imposible: si jugases un juego nuevo cada día durante 70 años (de los 10 a los 80 años, por ejemplo), jugarías unos 25.000 títulos, pero solo en 2023 se añadieron unos 27.000 juegos a Steam según reportes recientes. No hay manera humana de mantenerse al día, por lo que la acumulación está casi garantizada para quien intente siquiera asomarse a todo lo que sale.
Un factor económico crucial son las rebajas digitales masivas. Plataformas como Steam, Epic Games Store, GOG y consolas corren descuentos estacionales (las famosas rebajas de verano, de invierno, Black Friday, etc.) con porcentajes tentadores. Estas rebajas explotan nuestra psicología de comprador: nos encanta sentir que ahorramos y conseguimos un chollo. El problema es que esa lógica ignora si realmente ibas a gastar ese dinero en primer lugar o si realmente jugarás ese juego pronto. Así vamos sumando juegos por aprovechar la oferta.
Las ventas por bundles agravan esto: páginas como Humble Bundle ofrecen paquetes de 10 o más juegos por el precio de uno, y aunque solo nos interesen uno o dos del lote, terminamos canjeando todos los códigos, engrosando la biblioteca con títulos que ni recordamos tener. Un estudio publicado en 2025 confirmaba que estas prácticas han contribuido enormemente al desfase entre juegos comprados y jugados. Los datos mostraban que la mayoría de gamers adquiere en promedio entre 11 y 25 juegos al año, pero solo llega a jugar efectivamente un 40-60% de ellos. Es decir, casi la mitad quedan en backlog, en gran medida gracias a compras por oferta más que por necesidad de entretenimiento inmediato.
Otro motor económico son los servicios de suscripción y los juegos gratuitos. Hoy tenemos Xbox Game Pass, PlayStation Plus, Amazon Prime Gaming, Epic Games Store regalando juegos cada semana, etc. Estas suscripciones y regalos llenan nuestras bibliotecas de títulos gratis o incluidos que quizás ni pidamos. Con Game Pass, por ejemplo, es común probar un juego por unos minutos (porque total está incluido), dejarlo para después y pasar al siguiente. Así se crea un backlog invisible: juegos que ni siquiera instalamos o jugamos más de una hora, pero que mentalmente apuntamos como pendientes.
La facilidad de acceso reduce el compromiso con cada juego individual; al tener un buffet infinito de opciones, es fácil picotear y abandonar. Además, plataformas como Epic han regalado tantos juegos que muchos terminamos duplicando nuestra colección reclamamos títulos que ya teníamos en Steam solo porque están gratis en otra tienda. La consecuencia económica es curiosa: la competencia entre plataformas por atraer usuarios les lleva a inundarnos de juegos baratos o gratuitos, fomentando una sobreacumulación por puro oportunismo (¿quién rechazaría un juego gratis aunque no tenga tiempo de jugarlo?). Esto inflama el backlog sin costo directo para el usuario, pero sirve a las compañías que compiten por nuestra lealtad y nuestros datos.
Por último, la estrategia de marketing digital de la industria del videojuego sabe apelar a nuestras debilidades. Las campañas de hype comienzan años antes del lanzamiento de un título, creando anticipación (y recordemos la dopamina de la anticipación). Nos bombardean con trailers espectaculares, betas, early access y ediciones de pre-compra con bonus exclusivos. Todo esto apunta a que compremos ya mismo, por miedo a quedarnos sin el contenido extra o simplemente por la emoción del momento.
Un ejemplo reciente: ciertas ediciones especiales solo se venden por tiempo limitado (recordemos el caso de
En el plano económico personal, los videojuegos han pasado de ser bienes escasos y caros a bienes abundantes de bajo costo unitario (al menos en PC). Hace 20 años quizás uno compraba uno o dos juegos al trimestre por su precio elevado; hoy, con el mismo dinero, en una sola rebaja navideña puedes agenciarte diez títulos. La tentación económica de más por menos tiene su contrapartida: acabamos con mucho más de lo que podemos disfrutar. En suma, la industria y el mercado nos ponen bandejas llenas y baratas, y nosotros, hambrientos de experiencias, llenamos el carrito sin pensar en el empacho.
Luego de analizar todos estos aspectos, queda claro que el fenómeno del backlog no es simplemente cuestión de mala planificación del jugador. Es un resultado comprensible casi inevitable de la interacción entre nuestra psicología (que disfruta anticipando y coleccionando), nuestra cultura (que valora estar al día y coleccionar experiencias), y un mercado que nos inunda de oportunidades. Tener más juegos de los que puedes jugar no te hace un mal gamer ni debería ser motivo de vergüenza. Al contrario, bien visto, ese backlog representa tu pasión por el medio y una colección de futuros momentos de diversión esperando a que les des play.
Cada título pendiente es una aventura potencial, un mundo listo para cobrar vida cuando llegue su momento adecuado. ¿Quién dijo que tienes que jugarlo todo ya? No hay prisa: nuestros juegos no tienen fecha de caducidad. De hecho, en la comunidad se empieza a difundir una visión más sana: considerar la biblioteca de juegos como una colección personal y el backlog como algo normal en la era digital, no como una lista de obligaciones. Al igual que un bibliófilo no se culpa por tener libros sin leer en casa (los tiene porque ama los libros y disfruta simplemente teniéndolos cerca), el gamer no debería culparse por tener juegos sin jugar.
Significa que aprecias el arte, la cultura, apoyas a los creadores y te emocionas con las posibilidades, aunque el tiempo sea escaso. Es más, psicológicamente es liberador aceptar que nunca podrás jugar absolutamente todo lo interesante que exista, y que eso está bien. Ningún hobby debe ser fuente de agobio. Si un juego te hace feliz comprándolo por la promesa que contiene, ya te ha dado algo de valor; y si algún día lo juegas, será la cereza del pastel.
Tenemos el privilegio (y el pequeño problema) de demasiada oferta. Pero entender su origen nos ayuda a hacer las paces con esa lista infinita. La próxima vez que mires esos juegos sin iniciar, en vez de lamentarte, piensa que ahí aguardan horas de ocio cuando las necesites, como libros en tu estante esperando ser abiertos. Y recuerda que jugar es para disfrutar, no para completar tareas. Así que dale la vuelta a la narrativa: tu backlog no es una vergüenza, es una muestra de tu entusiasmo gamer y un cofre lleno de posibilidades futuras.

